Olivier Assayas es uno de los cineastas más interesantes de la nueva ola del cine francés contemporáneo (con nombres tan potentes en su corriente como Claire Denis, Arnaud Desplechin o Leos Carax) gracias a trabajos desarrollados, en los inicios de su carrera, bajo los mimbres de un muy escaso presupuesto, pero una muy potente línea narrativa que no dejaba nada al azar, demostrando que detrás de la cámara no estaba solo uno de esos críticos de cine que habían forjado sus afiladas letras en la redacción de una revista tan prestigiosa para el cine de autor como Cahiers du cinéma, sino que había alguien que sabía contar una historia, a su manera, con un marcado estilo muy influenciado por el cine de trincheras realista, fijando siempre su foco en el comportamiento humano de seres marginados que estaban fuera de lo que el sistema consideraba convencional.

A nivel nacional, quizás fue París se despierta (Paris s’eveille, 1991) la primera obra que le marcó como un autor a seguir, siendo su consagración definitiva, sobre todo en los circuitos de los festivales internacionales de cine de autor, El agua fría (L’eau froide, 1994), película capital en la filmografía del creador de Carlos que es sin duda una de sus joyas más enigmáticas y apasionantes.
En ella se observan ciertas influencias de la ‹Nouvelle vague›, siendo la más clara, por su temática y estilo intimista e introspectivo, Los 400 golpes de Truffaut, pero transformando la primeriza obra del director de Jules et Jim en una obra muy personal, rodada con la mirada descarnada y agresiva de un cineasta que había perdido esa inocencia propia de los clásicos.
El agua fría se asoma, por tanto, como un ‹coming of age› extraño, cruel y muy alejado de este género ‹mainstream› producido en los EEUU en los años 80 y 90. El argumento fue pintado con un trazo aparentemente muy simple. Nos situamos en la vida de un adolescente de 16 años llamado Gilles que vive su adolescencia en plenos años 70, en un París donde se observan las cenizas y consecuente depresión del Mayo del 68. Gilles en un chaval que vive con una abuela senil que le cuenta sus historias de la II Guerra Mundial, un padre recto, pero a la vez comprensivo con su retoño, y un hermano más pequeño que vive en otro mundo diferente. A nuestro héroe parece solo le gustan dos cosas en este mundo: la música psicodélica y su novia Christine, una chavala algo desequilibrada rota por el divorcio de sus padres y la ausencia de referentes claros en los que apoyarse que es tomada por su despegado padre como una demente que necesita tratamiento en un sanatorio mental, mientras que su madre, que ha rehecho su vida con un hombre árabe, trata de esforzarse por comprender los aparentes desvaríos de su hija Christine.

A partir de este marco claro, Assayas creará una fábula cocinada a través de fogonazos, repletos de melancolía y rencor, mostrando su perfecto dominio de la puesta en escena gracias a una fotografía que capta a los personajes muy de cerca, cámara en mano, para reflejar su hastío y personalidad sin ningún tipo de cortina que tape sus fallas. No obstante la película, narrativamente, se puede dividir en dos partes. La primera mucho más clásica y próxima al cine realista europeo de los años 90 (a mí me recordó mucho al cine de los Dardenne por su ausencia de banda sonora impostada y el rodaje de trincheras cámara en mano), y una segunda parte donde Assayas prefirió detonar una estructura mucho más caótica e inestable, insertando un fondo musical psicodélico y folk de la mano de Janis Joplin, la Creedence, Deep Purple, Alice Cooper, Bob Dylan y Leonard Cohen, entre otros grupos y solistas imprescindibles del panorama del rock de los 70.
Este ornamento será crucial en la escena clave del film, la fiesta en el bosque, punto de ruptura que lo convertirá en un delirio psicotrópico, muy intencionado por el consumo de estupefacientes de los asistentes a esta especie de ‹rave›, marcando el paso del devenir de la cinta en su segundo tramo, a ritmo de rock, hogueras, humo de fuego y cannabis e inestabilidad trascendente.
Quizás este quiebre resulte algo confuso para un espectador que había observado la primera parte del film de un modo mucho más tranquilo y firme. Pero no es menos cierto que este segmento funciona como un reloj, convirtiéndose en el acompañante de unos protagonistas carentes de referentes, que deambulan sin un rumbo fijo, con un futuro más que incierto y con un componente de autodestrucción más que claro. Lo que hace que la propuesta sea diferente es la equidistancia de Assayas. Al director no le interesa romantizar la actitud de la juventud de los 70, pero tampoco la critica. Simplemente la muestra para que sea el espectador quien tome su propia opinión sobre el comportamiento y las conductas de una juventud que sólo encontró un refugio en el que cobijarse en la música rock y su grupo de amigos, ante la ausencia de protección de una familia que pasaba de sus descendientes, un estado que igualmente miraba a los jóvenes como un enemigo al que vigilar muy de cerca, una religión que no atraía para nada a unos chavales ávidos de disfrutar la libertad en su máxima expresión y un profesorado violento que no mostraba ningún interés en resolver los conflictos internos de su alumnado, evidenciando todo ello la incomunicación existente en todos los estratos de la sociedad francesa tras los sucesos de Mayo del 68.

Esa sensación de asfixia existencial y derrota fue captada de forma muy inteligente por Assayas, amasando una historia que reflejaba la fragilidad física y emocional de una adolescencia francesa totalmente desarraigada y sin objetivos en la vida. Forjando un relato muy atmosférico, en el que la evidente falta de presupuesto fue suplida con una muy audaz puesta en escena que combinaba elementos periodísticos, teatrales y esotéricos. Captando, con una cámara espectral y plena de brumas, la frustración de una juventud que ha abandonado los valores de sus padres y abuelos para abrazar unos nuevos que no parecen tener la robustez de unos cimientos que sostengan el edificio construido. Una juventud a la que no le queda más remedio que huir para adelante hacia un destino fatal, buscando cobijo en comunas anárquicas donde el libre albedrío no dejará ningún elemento al que agarrarse a esas personas que necesitan una mano que las guíe.
La cinta está tejida a través de afiladas metáforas. Esas ruinas donde tiene lugar la fiesta de la comuna se observan como el estado de ánimo de nuestros dos héroes protagonistas, siendo el fuego reparador, a modo de drogas lisérgicas, la única vía de escape ante la total ausencia de expectativas futuras. Todo ello explotará con el sensorial y poético final con el que puso el broche a su obra Assayas. Una desaparición fantasmal sin respuesta lógica ni sencilla. Un final totalmente abierto a interpretación, una elegía existencial que da un sentido muy profundo y dramático a todo el ensamblaje de una obra impactante, difícil y desoladora, que igualmente servirá de muestra del final de la infancia/juventud de un Gilles que arrancará su vida adulta de un modo doloroso y abrupto.

El agua fría se eleva como una obra trascendental e importante en la carrera de Assayas. Sin duda, una muestra temprana de su talento creativo, caótico, nervioso, inquieto, naturalista y poniendo siempre su interés en las relaciones humanas, y en como éstas influyen en el devenir de sus protagonistas. Sin efectos especiales, pero si con efectistas efectos de cámara que sirven de metáfora existencial al relato planteado. Tomando como referencias la improvisación y el estilo de clásicos franceses como Bresson, Truffaut, Rohmer… y huyendo del cine comercial, incluso en sus proyectos más ambiciosos como Carlos. Empleando la economía de medios y presupuesto como una virtud narrativa que permite observar la vida desde un enfoque naturalista y humano. Todo lo mencionado en esta película tan especial como confusa, no apta para todos los paladares, que sirve de perfecta muestra para homenajear el cine de Olivier Assayas.

Todo modo de amor al cine.





