Ida (Pawel Pawlikowski)

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No era necesaria más que alguna imagen del cine de Pawlikowski anterior a Ida, para saber que el talento visual de su autor terminaría germinando en una obra que, más allá de recoger galardones y convencer a la crítica internacional, pudiese evocar sensaciones en cualquier tipo de espectador que no necesariamente busque una coartada intelectual tras un trabajo como el que el polaco nos presenta. Lo que no se podía imaginar uno con facilidad es que el autor de La mujer del quinto nos brindaría uno de los títulos más bellos y sugerentes de la temporada con tan pocas piezas que en realidad otorgasen el sentido necesario a un fondo que, como no podía ser de otro modo en una cinta de estas características, se antoja inevitable.

Paradójicamente, lo inevitable de ese discurso no condiciona las posibilidades formales de una película que encuentra en la intensidad y poderío de sus imágenes un aliado perfecto. Mientras sugerir que el contraste de ese aspecto bien podría significar ante cualquier otro trabajo que nos encontramos ante una obra vacía apoyada en su faceta visual, en Ida el cineasta es capaz de conferir importancia capital a algo tan sencillo como un plano detalle. Así, el simple reflejo de un retrovisor o una lágrima resbalando por una mejilla pueden ser tan o más importantes que un diálogo, y es que el diálogo de Pawlikowski es la imagen, y a través de ella es capaz de hablar con voz propia para articular algo más que una voz formal, para articular un universo propio en el que incluso la abertura del plano (ese espacio superior en cada encuadre) y su movimiento (o carencia de) sean tan valiosos para el propio film como lo suele ser el discurso que está tras el mismo. De este modo es capaz de encerrar en esos mosaicos la emoción necesaria en cada momento, y de transmitir sensaciones que no se pueden concebir sin el despliegue realizado por Pawlikowski.

Ida, Sundance Film Festival 2014

El rostro sereno y casi angelical de Ida (interpretada por una Agata Trzebuchowska que entiende perfectamente la dimensión del personaje en cada momento) ofrece una catarsis silenciosa en los marcos que va comprendiendo el polaco, y así el periplo de esa monja que verá como un mundo distinto se abre ante su mirada termina adquiriendo tintes que no se podrían vislumbrar si la joven y bella actriz diese vida a un personaje capaz de expresar tanto con tan poco. Además, la composición que realiza Agata Kulesza como tía de Ida otorga un contrapunto muy necesario tan difícil de ser sostenido como el propio esqueleto de un film que en manos de cualquier otro director se resquebrajaría con facilidad. Pero Pawlikowski no parece dispuesto a ceder, y la composición que otorga de principio a fin a Ida no hace sino agrandar la obra.

La capacidad de transmisión a través de sus imágenes, incluso siendo consciente de lo que puede suponer reducir el texto a la mínima expresión, es lo que termina llevando Ida a escenarios donde el dolor sólo puede ser comprendido en ese contexto, y es que tras tomar una decisión como la tomada por la protagonista del film, no se antoja mejor escenario para que el espectador pueda comprender la magnitud de lo acontecido. Aunque en superficie no lo parezca, pues, se podría definir Ida como una película de límites, capaz de extrapolar sus recursos a puntos en los que podría resultar incluso contraproducente, y sin embargo saber malear esa angustia sin acudir a parajes que despojen a Ida de lo que es, una de esas obras tan sentidas como el cine que recorre sus venas, y que confirma a un autor no únicamente como tal, sino también como emisor, como cronista de unas sensaciones que pocos han sabido captar con esa fuerza con tan poco.

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Un comentario sobre “Ida (Pawel Pawlikowski)”

  1. No sé si es el blanco y negro, pero como dice Rubén Collazos, esta película sugiere sensaciones que no esperaba sentir.
    Es una película para sentir que la vida es preciosa.
    Si pueden por favor dar las gracias a Pawlikowski.
    arge

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