Justin Kurzel… a examen

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Probablemente el estreno de MacBeth ha sorprendido, entre muchas otras cosas, por la dureza de sus imágenes, algo naturalmente atribuible al enfoque de su director, Justin Kurzel. Sin embargo solo hay que echar un vistazo a su ópera prima, Snowtown, para entender que dicha visión no responde a un capricho, ni tan siquiera a una necesidad adaptativa al texto shakesperiano sino a lo que vendrían ser una marca de estilo de dicho director.

Y es que si algo queda claro es que a Kurzel le gusta la carne cruda; el paisage árido siempre como metáfora, la puesta en escena trascendiendo el emplazamiento concreto y usado como herramienta de definición psicológica. Un realismo absolutamente descarnado basado en atmósferas cargadas de violencia siempre a punto del estallido que cuando efectivamente explotan impactan pero no sorprenden debido a la anticipación anímica a la que estamos sometidos.

Esto es exactamente lo que ocurre en Snowtown, un film sobre un asesino en serie australiano, basado en hechos reales, que deliberadamente huye del formato televisivo y sensacionalista para centrarse como estudio del entorno social y de la psique del asesino.

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Una familia desestructurada, un pueblo habitado por el lumpen social, violaciones, malos tratos…Este es el lienzo que permite emplazar al serial killer no como sujeto-isla, facilmente reducido a enfermo, sino como miembro activo, como depredador buscando el entorno más favorable para sus acciones. Al fin y al cabo no se trata de mostrar los crímenes sino las motivaciones, las reacciones, el alma del asesino.

Es por ello que Kurzel elide intencionadamente (excepto en momentos puntuales) el crimen en sí, prefiriendo cocer lentamente la situación. Se teje pues un discurso determinista donde las condiciones sociales crean un caldo de cultivo donde la violencia es inevitable y cotidiana y que, por tanto, el asesino en serie no deja de ser una pieza más, quizás algo más salvaje si cabe, dentro del engranaje de la miseria.

El retrato pues dista en cuanto al tono de, por ejemplo, Henry: retrato de un asesino ya que, mientras que Henry es una máquina amoral de impulsividad asesina, aquí tenemos a un asesino que aparece como una especie de ángel redentor. Un personaje de apariencia afable (aunque en su mirada se distingue siempre el peligro) que aparece como elemento de estabilidad en una familia desastrada, marginal.

Ello no significa que haya justificación a los actos narrados, pero lo que si hay es una profundización en la escala de grises morales. Hecho esto que se refleja tanto en la paleta pictórica del film como en los propios planos faciales de los personajes. Hay afabilidad, sentido de la familia y una cosmovisión del mundo en la sonrisa y miradas del asesino y, naturalmente, una correspondencia por parte del resto de personajes con los que interactua. De hecho, Snowtown es un film gravitacional, donde el poder magnético de lo terrible arrastra sin remedio a todo lo que podía parecer bueno y justificable.

Así pues Kurzel firma una obra dura, de digestión difícil por su pesimismo y desesperanza. Y no, no estamos ante una obra de nihilismo ensimismado o negatividad de postureo sino ante una foto de un lugar, una persona y unos actos. No hay juicios y por tanto no hay lugar para la manipulación sentimental del espectador. Solo un fresco que versa sobre lo sucio y lo nefando y que obliga a que seamos nosotros los que decidamos que hacer, cerrar los ojos o a aceptar que el mal existe y puede estar en cualquier lado, incluida la puerta de al lado de la cordura y el bienestar.

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