O ornitólogo (João Pedro Rodrigues)

La relación entre naturaleza y hombre siempre ha estado presente en lo cinematográfico desde todas las vertientes posibles: aventurera, espiritual, terrorífica, pero ante todo metafórica. La naturaleza suele poner al descubierto miserias, traumas y rincones recónditos del alma o directamente ponernos ante un espejo mostrando posibles aberraciones surgidas de la acción humana sea contra ella o bien contra nuestros propios semejantes. O Ornitólogo de João Pedro Rodrigues viene a ser un compendio de todos asuntos, una visión transversal que no solo abarca la temática per se sino que se mueve por diversos escenarios genéricos cinematográficos. Un film transgenérico que sin embargo no usa el recurso como excusa sino como ente maleable, adaptándose tanto a lo que sucede en pantalla (esencialmente las sensaciones del protagonista) como a lo que el director interpreta que deben ser las sensaciones transmitidas a la audiencia.

Ya desde los créditos iniciales, con la tipografía del título, se nos sitúa en un lugar cinematográfico más propio del cine de género (inevitable pensar en Deliverance o incluso en los remix posmodernos de Tarantino) que el de un film de raíz autoral. Y al igual que en la introducción el film no tarda en pasar de parecer una invitación y acompañamiento a la contemplación científica del protagonista a adoptar tintes escabrosos. Esencialmente asistimos a una doble observación, la del protagonista a la naturaleza por un lado y el que el propio protagonista sufre.

La perspectiva aérea, enigmática en la que se pone al espectador como observador distante sugiere intriga y suspense donde la incertidumbre de saber quién vigila y la sensación de omnipresencia otorgan una mezcla de miedo y poder semi-divino que no tarda en revelarse como algo no tan lejano de la realidad. Es a partir de aquí donde el film se adentra en terrenos pantanosos de locura, donde tanto podemos estar en el territorio de Las colinas tienen ojos de Craven como en universo onírico trufado de simbología religiosa.

Y es que finalmente el periplo de Fernando acaba tomando derroteros de cariz espiritual, de claro sentido místico. Así el cine de género da paso al reposo, sin obviar atmósferas alucinadas, que nos transporta a la metáfora definitiva, a la transmutación del protagonista y sus desventuras hacia la representación de la vida y obra de San Antonio de Padua. Todo cobra pues sentido al juntar las piezas de el enigmático puzzle ofrecido hasta el momento, convirtiendo todo lo desconcertante y enigmático en parábola casi bíblica, como si João Pedro Rodrigues y su cámara fueran notarios de la vida de un santo, documentando su vida, filmando un evangelio apócrifo.

Es por ello que O Ornitólogo más que un film es una mirada constante, un ejercicio de duda, martirio y fe que, con la humildad que se le supone a la santidad flirtea sin complejos con el tipo de cine más alejado (posiblemente) de la espiritualidad pero sin restarle un ápice de trascendencia. No, quizás no es un milagro fílmico, pero desde luego sí un ejercicio de inventiva capaz de hacer reflexionar sobre lo divino sin dogmas, de mostrar que, incluso en el cine, los caminos del señor son inexcrutables.



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