Placa madre (Bruno Varela)

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El mediometraje resultado del vídeo de Bruno Varela promete ser un recorrido por un espacio concreto, la llamada La ciudad de piedra, donde ayudado de un guía, el lugareño Félix Roque, es el espectador quien acaba caminando y entendiendo ese determinado lugar, donde se funden tiempo y espacio.

La ciudad de Piedra, en el altiplano entre Perú y Bolivia, es una zona geológica de más de 10.000 años de antigüedad, formada por piedras volcánicas, que sitúan al paisaje más cercano a nuestra idea de Marte que a una zona terrestre común. De una belleza inhóspita, incluso allí se abre camino el ser humano.

Bruno Varela juguetea con el símil de una placa base de ordenador para entender y comprender el terreno que vamos descubriendo gracias a un guía que comenta cualquier detalle que él va viendo y recordando, siempre en este orden. Se funden pues los recuerdos, la historia, la mística del lugar y la desolación, donde el tiempo actúa como un lento corrosivo que se funde con el espacio.

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En este punto de la crítica hay que confesar el agotamiento narrativo que puede suponer la obra de Bruno Varela, donde una vez más no se puede más que empezar poniendo en duda mi propia mirada y comprensión por encima del sopor que me produce todo lo visto. Empezando por lo realmente complicado que resulta en muchas ocasiones la dicción del propio guía, Félix Roque. Entiendo que la decisión de no poner subtítulos es precisamente eso, una decisión del autor, la cual respeto, pero acaba por alejarme de una obra a la que tras casi una hora de metraje descubro con absoluta indiferencia que no he conseguido entrar en ningún momento. Pero es que ni siquiera logro entender cómo debe ser mirado o entendido el resultado.

Me aventuro a pensar que la obra habla de la memoria y los recuerdos, pero en este punto de partida camino hacia ninguna parte. Mis problemas con la película no deberían condicionar al espectador más inquieto y ansioso de nuevas formas narrativas, aunque considero que al conjunto de la obra se le puede etiquetar el adjetivo de fallida sin desmerecer ni despreciar el trabajo autoral de Bruno Varela, cámara, sonidista y editor del filme. Precisamente se ha de asumir la propuesta como representación máxima y perfecta de lo que trata de ser un festival como es Márgenes, por otorgarle una etiqueta sencilla y reconocida. Ante la eterna pregunta sobre qué debe y no debe entrar en un festival, es una decisión que compete más a los programadores que a los críticos en pijama de medio mundo. Y sí, Placa madre encaja en el ideario de esas propuestas de mirada autoral, creadas al margen de cualquier producción media o pequeña, cintas ínfimas cuyo recorrido no está pensando para un cine comercial al uso, pero que tienen el derecho de disfrutarse en otros espacios. Espacios que no dejan de crearse y redefinirse.

Mi respeto absoluto por la propuesta no puede esconder lo que he escrito unas líneas más arriba: el sopor y la incomprensión hacen mella en mi valoración final. Llegados a este punto temo descubrir que como siempre, la crítica de una película, pero en especial de una película que se detesta o que no se entiende, habla más de quien escribe que de la obra. Es más, es un lugar común en la crítica cinematográfica agarrarse a hablar de factores personales o externos ante una película de la que no se tiene ni idea qué decir, como es mi caso. Ya saben, para arañar unas líneas más hasta que el conjunto de frases hechas acaben por parecer desde fuera y echando una pequeña ojeada, como una crítica de verdad.

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