Loveless (Andrei Zvyagintsev)

Hay películas que captan el interés del espectador sin soltarlo durante todo su metraje, incluso naciendo de una idea sencilla. Partiendo de una premisa cotidiana, de un drama familiar común, la cinta de Zvyagintsev, huye de naderías sensibleras cuando lo que nos cuenta no es ni más ni menos que una tragedia. Nos coloca además ante gente muy corriente y desde una perspectiva nihilista ante personajes sin ninguna significación moral. Nos atrapa en un ambiente de sequedad emocional, marcado por odios y enfrentamientos familiares que inmediatamente paga el más débil de los implicados. Loveless engancha. Lo consigue sin vacilaciones y con mucha contundencia, porque es cine impactante que abofetea y machaca la conciencia (y más si eres ruso).

El espectador sentirá la dureza del relato, rechazando ya en los diez primeros minutos de película el comportamiento de los padres de Alyosha —no obstante, tan propio de muchas parejas en el momento de atravesar ese trance de la separación— y sentir la pesadumbre del pequeño. Un niño sin voz ni voto, al que sencillamente no quieren y que no fue deseado. En torno a él y su custodia giran las discusiones de esta pareja hecha añicos que a la hora de enfrentarse revela su lado más egoísta empeñándose en hacer cuanto más daño mejor, cuando, el verdadero ser doliente y sin posibilidad de defensa es sólo un chico de 12 años. Alyosha será el arma arrojadiza.

Todavía bajo el mismo techo, en un apartamento moscovita cuyo interiorismo y atrezo realmente da fe de tantos años de convivencia familiar, la pareja transita sobre los últimos pasos de un divorcio muy incómodo. Ese que fuera hogar, ahora ring de boxeo, es un espacio anegado por una nube tóxica en el que los dos adultos y el niño se ven forzados a convivir como extraños padeciendo a cada cual mayores desequilibrios emocionales que, en el caso del pequeño, resultarán determinantes.

Loveless también es un alegato en contra de la deshumanización tecnológica de nuestras vidas y para ir más lejos, en contra de la occidentalización de una Rusia que ya nadie reconoce. Porque esos padres, si no están dedicados a pelearse o a refugiarse en sus anodinas rutinas, matarán el tiempo en sus smartphones. Sin atender a lo que tiene delante ni prestar atención a lo realmente valioso, la adicción de la madre al móvil es una muestra de cómo las tecnologías sofocarán las relaciones tradicionales entre familias que conviven en el mismo espacio hasta llegar al extremo de ser ignorantes los unos de los otros de las preocupaciones vitales de cada cual. Incluso si se trata de las de un hijo.

Todo esto nos plantea Loveless, cinta ganadora del Premio del Jurado en Cannes, en apenas 20 tensos minutos de recorrido antes de dar un vuelco que la convertirá en una demoledora crítica política contra la Rusia actual. Andrei Zvyagintsev, director de Leviatán, en proyección el año pasado en esta misma cita cinéfila compostelana, vuelve a las pantallas con este drama moral sobre las relaciones rotas dentro de la familia. Drama socio-moral, si lo prefieren, si tomamos a la familia como institución o elemento natural de una sociedad. Cuesta juzgar este tipo de cuestiones desde una perspectiva relativista pues, no en toda sociedad el fracaso de la familia tradicional —o, en su caso, la multiplicación de modelos posibles de familia alternativa a aquélla— determina su decadencia. Pero sí en la Rusia que describe Zvyagintsev. Si acaso el director, utiliza este drama personal, compuesto por personas comunes, para mostrar la ausencia de valores de dos progenitores. Pero lo hará trascendiéndolos y señalando a todo el sistema de su propia depravación moral, para reflejar que, en su país, ya no queda orden o institución a la que aferrarse. Ni siquiera a la familiar.

Sin otra escapatoria, Alyosha, convertida su casa en un campo de batalla y ante la perspectiva de ser el chivo expiatorio del fracaso de sus padres, decide fugarse. En ese momento arranca una búsqueda que nos conducirá por espacios del pasado decadente del socialismo soviético como por vigorosos exteriores nevados. Las gélidas panorámicas entran en connivencia con la frialdad emocional de los personajes y sus tensas relaciones. Sus padres, Boris (Alexei Rozin) y Zhenya (Maryana Spivak), se involucran no sin cierto desinterés en la búsqueda del niño. No tanto por apatía sino por el ansia de reconducir sus vidas junto a sus nuevas parejas. Y también por desamor o falta de amor —no en vano ese es el título del filme: Sin amor—. Porque Zvyagintsev hace redundar la idea de la miseria moral rusa en la deserción de las amantes madres de antaño, hoy seres más o menos indiferentes, individualistas, áridos de ternura. Especialmente las mujeres son retratadas como seres abyectos (Zhenya y su propia madre), aspecto que el director subraya y que además de resultar muy irresponsable y frívolo por su parte, incomodará a buena parte del público. Pero, además, a esta ausencia de amor maternal acompaña el desinterés social y el de las propias instituciones públicas, de por sí, ineficientes y faltas de empatía.

No sabemos si la desaparición del chico unirá a sus padres. Sabemos que habrá desesperación por parte de ambos y, a partes iguales, dejadez. Como si en Zhenya luchara por salir el instinto de aquella madre tradicional contra la actual mujer desalmada producto de la deriva rusa al capitalismo salvaje. O en Boris, su dilema supusiera elegir entre desatender sus obligaciones laborales o implicarse en la búsqueda de su hijo.

Es una cinta técnicamente apabullante. Con grandísimas panorámicas y una enorme calidad visual que lenta y fría, incide en la apatía social y en la falta de sentimientos y que compone un escenario casi de vacío infinito. Que recorre la debacle ética de unas criaturas anodinas y grises que se aborrecen y cuyas carencias emocionales suplen materialmente. Zvyagintsev es un cineasta ‹hobbesiano›. No por nada llamó a su anterior filme Leviatán (obra del filósofo inglés). Con Loveless vuelve a apostar por una visión misántropa del ser humano y por retratar la vida como un lapso solitario, brutal y breve.

Valorada por el público de Cineuropa por encima del 8, se ha convertido por méritos propios en una de las grandes favoritas del certamen.



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