El caso Kurt Waldheim (Ruth Beckermann)

Ante el resurgimiento de los fascismos en Europa en los últimos tiempos, resultan insólitas las reacciones de sorpresa, negación o reinterpretación de símbolos y discursos de sobra conocidos como una simple expresión de descontento ciudadano. Como si después del final de la Segunda Guerra Mundial todos los que compartían las ideas de los distintos movimientos asociados al nazismo o sus aliados hubieran desaparecido o cambiado de opinión mágicamente. Ni mucho menos. Las bases ideológicas, los fundamentos políticos y el capital social que sustentaron esos regímenes en todo el continente seguían allí. Y con ellos, generación a generación, se han mantenido hasta nuestros días entre nosotros. En 1986, a dos meses de la celebración de las elecciones presidenciales austriacas, surgieron informaciones relevantes sobre uno de los candidatos. Kurt Waldheim —antiguo Secretario General de las Naciones Unidas y exministro de Exteriores de su país— habría pertenecido en su juventud a varias organizaciones nazis y en su autobiografía y antecedentes parecían omitirse datos importantes referencias a su participación en el conflicto en lugares y momentos clave relacionados con crímenes de guerra.

En El caso Kurt Waldheim (Ruth Beckermann) su directora utiliza como base grabaciones propias realizadas con videocámara durante la época, documentando las protestas y su implicación en ellas, funcionando como testigo, registro y narradora a lo largo del metraje. La estructura de la película se adhiere a lo cronológico en esas semanas previas a la primera votación como marcador de su estructura. A partir de ella profundiza en la memoria —en la propia y en la histórica— recuperando material de archivo del pasado de Waldheim durante sus anteriores funciones como cargo político e integrando el de aquellos días con declaraciones, entrevistas y actos públicos. Desde líderes políticos austríacos hasta el pueblo de a pie defienden públicamente al candidato de las acusaciones y dejan entrever una identificación colectiva con Waldheim a partir del rol asumido de víctimas. Y, como víctimas, los que se piensan únicos representantes e integrantes legítimos de la nación austríaca se creen automáticamente redimidos y exentos de cualquier responsabilidad en lo ocurrido. La negación, la omisión y la manipulación de la memoria histórica emerge de este viaje en el tiempo de forma natural a través de las mentiras cuidadosamente fabricadas desde un supuesto olvido, una increíble ignorancia de los hechos y una desvergonzada adulteración de la realidad que revela una doctrina tolerada e instigada desde las instituciones como forma de recuperar una identidad común y reunir a los votantes alrededor de sentimientos sospechosamente parecidos a los de otros tiempos.

Lo sistemático y preciso de las mentiras y alusiones del protagonista del documental en su conciso montaje bastan para percibir las perversas sutilezas y contradicciones que cargan su discurso político y el lenguaje —tanto verbal como físico— de sus intervenciones y las respuestas sobre el papel que jugó como miembro del ejército alemán. La insistencia en sacar a relucir las bajas del lado germano y las muertes de víctimas no judías durante la guerra cuando se menciona el Holocausto, la equidistancia frente a matanzas realizadas por el bando nazi entre la población civil en los Balcanes como ejército invasor, el presunto desconocimiento de las deportaciones masivas en Tesalónica… en definitiva la forma de eludir la verdad sobre si mismo expresa mucho más de lo que él cree ocultándola. Pero eso es irrelevante para gran parte de un electorado que finalmente le elegiría como máximo dirigente de su país. Algo que dice mucho de la peligrosa tolerancia y el blanqueamiento a lo largo de las décadas hacia ideologías fascistas que parecen ajenas a nuestras democracias, pero en realidad están integradas en ellas y conectadas de forma intrincada a un legado al que en muchos estados no hemos conseguido (o no nos han dejado) todavía enfrentarnos para depurar responsabilidades, señalar culpables y reconciliarnos con nuestra pesada y terrible herencia.

Escrito por Ramón Rey


Crítico y periodista cinematográfico.



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