Orwell 2+2=5 (Raoul Peck)

Desde la observación del microcosmos de la materia más diminuta da comienzo Orwell 2+2=5 (2025), una película que, irónicamente, busca retratar el absoluto de las distintas insurrecciones y derivas del totalitarismo —ya sea en pasado, presente o futuro—. Como su título indica, la visión crítica y distópica del escritor George Orwell será el esqueleto discursivo de una reflexión más amplia que conduce hasta nuestro presente, donde el director Raoul Peck —responsable de Sometimes in April (2005), I Am Not Your Negro (2016) o El joven Karl Marx (Le jeune Karl Marx, 2017)— configura como un ensayo fílmico tan pertinente y frontal como ambicioso y disperso.

Para determinar el punto de vista, el cineasta se sirve de una serie de cartas que el propio Orwell dejó durante sus últimos meses de vida, a mediados del siglo pasado, cuando este estaba ingresado en un hospital a causa de haber enfermado de tuberculosis, y escribió su célebre y visionaria novela 1984. El eje central de la película tomará el último aliento del escritor como apoyo para presentar una concatenación de materiales de archivo donde va alternando distintos tiempos y localizaciones. Para ello, el empleo de las diferentes adaptaciones cinematográficas basadas en su obra serán intercaladas con otras imágenes más próximas a los diferentes debacles sistemáticos surgidos desde la muerte del mismo; señalando a toda clase de presidentes, dictadores, oligarcas y figuras mediáticas que enferman la paz y el bienestar de las sociedades. En esta actualización de su discurso, donde ve el futuro desde la más catastrófica de las ópticas, las relaciones alegóricas que presenta pronostican la urgencia y la repetición de una serie de patrones que nos advierten de nuestro terrible porvenir.

En ese sentido, pese a lo evidente de su subrayado y ciertas ideas que pecan de desarrollarse en su mera enunciación, no deja de ser revelador y necesario volver a condenar los males del presente, sobre todo si eso puede suscitar algún tipo de cambio, por pequeño que sea. Sin embargo, la propuesta de Peck apunta en todas direcciones, elaborando un popurrí de consignas que, en su gran mayoría, parecen reprobar todo atisbo de calidad humana. Aún así, en sus últimos minutos, el director parece recobrar un espíritu más esperanzador, estableciendo un paralelo entre la rabia antifascista y la posibilidad sustancial de anticiparnos a un destino cada vez más desalentador. Por otro lado, y en contra suya, ciertas licencias de montaje y algunos acentos dramáticos resultan ligeramente sorpresivos y contradictorios si tomamos en cuenta que este es un trabajo que basa su alegato central en identificar los mecanismos que ejercen dicha manipulación. No obstante, la contundencia con la que lo hace, y en vista de cómo funciona últimamente la mayoría de información si carece de este empaque, lo único que queda es alentar una obra que, pese a todo, tiene la capacidad de suscitar esa insatisfacción ferviente que nace (o debe nacer) en la mayoría de estructuras, constructos y jerarquías sociales o burocráticas, apuntando hacia arriba y contra quien toca.

Diferenciándose desde su mera concepción, creo más firmemente en la impostura combativa y la resistencia política, humana y cinematográfica de títulos como El agente secreto (2025) —sobre la que vuelvo a suscribir su necesaria reivindicación, ahora que está en cartelera— que en la de Orwell 2+2=5. Sin embargo, y en vista de lo absurdo de nuestro días, donde grupos de chavales (y no tan chavales) se congregan para buscar en manadas a otros solo por el ‹trend› de ser diferentes, quizá conviene repasar lo más elemental, y aunque sea como un simple ejercicio didáctico, la propuesta de Raoul Peck ofrece los estímulos y herramientas necesarias para pensar por uno mismo y no acabar siendo un miserable xenófobo que obedece a pedófilos, ‹streamers› o fascistas.

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