Nitram (Justin Kurzel)

La inmersión en el infierno de la mente humana, en esos recovecos que nos han llevado innumerables ocasiones al lado más turbador de la misma, bien podría ser uno de los temas articulares de Nitram, el nuevo largometraje del australiano Justin Kurzel que, si por algo se ha caracterizado, es por saber ahondar con pericia en esa descarnada dimensión donde, desde lo psicológico, armar sofocantes atmósferas; una condición ya manifestada en su ópera prima, Los asesinos de Snowtown, que precisamente comparte con su nuevo largometraje un trecho en común: la lectura en perspectiva de una crónica negra australiana que parece asentarse como base del ideario de Kurzel.

Nitram, que arranca con material de archivo sobre la infancia de Martin Bryant —el responsable de la masacre de Port Arthur, personaje (y relato) en el que se centra el australiano para su creación—, transita ya precisamente desde ese instante sendas que parecen alejarse de lo estremecedor del caso en cuestión: no tanto porque el autor de Macbeth realice un acercamiento terrenal, huyendo de toda estridencia, en torno al personaje que da nombre al título del film, sino por una mirada tan vítrea que, casi sin quererlo, llega a aterrar precisamente por dotar de una naturaleza palpable al artífice de tales hechos. Así, y lejos de cimentar desde lo atmosférico ese retrato psicológico mediante el cual ahondar en la raíz de la violencia que se terminaría desatando en el pueblo situado en la isla de Tasmania, Kurzel afianza su prisma en las relaciones establecidas por el protagonista del film; relaciones que, en efecto, le retrataban como un ser solitario y soterrado en su propio universo, pero no por ello incapaz de establecer unos lazos afectivos desde los que concretar una humanidad quizá distante, pero presente al fin y al cabo.

Es, de hecho, con cada nuevo paso en la crónica de Nitram, donde queda claro que aquello que busca representar Kurzel no es ni mucho menos la imagen del monstruo que emergería debido a su propia circunstancia; en ese sentido, parece clara pues la vocación casi antropológica del cineasta australiano en la descripción de un personaje cuya conducta habla por sí sola —esa extraña relación que mantiene con los petardos y la particular querencia por las armas de fuego—, pero no dispone un marco desde el que señalar una maldad congénita que en realidad no es tal; algo que ya supone un acierto ‹per se›, pero que además adquiere matices al no emitir un juicio en torno a los elementos que podrían ser causa de tal situación. Los engranajes de la sociedad y su respuesta ante casos concretos como el del protagonista de Nitram, no obtienen de ese modo un peso específico desde el que realizar un señalamiento que, en definitiva, tampoco tendría sentido dada la autonomía —y, en esa direccionalidad, sí se muestra más tajante Kurzel— del mismo debido a la flexibilidad de los presuntos estatutos que sí deberían velar por la integridad del individuo de a pie: un examen que, en este caso, el australiano afronta sin tapujos ni ambigüedad, con una concisión descrita antes de su demoledor final.

Es el descenso a un abismo que no se concreta definitivamente hasta su inteligente último acto a través del cual Kurzel perfila una reacción ya sugerida a lo largo del relato, transformándolo en un mecanismo no tanto de alineación como de huida, de búsqueda de unos engranajes que, ante la imposibilidad, devienen en una vorágine destructiva; algo que, si bien se percibe en el desaliñado aspecto y la (en ocasiones) aturdida mirada del protagonista, al que da vida un sorprendente Caleb Landry Jones —tanto por esa insólita caracterización como por el modo de enfocar una compleja interpretación— encuentra en el acerado prisma del cineasta un complemento idóneo, alejando Nitram del terreno del mero y formulaico retrato. Y es que esa aproximación tangible que propone Kurzel, sosteniendo la mirada a la altura de Nitram, sin deslizar gestos que desprendan compasión o arrogancia, lejos de devenir rutinaria, se expone como un demoledor mosaico que ni siquiera necesita recurrir a componente genérico alguno para armar una tesis que, ante todo, se siente obligada por el duro golpe de realidad que supone.

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