Vindicare | Masacre en Texas 2 (Tobe Hooper)

Masacre Texas 2

Una violencia seca, cortante, la tensión recogida a través de una fotografía áspera, sucia, y una atmósfera desasosegante tejida a través de una poderosa puesta en escena potenciada por el plano ante la exaltación guiñolesca de sumir al espectador en el epicentro de la más pura de las enajenaciones, la hiperbolización del espacio como potenciador de lo demente y la desmitificación como elemento moldeador del tono. Aquello que pocos cineastas han logrado, y que encumbró a algunos de ellos como Sam Raimi —capaz de reformular su Posesión infernal en un título donde la falta de presupuesto era suplida con ingenio e humor a dosis iguales en su Terroríficamente muertos—, supuso el (forzado) declive que muchos esperaban, el declive de un cineasta al que incluso se le llegaron a negar méritos indudables —como el hecho de que tras Poltergeist estuviese, más que su mano, la de un Spielberg que emergía como productor—.

Masacre en Texas 2

Como si fuese consciente de ello, y de que su La matanza de Texas requería una (de)regeneración para que su continuación no derivase en un más de lo mismo, Hooper aparecía ya en su Masacre en Texas 2 como un espectador casual (o quizá no tanto) al que un grupo de borrachos azotaba con un puñado de cubitos de hielo justo antes de que Stretch, la protagonista, se ponga en contacto con Lefty —un, para variar, sonado Dennis Hopper transformado en azote de la familia tejana para la ocasión—. Y es que lejos de optar por la senda conformista, aquella que llevó a los Michael Myers, Freddy Krueger y coetáneos a ser un triste remedo de sus originales, el autor de Lifeforce se resarcía con una resolución bien distinta: restar —en cierto modo— peso al principal rostro de esa singular familia, Leatherface, indagando en una faceta menos terrorífica y brutal, así como ensanchar dos figuras imprescindibles en esta continuación, Drayton Sawyer y Chop-Top, una elongación macabra, socarrona y burlesca del clan que no hacía sino rastrear en otras direcciones bien opuestas, apartando el horror más puro y descarnado gracias a una diabólica carcajada donde el exceso y el delirio se retorcían en un abrazo en busca de un infierno más grillado y, por ende, revelador. No se trataba pues, de establecer el derribo de un mito con el mero objetivo de obtener una perspectiva distinta o, sencillamente, un foco a través del cual continuar desarrollando dantescos episodios de la familia Sawyer, sino de expandir un universo que en La matanza de Texas se ceñía a la experiencia vivida por el espectador —que, obviamente, no es poco—, y explorar así un recoveco no tan terrorífico, pero sí más negro e incluso macabro.

Masacre en Texas 2

Pero la consecución de una propuesta como Matanza en Texas 2 no se fraguaba únicamente a través del indiscutible talento de un cineasta que había demostrado saber como sostener tensión y desasosiego en más de un trabajo, pues la inmersión en ese dislate en forma de barroco microcosmos requería de una lucidez particular para definir sus lindes: cada personaje, por ínfima que fuera su relación con el sórdido ecosistema desarrollado por Hooper, debía realizar su singular aportación. Es, en ese sentido, el ‹mondo› redneck enarbolado por el cineasta —con ese vendedor de motosierras espoleando a Lefty a probarlas y aplaudiendo sus coletazos, la insólita entrega del premio del concurso de chilis o incluso la figura de ese técnico de sonido radiofónico y sus esputos—, la perfecta elongación para comprender como se arma y aprehende el posterior descenso a los infiernos perpetrado por una moza que termina por no estar tan fuera de lugar como parecía y un maníaco a la altura de la mismísima familia que habita en ese parque abandonado. El acierto en la composición de un reparto espléndido, terminaría siendo una de las claves de la construcción de ese mundo, y es que más allá de si Caroline Williams lograba una actuación ajustada o Dennis Hopper se encontraba ante un personaje a su medida —que, al final, quizá sabía a poco ante el resto—, el hecho de asistir a algo tan simple como una conversa entre tres lunáticos y caer extrañamente fascinado —la gestualidad, los diálogos e incluso la dicción— hace de esta Matanza en Texas 2 un sorprendente objeto de admiración que va más allá de las propias filias o fobias del espectador: sabe desenvolver y amplificar sus características sin que las atrevidas pero arriesgadas decisiones de su libreto tomen más peso del que deberían.

Masacre en Texas 2

El hallazgo de un Jim Siedow —ya presente en la primera parte— en consonancia total con su personaje y de un fabuloso y primerizo Bill Moseley —más conocido en los últimos tiempos por ser una prolongación del cine de Rob Zombie ante las cámaras— fuera de sí, contrastaba de este modo con el apogeo formal de un Hooper que realiza aquí una de las mayores demostraciones de su carrera: más allá del aspecto discursivo y tonal, la puesta en escena —embebida por un aspecto orgánico y psicotrónico, en especial en su último acto—, la intrusión en cada espacio a través de la mirada de un plano inquieto, indagante y la progresión hacia un horror cada vez más quimérico por la naturaleza bufa de unos individuos empeñados en alimentar su existencia a través de una deformada realidad, detonaban unas constantes donde el terror quedaba refrendado por una brutal carcajada sólo consternada por el chirrido de una motosierra que marcaba la fina línea entre cordura y demencia.

Masacre en Texas 2



Deja un comentario