La alternativa | Land of Doom (Peter Maris)

La sombra de Max Max es alargada y, más allá de secuelas, continúa coleando décadas después, algo que constata el estreno este fin de semana de Mortal Engines, una muesca más al post-apocalipsis que George Miller convirtió en referencia haciendo de sus áridos escenarios y esa ya característica estética rasgos que desde entonces han resultado indispensables. De todas esas cintas que otorgaron continuidad a los logros del ya mítico título australiano, nos encontramos con Land of Doom, dirigida por el cineasta y productor Peter Maris, un habitual del cine de serie B que encontraba, precisamente, en la propensión del original para expresarse a través de lo exiguo de sus localizaciones, la principal virtud de un film de escaso presupuesto. Una limitación evidenciada en no pocos aspectos —pírricas coreografías camufladas en su montaje, carencia prácticamente absoluta de efectos especiales, e incluso la forma de caracterizar los distintos vehículos para dotarlos del aspecto adecuado—, pero que sin embargo no trata de disimular en ningún momento; quizá en esa actitud, en la aceptación de una pobreza de medios patente, en ocasiones propulsada desde el mismo guión en secuencias que directamente no tienen sentido alguno —como esa persecución a mitad de film que, de pronto, se verá interrumpida de la más extraña de las formas, componiendo un mosaico entre caprichoso y absurdo—, es donde Land of Doom logra comprender su esencia y hacer de esos arrojos tan cercanos al dislate que posee, no sean otra cosa que un puro y desvergonzado abrazo a su carácter ‹trash›.

Maris nos sitúa en un futuro post-apocalíptico dominado por los Raiders, una pandilla que se cierne sobre cada uno de los poblados por los que pasa, arrasándolos y sembrando el más absoluto de los caos —trasladado a las propias filas de los hombres liderados por Slater, el enmascarado líder de todos ellos (ojo, por cierto, a ese brazo mecánico que luce), cuando en una secuencia atisbamos a dos individuos acuchillándose en el intento por violar a una lugareña—. De entre el desconcierto surgirá la figura de Harmony —interpretada por Deborah Rennard, quien apenas un par de años más tarde tendría un rol en Lionheart—, una heroína independiente y temperamental, personaje en el que hay que hacer hincapié por parecer estar fuera de una era, y es que los detalles que va dejando Maris para moldearlo van en una doble dirección: por un lado, concretar el inexorable universo al que se enfrentará el espectador, y por otro subrayar una naturaleza que precisamente lo aleja de la expresión que tanto se estilaba por los años 80, con el ‹exploit› siempre dispuesto a trazar personajes femeninos sumisos, regodeándose en un erotismo bastante proclive a relegar esos papeles a algo secundario o incluso residual, algo que Land of Doom rechaza en ese sentido de raíz —de hecho, más adelante, veremos en un asedio como varias mujeres luchan codo con codo por defender su poblado—. Tras la vorágine propiciada por los Raiders, pues, Harmony se encontrará con Anderson, fugitivo buscado por las tropas de Slater debido al intento de este por derrocarlo tiempo atrás, y cuya compañía aceptará no sin dejar clara su postura. A partir de una premisa de lo más sencilla, el cineasta retrata un microcosmos bastante definitorio compuesto por apestados, una extraña raza subterránea —que bien podrían resultar los homólogos de los Ewoks— y hasta una suerte de caníbales que no dudan en compartir sus manjares con extraños.

Los apuntes que deja Land of Doom acerca de su particular universo no se suceden únicamente a partir de su guión y es capaz de hacer de su descripción paisajística su mayor valor. Es, de ese modo, en los bastos y áridos parajes desérticos, donde Maris encuentra el soporte idóneo para exponer la configuración de un mundo que resulta, cuanto menos, personal, inherente al dibujo sobre tal intratable escenario. Pero donde atina especialmente es en la predisposición por espacios naturales que dotan de una entidad propia al film. Así, y más allá de esos emplazamientos que recurren al cartón piedra para determinar los lindes de la creación de Maris, encontramos una disposición particular por integrar todos esos paisajes e incluso hacerlos partícipes dentro de la narración. En efecto, puede que estemos ante un mero producto alimenticio, que como si de un ‹exploit› se tratase, fija sus miras en universos cinematográficos adyacentes, pero también hay que reconocer las virtudes que posee en su justa medida. Quizá estas no sean muchas, ni pronunciadas, pero cuanto menos Land of Doom sabe hacer de su desfachatez y falta de prejuicios un determinado entretenimiento que, por más que insista machaconamente en una banda sonora que se demuestra hija de su época, y aunque resuelva de manera rudimentaria algunas de sus deficiencias, se disfruta siempre y cuando uno sea capaz de abrazar con conciencia el, por momentos, aberrante espectáculo que tiene a bien ofrecer Peter Maris. Ver para creer.



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