20th Century Women (Mike Mills)

Comentábamos en nuestro texto de presentación del D’A que uno de los fenómenos que suceden actualmente en el mundo del cine de autor está la transferencia, el pisar bordes con respecto a lo que se considera comúnmente el cine comercial. Sea por el interés cada vez mayor del público o precisamente para despertarlo este cine de frontera (por llamarlo de alguna manera) cada vez copa más espacios en la producción cinematográfico.

Es por ello que no sorprende que el nuevo film de Mike Mills se presente al D’A, entre otras cosas porque denota una conciencia de que el fenómeno comentado ocurre y cómo tal hay que darle expresión, voz, oportunidades. Ciertamente 20th Century Women viene a ser ejemplo paradigmático, nominada a grandes premios (Oscars incluidos), factura de lujo pero cuidando la sensibilidad autoral a través de su contenido y su reparto.

Efectivamente estamos ante un film híbrido que hace de la cuidada estética y la sensibilidad en el discurso sus mejores armas amén de un elenco perfectamente cuidado que cumple más que de sobra con su cometido. Y es que nos encontramos frente a una reivindicación de la feminidad en diversas vertientes y generaciones que nada tiene que ver con tópicos ni radicalismos maniqueos y sí con la intención de arrancar un trozo de las vidas de los protagonistas y someterlos a exposición pública desde una distancia lo suficientemente prudencial como para que la cámara del director no se pronuncie en demasía.

Si bien es cierto que el cariño por todos ellos se filtra inconteniblemente, ello no impide que en la muestra aparezcan defectos y contradicciones. No se trata pues de una película manifiesto donde se grita la ideología en cada fotograma sino que esta fluye naturalmente dejando al espectador la capacidad o no de empatizar con ella. Sí, quizás la palabra más adecuada para el film sea fluir, ya que a falta de un argumento con estructura clásica lo más importante es cómo ese pedazo de vida(s) permite hacer de una parte el todo.

No en vano el film se sitúa en una época de cambio donde la pronta llegada de la administración Reagan barrería de un plumazo años de idealismo y de lucha ya no tanto por la igualdad, sino por la libertad de ser uno mismo, de romper esquemas si eso es lo que le apetece a uno. Sexualidad, trabajo, descubrimiento del amor, temas conocidos que aquí se presentan bajo un foco brillante que no tiñe de falsa felicidad sino que ayuda vislumbrar cada detalle, cada contradicción.

Esta es pues una película de personajes fuertes, que no invulnerables, en continuo proceso de aprendizaje. De vidas que se entrelazan, chocan y se retroalimentan unas de otras. Un film que pone en la voz en off y en las descripciones de las vidas de cada uno el marco contextual necesario para que cada acción posterior, acertada o no, no resulte incoherente sino más bien creador de empatía. Nada pues resulta empalagoso (aunque por momentos algo reiterativo en el dibujo) ni con pretensión de ofrecer mensajes de trascendencia vital. Si acaso solo una muestra de historia mínima que no pequeña merecedora de ser contada como cualquier otra. Una mirada que demuestra que la épica está en la lucha cotidiana, en el día a día, en el pequeño disgusto, en la modesta alegría.



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