Hoy… El signo de Leo (Éric Rohmer)

Que Éric Rohmer fue uno de los grandes cineastas de nuestro país vecino está fuera de toda duda. Que fue uno de esos juglares capaz de sacar jugo a esas historias mínimas en las que parece no suceder nada pero en las que se hallan resumidas los grandes misterios que han acompañado al ser humano desde sus orígenes también. Temas como el amor, la juventud, la moral, la mentira, las apariencias, la duda, la nada, la dialéctica, la seducción, la infidelidad o el miedo al compromiso fueron explotados por el autor de Cuento de primavera de una manera tan sencilla como pionera. Apostando por la levedad. Midiendo el tempo de sus criaturas estableciendo un control absoluto sobre el sentido del ritmo. Una cadencia que viajaba en consonancia con el latido de los corazones de los personajes de sus tramas. Triángulos y cuadriláteros amorosos liderados por hombres maduros con espíritu de Peter Pan o por jóvenes demasiado adultos para su edad. También por mujeres sin miedo a nada. Trazando un sendero conflictivo y quebrado a partir de unos diálogos afilados pero costumbristas. Que no desentonaban para nada con la atmósfera urbana o rural que absorbía la puesta en escena. Un séptimo arte en el que primaban los sentimientos sobre la aparatosidad. La emoción sobre la acción. Un cine muy dialogado. De relaciones humanas. Quizás por ello cargante para quien no esté acostumbrado ver prostituir el silencio.

Antes de poner sobre la mesa sus seis cuentos morales, sus seis comedias y proverbios y sus cuatro cuentos de las cuatro estaciones (el compendio de sus obras más aclamadas y emblemáticas, de gran influencia ejercida en otros cineastas siendo la más notable la observada en la obra del coreano Hong Sang-soo), Rohmer debutaría en el largometraje, tras una próspera etapa en el campo del corto, en 1959 con El signo de Leo. Probablemente una de sus cintas más extrañas, y por ello más fascinantes. En la cual podemos contemplar algunos de los tics que se repetirían como el sonido de un reloj de cuerda en sus posteriores filmes. Como esos planos callejeros de las avenidas y aceras parisinas, de sus cafés, de sus bohemios comensales. Secuencias rodadas cámara al hombro con un claro sentido documental en las que los actores improvisan paseos sin importancia entre los viandantes y coches. Capítulos cortos, secos y directos. Donde las palabras sobran y el ambiente resuena. Imágenes tímidas (tanto como su inductor) que no añoran verse reflejadas en la memoria de millones de espectadores. Que absorben la vida recomponiendo la misma sin ambicionar transformar la mirada de quien la presencia.

Y es que a pesar de las excelentes críticas recibidas por esta su ópera prima, el fracaso de taquilla que tuvo en su premiere en 1962 unido a su lejanía conceptual con las grandes obras del autor de La rodilla de Clara la postergó a un papel secundario dentro de su trayectoria. Injusto. Pues nos hallamos ante una muy notable obra. Impropia de un novato. Con claras referencias filosóficas. A la dialéctica amo y esclavo. Igualmente al existencialismo francés. Caminando en los alrededores del vacío existencial antes de que se convirtiera en marca de la casa Antonioni. Explotando el silencio como en ningún otro proyecto suyo. Porque nos hallamos ante una película silenciosa, que no tediosa, que evita en todo momento enlazar el tiempo mediante esos diálogos que señalarían la identidad de su autor a lo largo de sus siguientes trabajos. Con un tono a lo Louis Malle. Sin ser idénticas si que anticipa ciertos palos tomados como testigo por Malle en El fuego fatuo.

La película arranca de forma prodigiosa. Guiándonos en una travesía a bordo de un barco que recorre los canales que embuten a la capital francesa. Para fijarse súbitamente en un cartero que acude a entregar una misiva a Pierre Wesselrin (Jess Hahn), un aprendiz de violinista sin oficio ni beneficio que vive por encima de sus posibilidades en una residencia sita en el céntrico barrio de Saint Germain aprovechándose de las rentas familiares así como de los préstamos y gorroneos a amigos y vecinos. Acuciado por las deudas, entre ellas las que mantiene con su casera (mágica Stéphane Audran en un sorprendente papel de madre de familia para nada proclive a la seducción), la misiva traerá algo de esperanza a Pierre. Pues la carta anuncia la muerte de una millonaria tía a la que había perdido la pista desde hace años, lo cual implica la llegada de una ingente cantidad de dinero procedente de la parte que le corresponde heredar junto a un primo lejano.

Emocionado por la noticia, el músico organizará un festejo en su apartamento al que invitará a sus allegados. Una fiesta en la que aparecerá en un breve papel un jovencísimo Jean-Luc Godard enajenado por la música clásica emanada de un vetusto disco. El alcohol y el exceso camparán a sus anchas entre las cuatro paredes del piso merced a conversaciones pseudo-intelectuales y fanfarronadas varias. Entre ellas la iluminación de Pierre que se auto-proclamará como el afortunado marcado por el signo de Leo, una superstición del ámbito de la astrología que indica que aquellos señalados por su influencia serán los vencedores del sistema. De este modo Pierre derrochará el dinero que no tiene aún en su bolsillo y que ha solicitado prestado a su mejor amigo con la confianza de que se lo devolverá con intereses tras cobrar la herencia.

Sin embargo todo se torcerá con el amanecer de un nuevo día. En este sentido, Pierre descubrirá que su tía lo ha desheredado conocedora de su carácter derrochador y vividor. Tras este anuncio Pierre será incapaz de devolver el dinero que le había sido anticipado por su amigo. A ello se unirá su desahucio ante la imposibilidad de liquidar la renta pendiente con sus caseros. Pierre se encontrará en la calle. Sin amigos a los que acudir. Amigos que huirán de él como de la peste ante el olor de la miseria y la pobreza. La falta de dinero deambulará en sentido contrario al calor humano. Nuestro héroe tendrá que vivir a la intemperie. Durmiendo en bancos. Robando piezas de fruta, soportando la vergüenza de ser descubierto por el propietario del puesto y apresado ante la impasible mirada de los viandantes. Sufriendo el desgaste de unos zapatos rotos de tanto caminar. Torturado por el sol. Cambiando su mirada feroz y altiva por el vacío deprimente de quienes no tienen nada que llevarse a la boca. Pierre es un mendigo que camina sin rumbo por una ciudad hostil que aparta la mirada ante la presencia de aquello que no es bonito para nuestros ojos.

Esto es El signo de Leo. Un excelente tratado que refleja de forma portentosa los tejemanejes que guían la condición humana. A partir de un personaje antipático que con su bajada a los infiernos encenderá nuestra compasión. El de un niño adulto cercano a los cuarenta años con miedo a la responsabilidad. Un músico sin talento que se empeña en sobrevivir a costa de la caridad de los demás. Viviendo despilfarrando un dinero que no entra en casa. Un vago al que le aterra el trabajo. Que trata de aferrarse a una vida bohemia que no da más de sí. Descarado y egocéntrico. Que peca de soberbia (magistrales serán esos primeros minutos que nos radiografían al típico prepotente incapaz de un mínimo de auto-crítica). Alguien a quien solo se arrimaría la gente si el dinero o la fama estuviesen cerca. La película recorre en compañía de su protagonista esa caída vinculada a su nuevo estado de indigencia. Con el simple recurso de cámara en mano seguir sus pasos. Con una ausencia de diálogos que resulta fascinante. Dejando que actor y escenario (la ciudad de París) confronten sus destinos con paso pleno de hastío. Con un estilo casi documental. Gracias a la excelente personificación de un Jess Hahn quien lidera el relato con energía y sapiencia, haciendo suya la psicología de un personaje tan extravagante como complejo. Afectado por múltiples paradojas y dicotomías. No optando por la superficie, sino sumergiéndose en los abismos existenciales que infectan el alma de Pierre. Con trascendencia. Sin levedad.

Uno de los puntos fuertes del film será sin duda su ausencia de artificios impostados. A Rohmer no le interesa seguir una línea narrativa clara con un arranque, desarrollo y desenlace clásico. Tan solo pretende documentar la vida de los desplazados y desfavorecidos sin prejuicios ni emitir juicio de valor alguno. De una forma imperceptible pero inapelable, poco a poco seremos partícipes de los avatares y acontecimientos sobrellevados por Pierre. Con mucha naturalidad. Sin buscar bruscos giros ni sorpresas. Con la única arma de una cámara y un actor en estado de gracia. Y con la complicidad de París. De un París nunca visto en el cine de Rohmer. Oscuro. Muy dantesco y tenebroso. Plagado de sombras y con muy pocas luces. Más próximo al cine de terror que a un melodrama versado en los senderos del amor y el desamor. Sucio. En El signo de Leo serán la crueldad y el instinto de supervivencia los dogmas que moverán a los escasos personajes que asomarán en pantalla. Secundarios efímeros y pasajeros. Que desaparecerán con la escena en la que asoman su rostro. Tan fugaces como la propia vida o como la propia suerte.

Pues la narración se sostendrá únicamente con los pasos de Pierre, el sonido del violín que adorna la secuencia y las calles de París. Me maravillan los minutos centrales en los que la música de violín lo envuelve todo. Esos paseos de un Pierre desorientado por los bulevares bohemios. Por esas terrazas donde era él antes el que reía sin observar a los perdedores. Por esos bancos donde las jovencitas charlan de sus flirteos amorosos despreciando al foráneo que osa posarse cerca de ellas. Exhibiendo las risas de niños y madres que disfrutan de una jornada de asueto en el parque en contraste con la decadencia de un vagabundo que observa sin evidenciar ningún tipo de emoción estas escenas cotidianas de la vida en la ciudad. Por los canales, símbolo de la vida y de la muerte para impresionistas como Epstein o Gance, regados por la juventud de los enamorados dando rienda suelta a sus pasiones y anhelos. Por los mercados atestados de gente que parecen hormigas en busca de alimento. Por esos parajes nocturnos en los que no se oye ningún tipo de ruido ajeno a los pasos del protagonista, donde acecha la soledad más absoluta.

Aquí no hay hueco para el romanticismo ni los affaire extra-conyugales. La ciudad se muestra como un mastodonte de cemento y sol absolutamente inhóspita. Habitada por un enjambre de parásitos que miran para otro lado. Una urbe diseñada para fomentar la incomunicación. Una jungla desapacible y cruel. Feroz. Inhumana. Un vertedero cuyos restos ni siquiera sirven de alimento a los que nada tienen en sus bolsillos. Indigna e insuficiente para acoger a los humildes. Con esa grafía documental que empapaba los primitivos filmes neorrealistas, Rohmer logró sacar adelante una propuesta muy incómoda e inquietante. Hecho que no me extraña provocara su repulsa por parte del público francés en el momento de su estreno. Pues no es para nada grato que nos muestren nuestros defectos y miserias con tanta claridad. Pero yendo más allá. Perfilando un personaje deleznable. Desagradable inicialmente. Con el que empatizamos al verlo sufrir sin quejarse. Pero que acabará conquistado por la codicia y la ambición desmedida que califica nuestra condición humana. Olvidándose de su esencia de nuevo, cuando un giro del destino lo haga retornar del mundo de los muertos al de los muertos vivientes que esconden su mezquindad con colonias que ocultan su ruin olor. El sufrimiento en nuestras carnes de un sinfín de desgracias no servirá para nada. Aquél que es infame, lo seguirá siendo a la primera oportunidad que se presente. Pues el ser humano es sádico y cruel por naturaleza cuando los factores externos son aptos para ello. Una obra a tener muy en cuenta no solo por los fans del cine de este maestro que responde al nombre de Éric Rohmer.

Escrito por Rubén Redondo


Todo modo de amor al cine.



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