Ida (Pawel Pawlikowski)

Como una de las grandes apuestas por parte de la dirección de Cineuropa Compostela y, repitiendo este año en aras de su máxima difusión, el Lux Prize 2014 —organizado por el Parlamento Europeo y que en su edición anterior galardonara a la belga Alabama Monroe, a la postre ganadora del premio del público del festival que nos ocupa— , ha suscitado nuevamente entre los cinéfilos compostelanos una enorme expectación como protagonista de lujo con la proyección de sus tres películas finalistas del año en curso: Ida (Pawel Pawlikowski, Polonia), Class Enemy (Rok Bicek, Eslovenia) y Bande des filles (Céline Sciamma, Francia).

Concebido para enfatizar las producciones del cine europeo de corte independiente y minoritario, y haciéndolo accesible a la ciudadanía comunitaria —razón por la cual, su principal objetivo consiste no sólo en subtitular las películas finalistas a los 24 idiomas oficiales y buscar su mayor difusión en foros cinéfilos de toda índole sino ocupándose a su vez por hacerlas llegar a las salas de estreno de festivales y certámenes de toda la geografía de los países miembros y otros—, el Premio Lux (Lux: luz), catapulta a la pantalla grande títulos poco accesibles en un ensayo por capitalizar la emergencia del cine de países de nuestro entorno hasta ahora sin protagonismo en nuestras salas. Por eso, películas candidatas al premio de referencia, han podido incluso, adentrarse en los circuitos de distribución de cine comercial ganándoles la batalla a grandes producciones americanas como durante este año fue el caso de la ya mencionada Alabama Monroe de Felix Van Groeningen.

Ida

De las tres finalistas para hacerse con el galardón europeo —todas estrenadas en el Cineuropa Compostela—, dos de ellas compiten a su vez, tanto Class Enemy como Bande des Filles, en sección oficial por el premio del público, encontrándose ambas —si bien hasta ahora han sido notablemente valoradas por los espectadores— bastante alejadas no obstante de la cinta que se destaca como preferida por encima de todas las demás: la británica What we did on our holidays, de Guy Jenkin y Andy Hamilton.

En la diversidad de temáticas radica el plusvalor de este premio ya que sin parecerse en nada las unas a las otras, abordando realidades bien distintas y procediendo de Polonia una, Francia y Eslovenia las otras, lo cierto es que los tres títulos han despertado en Santiago auténticas ansias y curiosidad por asistir a uno de los últimos lances del combate que mantienen entre sí. El resultado deliberado por espectadores de todo el continente y por críticos especializados será conocido en los próximos meses luego de que las tres cintas hayan hecho un recorrido de más de 40 festivales europeos y extracomunitarios.

Bande des filles, dirigida por Céline Sciamma y una de las apuestas del público de este festival, relata la historia de una adolescente Marieme que, viviendo en conflicto permanente con su entorno, la cerrazón de costumbres de su familia y de los chicos de su barrio se decidirá —seducida— por darle un giro vital a su existencia al descubrir a otras chicas de su edad que desafiarán reglas del juego impuestas para cantar, bailar, gritar y asumir un nuevo código de identidad basado en la calle y violencia urbanas de las «banlieus» de las grandes urbes francesas. Class Enemy otra nominada, del esloveno Rok Bicek —también generosamente apreciada por el patio de butacas de los teatros de Cineuropa—, viene de hacerse con el premio de la Semana de la Crítica de Venecia consagrándose desde entonces a recibir alabanzas por un circuito interminable de festivales europeos, narrando las dificultades de un grupo de alumnos de enseñanza secundaria por enfrentar a un autoritario docente en un nuevo giro del cine de aulas, en este caso, muy alejado de aquella El club de los poetas muertos.

Ida

Pero es Ida la auténtica candidata, la llamada a ganar tal distinción, el Premio Lux y, a juicio de quién escribe, la destinada a ser reconocida con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en la próxima edición de entrega de la estatuilla dorada.

Desde luego la nominada polaca es la que, proyectada en un único pase, más expectación ha despertado durante estos días en Santiago sin defraudar las esperanzas depositadas por el público ante tan arriesgado ejercicio de exaltación de la belleza cinematográfica más pura y pulcra. Ida se ha hecho ya con el premio FIPRESCI del Festival de Toronto, mejor película y actriz en el de Gijón y, mejor película en el Festival de Londres y Festival de Varsovia. Desde luego, no sin merecérselo con creces.

Relatando el drama personal de una joven novicia criada en un convento polaco y ubicándonos en la opresiva década de los años 60 para un país de contradicciones inmensas, donde el conflicto de identidades entre judíos, católicos, comunistas, colaboracionistas nazis y gente sencilla que pudo sobrevivir es, tanto su huella genética como su principal conflicto, Ida (Agata Trzebuchowska) conocerá a su tía Wanda (Agata Kulesza), excombatiente contra la invasión nazi y a la postre magistrada de los grandes juicios públicos que se celebraron después de la liberación.

Digamos que es excepcional asistir a un evento cinematográfico como este. La pureza de la técnica más exquisita y sin mácula, en la que Pawlikowski ensaya una serie de planos estáticos enormes en blanco y negro que oprimen a sus personajes dando mayor relevancia a la realidad política de una Polonia de postguerra que asfixia la desenvoltura y capacidad de acción de sus ciudadanos —empequeñeciéndoles en grandes encuadres rodados en 4:3— es, además de una hazaña y una auténtica declaración de amor al cine, un recurso extrañísimo que logra de sobra el efecto deseado: ningún drama personal, por doloroso que sea, escapará al control y al peso que esa terrible Polonia que, más protagonista que nadie en esos planos, depositará sobre los hombros de las dos mujeres víctimas de la dictadura: del nazismo primero, del catolicismo ultraortodoxo y del comunismo más contumaz después.

Ida

Puede adivinarse —por esa técnica de cámara contrapicada, colocada más arriba del hombro de las actrices, a ratos de planos desmesurados y difíciles de clasificar, dándole todo el énfasis al opresivo exterior sobre el drama de ambas mujeres— que, sobre la voluntad humana fluctúa una nube tóxica de consignas soviéticas que adormece a los más dóciles, acólitos del sistema, y extermina a los disidentes: tanto a Ida, católica pero judía, como a su tía, comunista a su pesar, atea y a la vez, gran perdedora de toda esta historia. Todo lo que palpita bajo el cielo en Polonia, ya sea Ida, ya sea Wanda, viene siendo reprimido en encuadres de cámara que recrean la cerrazón de un sistema de totalitarismos y purgas que al final, el polaco, retrata como idiosincrasia pura de los años que antecedieron al aperturismo de Lech Walesa. No es una historia ubicada en la inmediata postguerra, pero sí muy alejada de los movimientos aperturistas de los 70 en adelante.

Con su dominio del lenguaje estético Pawlikoswki retrata una atmósfera asfixiante que se hace dueña de la película —casi más protagonista que sus dos personajes— doblegando voluntades y limitando la libertad de quien sea que pretenda escapar a un sistema que se revela especialmente cruel frente a sus mujeres, ya de corta edad y religiosas, como hacia maduras mujeres profesionales decididas a enfrentarse a los designios del absolutismo. La opresiva fotografía cae como una losa sobre ellas, las víctimas de un sistema tan inflexible como infinitamente triste.

Sólo un soplo de aire fresco y quizás sea lo más conmovedor, entra en la película por un par de veces: John Coltrane en alguna interpretación al saxo del joven músico al que Ida conocerá para remover sus cimientos y convencerla por primera vez de que, hasta la certeza máxima, tanto si atañe a sus orígenes como a su voluntad de castidad, puede ser cuestionada una vez rebasadas las murallas de un convento.

Ida

Ida es una rareza preciosa. Un deleite para cualquiera que se deje atrapar desde el primero de sus planos limpios de efectos, en blanco y negro y, evocadores de una narración melancólica y desesperanzadora que, por fuerza mayor tocará las fibras sensibles del más duro de roer. Por supuesto, sin dar cabida a sensiblerías de ninguna índole. Su ritmo sí, es pausado e hipnótico. Otra gran apuesta del montaje, en sintonía con la quietud del inmovilismo que retrata a aquella sociedad. Formas y contendido se abrazan como un guante a la mano sin la menor estridencia.

Ahí la tienen: Premios Lux y Cineuropa en su complicidad —esperemos que garantizada por muchos años— han presentado en Santiago una joya inesperada aplaudida por su público y que a buen seguro será ganadora, como hasta ahora ha ocurrido, del favor de crítica y espectador allá por donde vaya.



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