No llores, vuela (Claudia Llosa)

Nieve resplandeciente y un frío sobrecogedor. Así empieza, se mantiene y termina No llores, vuela, tercera película de Claudia Llosa, una intensa cinta en la que todos los personajes cargan con su propia tragedia y buscan recomponerse de la misma.

No llores, vuela no es estrictamente una historia de catarsis, de redención, no es una historia de culpabilidad y perdón, no es una historia sobre la desesperación y los clavos ardiendo ni sobre los misterios insondables del universo. Ni, ante todo, es una historia sobre las elecciones que hacemos y lo que se gana por lo que se pierde. Pero es todo eso, y mucho más. A fin de cuentas, somos más que las partes que nos conforman.

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A través de dos interpretaciones inmensas de sus dos protagonistas, ambos soberbios. Jennifer Connelly ejerce la desesperación como una fuerza de naturaleza, realiza un trabajo absolutamente magnético. Su belleza invernal la asumen perfectamente los escenarios canadienses donde se rueda este film para hacerla brillar aun más. Por su parte, Cillian Murphy sigue demostrando película tras película que es, probablemente, uno de los actores más versátiles que han dado los tiempos recientes. Lo mismo es un niño rico, que un adolescente transexual, que, como en esta ocasión, un hombre tan roto que perturba los sentidos en un rol que nunca es fácil de hacer y que convierte en algo electrizante. Entre ellos, aunque como hilo conductor, Mèlanie Laurent se queda un poco a la sombra de estos dos colosos.

El film no para en ningún momento de jugar con una dicotomía centrada en el tiempo, en los lugares y en sus personajes. La estructura interna puede hacer que el espectador tarde un poco en entrar en el juego propuesto por la directora peruana. No obstante, cuando por fin accede al fascinante mundo ofrecido, con esos matices de realismo mágico típicos de los creadores sudamericanos, no hay más que dejarse llevar por una historia que atrapa y conmueve a partes iguales.

Además, para redondear lo que se cuenta, la película cuenta con una dirección de fotografía maravillosa, espectacular. La belleza helada y esas cosas. Las localizaciones, cercanas al Círculo Polar Ártico, aparte de ser parte importante de la trama, consiguen añadir una potencia visual devastadora.

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El principal problema que tiene es que no sabe rematar. Cuando por fin hemos entrado en el mundo de No llores, vuela, esta se acaba de forma repentina y poco elocuente. Al estilo onírico que propone, pero para mal en este caso. No es como dejar atrás el sueño entre la bruma del pensamiento lúcido, sino más bien como ese despertar repentino que deja el alma encogida por salir de un mundo tan bello como inexistente. La brusquedad final empaña de algún modo una cinta que podría haber resultado magistral.

En el fondo, la gran fuerza del film radica en su capacidad para sugerir y para no abandonar nunca esa dicotomía tan bien trabajada que ya se ha comentado y de la que hace gala. No hay buenos ni malos, no hay avería y redención, no hay catarsis ni desesperaciones. Hay decisiones que toman los personajes, cada uno acorde a sus circunstancias y su modo de ser o de pensar, y no se emite ningún juicio de valor sobre las mismas. Es el público el que debe sacar sus propias conclusiones.

Por eso, pese a su abrupto termino, No llores, vuela se convierte en una película que se debe ver, pero con el corazón en la mano y acudiendo a ella sin prejuicios. Si uno se deja atrapar por el gélido viento del norte quizá pase algo de frío, pero algún resquicio encontrará éste en el espíritu para colarse hasta el fondo. Al fin y al cabo, ¿Qué es la verdad, sino una esquirla de hielo?

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