Laissez bronzer les cadavres! (Hélène Cattet, Bruno Forzani)

Extrapolar. Colorear. Derrotar.

Cuatro disparos, una pistola sobredimensionada, un lienzo en blanco con cuatro amplios brochazos verticales en cuatro tonalidades de cromatismo de primer grado. Perforados. Por los disparos. Demasiado simétricos. Premonitorios.

Una escena de apertura que discutimos a voz en grito para que nadie se llevara la razón (al menos en los gritos, porque la razón era mía). Significativo. El conflicto siguió tras apartar la hipnosis que refulgía de la pantalla. Un brillo casi dorado.

La cámara cercana hasta el abismo. Los sonidos muy marcados, exagerados para recalcar cada uno de los movimientos de los implicados. Un western árido junto al azul, muy azul océano. Un thriller a contrarreloj donde oro y sangre van a ser nuestros únicos aliados. El reloj, ese detalle.

La música, un canto de sirena que resucita las bandas sonoras de grandes clásicos (olvidados, cómo no, maldita memoria colectiva) del cine italiano y francés de los años 70, con el inenarrable Ennio Morricone como una de las constantes ineludibles. Si hay homenaje, que sea preciso.

De nuevo Hélène Cattet y Bruno Forzani se rinden al cine de otros, injertando las ensoñaciones propias. La abstracción de Amer nos dejó a unos pocos sin palabras por su digno manejo de la experimentación narrativa a través de las imágenes. Con el tiempo han ido destruyendo barreras hacia lo convencional, y en su tercer largometraje son capaces de adaptar una novela. Con toda su prosa, contenido y estructura, sin perder un ápice de su veneración por lo puramente visual. El libreto, Laissez bronzer les cadavres! de Jean-Patrick Manchette y Jean-Pierre Bastid hace honores al polar francés en pleno auge del western europeo, una revolución sobre robos y hastíos vitales en el sur de Francia, con Luce como ojos ávidos que nos transportan hasta esta nueva realidad. La de Elina Löwensohn, quemada por el sol, con su mismo corte de pelo, desafiante y perjudicada su voz por el habano que humea en su boca.

En un terreno hosco, terroso y abandonado son las miradas diligentes y los objetos como hitos de adoración los que destacan. Un lugar que parece estar invitando a la muerte a quedarse, son numerosos los detalles que nos la recuerdan. Cruces, cráneos, una capilla derruida, todo adaptado al allí, al ahora, como si la vida que han perdido estos enseres fuese lejana y ya formaran parte del entorno. Un cementerio de polvo con constantes alusiones de fe perdida, de abandono. Fósiles y exploradores.

Pero son los elementos los que constituyen la forma final. Es un libro, un arma, un casco de moto, un lingote de oro, un anillo lo que condena a cada uno de esos muy marcados personajes, todos alerta, todos dispuestos a cumplir los plazos que nos ofrecen los directores con ese avance fantasma del tiempo. Tramos cortos, largos, repetidos. Puntos de vista divergentes en un mismo tiempo, cada uno con su propia entonación.

Delito. Injuria. Deslealtad. Carne.

Las emociones emitidas por este dispar grupo es tan visual como los objetos que les representan. Así nos encontramos con las temidas manos enguantadas en cuero negro, y el sonido que produce su decelerado movimiento. De lo pequeño a los rasgos evocadores, pues también están las sombras del pasado, reales, visibles, que someten pecado y lujuria en juventudes ya lejanas, y se enlazan con lo que ocurre en ese preciso momento, como una evasión de los conceptos básicos que aquí se manejan a través de ensoñaciones que crecen a partir de la silueta femenina, identificada por gestos, pero siempre oscura. El oro, la lluvia, las balas. El fuego, la sangre, el peligro.

Están los juegos de cámara, los travellings engañosos, la rapidez interpelativa para estrellar cualquier interpretación. No solo varía según el color que se asigne. Es más dependiente del cine que homenajea, y mucho más libre por la intención de quien lo homenajea. Un thriller artístico de musicalidad ingeniosa, sonoridad extrema y constantes luminosas. Un film de sexualidad caprichosa e intuitiva, de poder y descontrol. Un estallido que si lo piensas es tradicional y si lo sueñas es buceable. Una maravilla que bien encaja con las retinas. Un western. Mentira.

Dos veces. Y reclamo verla muchas más para decir algo certero sobre Laissez bronzer les cadavres!



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