Those Who Make Revolutions Half Way Only Dig Their Own Graves (Mathieu Denis, Simon Lavoie)

Enfrentarse con una propuesta como esta Those Who Make Revolutions Half Way Only Dig Their Own Graves, película canadiense dirigida en 2016 por el dúo Mathieu Denis y Simon Lavoie supone sobre todo un reto. Sin duda este es uno de esos proyectos en los que sus inductores son conocedores de antemano de su utópico propósito. Porque encerrar en la actualidad a un conjunto de personas durante más de tres horas en una sala a oscuras sin posibilidad de consultar a cada minuto su teléfono móvil para inspeccionar si alguien nos ha enviado alguna chorrada vía WhatsApp o las últimas paridas remitidas por esos locos tuiteros se antoja algo imposible de obtener. Por tanto esta es una cinta que hace propio su mismo sentido: la utopía. Y es que nos encontramos con una perla que destila aroma a cine añejo. A ese séptimo arte de nuevas olas e infinitas ilusiones por cambiar el mundo. Al cine de los Godard, Eustache, Rozier, Pasolini, Bellocchio, Bertolucci, Rivette que fue extinguido y aniquilado tras los acontecimientos de Mayo del 68.

Desde luego nos hallamos con una película inclasificable, y por ello muy atractiva. Una cinta que bebe de ese estilo combativo y revolucionario que emanaba del séptimo arte made in Nouvelle Vague. Un cine que se preguntaba cosas, que trataba de trascender más allá de los límites de las pantallas cinematográficas y en cuya esencia brotaba ese deseo por retratar y transformar los resortes de la sociedad de la época amparándose en esa juventud inconformista que peleaba por romper con las normas establecidas por sus mayores. Unas películas exentas de normas y prebendas. Libres como su espíritu. Sin ataduras ni rigideces. Donde lo absurdo se daba la mano sin problemas con lo cotidiano. Quizás por ello tildadas de aburridas y pretenciosas. En este sentido, unos experimentos que jugueteaban de forma muy traviesa con los dogmas clásicos, retorciéndolos con esa fuerza presente en los albores de la vida, sin miedo al que dirán… con esa carencia de vergüenza que la adolescencia desata.

Esto es fundamentalmente Those Who Make Revolutions Half Way Only Dig Their Own Graves. Una obra estructurada en dos partes diferenciadas (con su correspondiente intermedio que evoca a ese cine del pasado) que aspira a convertirse en una fiel radiografía generacional de esos jóvenes quebequenses cansados de la monotonía y de su gobierno que pretendieron romper todo vínculo con su país para liberarse de ese yugo ancestral. Una juventud contestataria etiquetada como terrorista por esos políticos cuyo cometido es mantener la estabilidad del sistema. Pero también una lozanía confusa, extraña de sí misma, contaminada de esquizofrenia y radicalismo. Unas sombras cuyo aislamiento de la mayoría deviene en una especie de tumba terrenal tapada por una serie de actos de vandalismo que no llevan a ningún sitio claro. Unos revolucionarios cuya falta de conexión con el ciudadano medio terminará provocando su deriva hacia la simple criminalidad, en unos espectros que deambulan sin objetivos ni verdades irrefutables. El eterno castigo que lastra todas las revoluciones, convirtiendo las mismas en mociones inacabadas o fallidas: la imposibilidad de mimetizar en un entorno colectivo nuestras ambiciones intrínsecamente individuales.

Como todo relato generacional (me viene a la memoria cintas como Soñadores de Bertolucci o la reciente American Honey de Andrea Arnold), esta es una película que puede pecar de pedante y vacía. Quizás algunas de sus escenas resulten una caricatura extrapoladas al más puro esperpento. Secuencias extravagantes como esos bailes tribales que ejecutan los protagonistas en pelota picada embellecidos artificialmente por unos soliloquios que se encargan de lanzar toda una serie de disertaciones morales que podrían antojarse demasiado impostadas. O esas escenas en las que los protagonistas se autolesionan como muestra de su arrepentimiento por haber cometido el pecado de saltarse los draconianos procedimientos que rigen el funcionamiento del grupo. También algunos segmentos en los que contemplamos las discusiones que nacen en el seno familiar de los cuatro outsiders que deciden echarse la manta a la cabeza para luchar por su cuenta y riesgo contra el sistema, se observan demasiado retorcidos e intencionados. Asimismo muchos de los trucos desplegados por la pareja de directores demuestran su querencia a la desmesura. Como ese fundido en negro de más de cinco minutos que abre el film. O la inserción de una serie de imágenes documentales que relatan las manifestaciones estudiantiles que tuvieron lugar en 2012 en Quebec (complementadas con las de las revueltas que estallaron en Irán solventadas por la Guardia Republicana).

Si bien ello no impide que la cinta desprenda un aire de nostalgia y valentía ciertamente fascinante. Una osadía plasmada ya desde su propio título (en español algo así como Aquellos que dejan las revoluciones inacabadas terminarán cavando sus propias tumbas). Radicalidad succionada en sus propias imágenes. Unas estampas duras, realistas, atmosféricamente malsanas, extremas y fanáticas. Todo esto canalizado a través de la historia de cuatro jóvenes de ideología izquierdista radical que decidirán abandonar la comodidad proporcionada por sus familias para convertirse en una especie de liga de liberación que lucha por la independencia de Quebec a partir de la comisión de una serie de actos de vandalismo como medio para difundir sus ideas. Dos lesbianas, un joven estudiante que abraza la violencia como único medio de comunicación y un transexual que trabaja en un establecimiento de masajes sexuales son los integrantes de esta partida de perdedores con ganas de armar bronca.

Y en el lado contrario, el mundo capitalista. De los pijos con alma de izquierda. De los triunfadores que visten con traje de Armani y calzan el último modelo de BMW. Un paraíso que trata de ser demolido por cuatro soñadores que acabarán dándose de bruces con sus propios métodos. Que comprenderán que mear y escupir en los escaparates de lujosos restaurantes mientras los comensales dan rienda suelta a su gula (secuencia de gran potencia filmada con un espléndido sentido fanfarrón) solo conseguirá dar trabajo al limpiador de cristales al día siguiente. De este modo, el film camina lentamente sin ningún tipo de prisas mostrando los cambios psicológicos que se irán produciendo paulatinamente en la mentalidad del clan conforme avanza su destierro. Finalmente la película deviene en una especie de documento que transpira ese halo de derrota y desolación que empapará la moral de la congregación, a medida que sus perspectivas y armas se muestran inútiles para lograr la tan añorada transformación, mutando en una mera pandilla criminal cuyos actos son más propios de unos delincuentes que de unos ideólogos del cambio que rechazan cualquier vinculación con un movimiento estudiantil vendido al mejor postor.

Un punto muy positivo del film consiste en mostrar el deterioro de la cuadrilla al dividir la cinta en dos partes. La primera la del nacimiento y origen de la misma. La de la fantasía y ganas de remover todo. La del espejismo y el alma incorruptible. La segunda la del ocaso y crepúsculo. La del encuentro con la cruda realidad. La de empezar a tomar conciencia que todo esfuerzo ha sido vano al no contar como aliado con el principal enemigo: el dinero y la civilización occidental. La de la comisión de pecados inconscientes como consultar internet (una de las normas de los camaradas es la de rechazar cualquier símbolo de progreso como la televisión, la radio o el empleo de los ordenadores, algo que se resultará del todo utópico).

Igualmente Mathieu Denis y Simon Lavoie supieron recrear con mucho talento ese ambiente de liberación sexual, de total falta de ataduras, de destrucción de la unidad familiar y de esos intentos por generar un entorno propicio para la conversión a la nueva religión libertina típico del movimiento estudiantil que surgió en la Europa de los sesenta. Pero sin recrearse en exceso en la melancolía. Porque el disfraz de esta pieza de arte y ensayo reluce muy moderno e innovador, avanzando con mucho ingenio y talento narrativo sin hacer ascos a la experimentación (como esa tendencia a combinar panorámicas en scope con tomas en 4:3 y secuencias documentales), reflejando ese vacío existencial que condena habitualmente a todos esos idealistas que creen que otro mundo es posible. Un mundo que es imposible que sea posible, puesto que el sistema sabe retroalimentarse y exterminar a sus elementos más subversivos aislando a los mismos a una especie de oasis donde solo es factible la mera subsistencia. Como expone ese plano cenital con el que culmina el film que indica que la unión de la carne solo es posible en los espacios micro, siendo totalmente irreal cuando esa conexión epidérmica se expande a contornos más amplios libres de paredes.

Los directores saben guardar la necesaria distancia para que el público no asimile como propias las intenciones de los protagonistas. En algunas ocasiones juzgan a los mismos señalando sus acciones y vacío como un lastre del que es preciso huir. Así si American Honey se elevaba como un compendio que manifestaba las cloacas de ese falso sueño americano inhalado por una partida de románticos jóvenes, Those Who Make Revolutions Half Way Only Dig Their Own Graves absorbe esta aspiración pero desde otro enfoque. Evidenciando esa deriva sin rumbo tomada por cuatro bisoños adolescentes, reflectando las heridas que mortifican a los jóvenes dotados de una sensibilidad especial a un calvario sin fin. Una existencia condenada al fracaso. Una derrota asumida y aceptada por esos quienes no han evolucionado ni renunciado a sus ideales. Al final quedan más de tres horas de reflexión existencial que parecen no haber conducido a ningún lugar claro ni definido. ¿Ha merecido la pena por tanto el riesgo de observar una película que parece no aportar nada nuevo a lo ya planteado por los genios del cine europeo de los sesenta? Esta pregunta solo puede ser respondida por cada uno de vosotros. Porque aquí emerge una de esas rara avis que muy de vez en cuando aparecen en el mundillo cinematográfico. Y ello ya es una señal de que el viaje puede ser más que fructífero.

Escrito por Rubén Redondo


Todo modo de amor al cine.



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