Cate Shortland… a examen

Escribiendo recientemente sobre el nuevo film de Cate Shortland, Lore, hacía hincapié en el tiempo de gestación de los proyectos de la cineasta australiana, que si para rodar su segundo largometraje ha esperado nada más y nada menos que nueve años, para dar a luz su ópera prima estuvo siete años desarrollando la propuesta mientras dirigía cortometrajes que coparían su etapa inicial y le reportarían sus primeros galardones, destacando entre ellos Joy, su último trabajo hasta ahora en ese terreno, y Flowergirl, el segundo, por los que ganaría premios en varios festivales dedicados al cortometraje.

Somersault

Los viajes de Shortland a Sidney y Canberra inspiraron a la cineasta, que decidió realizar un film entorno al Lake George atraída por su cautivadora belleza. A su misma vez, el trabajo realizado con niños que padecían algún tipo de trastorno, en particular una muchacha con la que estaba volcada, sirvió como base para crear el personaje central, Heidi, que más tarde encarnaría una Abbie Cornish en uno de sus primeros papeles de peso demostrando la confianza depositada por la cineasta en ella, quien puso todas sus esperanzas en la actriz de New South Wales y un primerizo Sam Worthington.

Con una Shortland que no se veía a ella misma como escritora, y con la ayuda de Anthony Anderson (productor de la cinta, y de otros tantos títulos del cine de su país como el corto The Visitor o Accidents Happen), llevaron a cabo un proyecto que daría sus frutos gracias al excelente recorrido internacional de la cinta, y a la multitud de galardones que recibió la cineasta, con la que se volcó especialmente la Academia de cine australiana (o Australian Film Institute, en términos oficiales) otorgándole la friolera de 13 premios, a los que acompañarían múltiples distinciones otorgadas por la crítica.

Somersault hizo historia en su país, y para ello presentaba los mimbres de un cine en construcción pero que ya apuntaba muy buenas maneras: la principal prueba de ello residía en la cohesión de un estilo con apenas recorrido para desarrollarse, pero que en su debut ya ofrecía tanto una forma pensada y ejecutada con decisión y carácter, como la deconstrucción de un universo fílmico capaz de, a través de referencias externas, enarbolar un discurso propio cuya muestra de triunfo sería la adquisición de una continuidad todavía más definida en su siguiente película, la recién estrenada Lore.

Somersault

La historia de Heidi, una muchacha que huía de casa tras ser vista por su madre besando al novio de esta, no era más que un pequeño mosaico en el que urdir los temas centrales del cine de Shortland, poniendo en el epicentro del relato a una chica independiente, de naturaleza un tanto esquiva, y desarrollar así las bases de un personaje que parece escudarse en los cimientos de un mundo propio y particular en el cual buscar refugio debido a esa supuesta autosuficiencia que terminará transformándose en fragilidad cuando las cosas no fluyan en la dirección adecuada.

El hecho de desconocer a grandes rasgos la historia —sus relaciones, hábitos, comportamiento…— de Heidi antes de esa huida ya dice mucho entorno a las intenciones de Shortland: la edificación del personaje, pues, se inicia a través de un fragmento vital en el que prácticamente se encuentra fuera de su entorno, y donde quizá el comportamiento más inestable de Heidi sirve para dar rienda suelta a una serie de temas que envuelven un universo femenino rico en matices donde la incidencia del hombre (más visto como un elemento protector o en el que refugiarse) resulta vital para su desarrollo.

En ese sentido, la tendencia entorno a encontrar una relación afectiva que transcurra más allá del sexo (en el que parece refugiarse Heidi para escapar de esa voluble naturaleza), se antoja como un componente de importancia, hecho que se verá fortalecido en el film con la presencia de Joe, un muchacho que la acogerá durante una noche en casa y con el que entablará una relación cuya definición quedará en entredicho en el momento en que Heidi desee determinar qué es lo que hay entre ambos.

Somersault

Ese particular instante contiene quizá una de las maniobras narrativas más hábiles de Somersault, donde Shortland, pese a negar su pericia en la construcción de relatos, sabe encontrar un subterfugio en el personaje de Joe para mostrar precisamente cuan delicada es la naturaleza de Heidi, y hasta donde llega esa presunta libertad de la que parece casi alardear inconscientemente la adolescente (hecho que, además, queda reforzado gracias al poder de la imagen, que la cineasta es capaz de dominar con una sencillez aplastante —esos guantes inteligentemente unidos por una brida—).

El campo visual también sirve para componer ese particular microcosmos de Somersault, que la autora de Lore sustenta sobre una gama cromática que se define en tonos fríos, y en especial a través de un montaje muy particular, donde ya empieza a dar señas de ese estilo narrativo que en su último trabajo puliría con más fuerza y destreza, si cabe. Somersault fue, pues, la primera piedra de una carrera que si Shortland quiere mantener en pie y continuar moldeando, sólo depende de ella. Las muestras de talento donde hacer suyos relatos mucho más universales de lo que podría parecer, lograr que lo descorazonador de esas crónicas salpiquen la pantalla casi sin quererlo, y hacer que actores sin apenas trayectoria rayen un nivel sobresaliente, ya están, desde luego, a la vista de todos.

Somersault

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