Yanco (Servando González)

Si existe un cineasta controvertido en nuestro México lindo y querido ese es sin duda Servando González. Autor poseedor de una gran pericia tanto técnica como narrativa, su escasa filmografía puede considerarse como un compendio de ese cine racial, poderoso y terriblemente enérgico inherente a la idiosincrasia del pueblo mexicano. No, no son por ello los obstáculos técnicos los hechos que convirtieron a González en un director repudiado por sus compañeros de profesión y por una buena parte de la esfera cultural mexicana. Los sucesos que provocaron este destierro afectivo tienen que ver con los tristes acontecimientos que tuvieron lugar el 2 de octubre de 1968 durante la revuelta estudiantil convocada en la Plaza de Tlatelolco. Eran tiempos convulsos, ideales por tanto para la crítica y la contestación frente a las injusticias gubernamentales que estaban teniendo lugar en México. Un grupo de estudiantes decidieron congregar una protesta en Tlatelolco con el fin de reivindicar un gobierno más democrático y participativo. Pero el Gobierno mexicano no estaba dispuesto a conceder ninguna prerrogativa. De este modo, la administración mexicana decidió contratar a los mejores técnicos de los míticos estudios Churubusco para rodar una masacre que quedó grabada en la memoria de aquellos que la vivieron, pero enterrada en la de las nuevas generaciones de mexicanos. Al frente del equipo de rodaje, el secretario de gobernación Luis Echeverría colocó a un hombre de su total confianza: Servando González, un autor de los denominados independientes del cine mexicano, pero que siempre estuvo al lado de los poderosos, merced a su experiencia en sus primeros años de trabajo en el mundillo cinematográfico rodando documentales de viajes del presidente y sus ministros a diferentes parajes del país azteca. Toda esta oscura y terrible historia, incluida la pérdida de los rollos que daban fe de la matanza estudiantil a manos del ejército en un misterioso incendio que destruyó a principios de los ochenta la filmoteca mexicana y el descarado silencio cómplice que guardó durante toda su vida Servando González, fueron reflejados de manera muy instructiva y convincente en el documental Los rollos perdidos de Gibrán Bazán, pieza que recomiendo absolutamente a nuestros lectores.

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Pero el objetivo de esta crítica no es la de perfilar al autor de la obra que vamos a reseñar. Sino que la humilde meta que me marco es exponer en pocas líneas la admiración que siento hacia una de las mayores obras maestras no solo del cine mexicano, sino mundial. Y es que podemos catalogar a Yanco, ópera prima en el largometraje de Servando González y cinta que puso nombre a la productora propiedad del propio cineasta, como una de esas joyas que no dejan indiferente en virtud de su poético lenguaje cinematográfico fundado en una desgarradora y humanista historia localizada en los hipnóticos y salvajes paisajes —que por desgracia fueron devorados por el progreso y la modernización— de Xochimilco. Porque Yanco, es una de esas cintas que personifica esa magia del cine narrado únicamente a través del poder de la imagen, puesto que aunque la cinta contiene algunos diálogos en la lengua indígena Náhuatl y en castellano, serán las potentes imágenes captadas por González y la narrativa exclusivamente corporal y gestual de los actores y encuadres la vía elegida para contar una historia aparentemente sencilla, pero intelectualmente abstracta. En este sentido, la película es un portento de irradiación de señales puramente sensitivas, al estilo del añorado cine silente soviético, haciendo pues suyos los dogmas del silencio y la perspectiva sensual del cine, punto que emparenta el film con los mejores trabajos de Franco Piavoli o Andrei Tarkovski.

Yanco es sobre todo un poema, no solo debido al hecho de estar basado en un cuento del polaco Henryk Sienkiewicz, sino porque Servando González renunció a construir un melodrama indigenista convencional con el tono del pretérito melodrama producido en los años cuarenta en el país norteamericano de la mano de cineastas de la envergadura de Emilio Fernández o Alejandro Galindo, para apostar por cincelar una obra divergente de estilo marcadamente europeo —resulta evidente la influencia soviética en el envoltorio visual del film— que a partir de una epopeya de atmósfera indigenista y de alumbramiento de la madurez, terminará cristalizando en una triste y pesimista fábula acerca de la muerte e igualmente del carácter bestial, irracional y contrario a todo símbolo de sensibilidad que ostenta el ser humano.

El arranque del film es sencillamente espectacular, abriendo González su obra con una increíble demostración de dominio de la técnica de montaje, exhibiendo en unos primerísimos planos del rostro de nuestro héroe protagonista entremezclados con las tomas de un campanario, las ruedas de un carruaje y los golpes de martillo de un herrero una apertura digna del mejor Aleksandr Dovzhenko. Sin diálogos, empleando únicamente los duros sonidos ambientales, González perfilará el talante de Juanito, un niño indígena tenedor de una sensibilidad especial, hecho que lo ha convertido en un bicho raro para los demás chavales del pueblo, unos infantes más interesados en las travesuras propias de la infancia y en verter toda su crueldad contra un Juanito que se sentirá diferente merced a su amor hacia la belleza y el arte.

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En estas primeras escenas, González plasmará la soledad de Juanito, filmando al niño mientras rema en soledad en una vieja barca de madera dejando que la corriente le arrastre en medio del silencio del campo y jugando con sus únicos amigos: un bello pajarillo, las carpas que nadan en el río y un sapo que Juanito trata de hipnotizar tocando su destartalado y viejo violín artesanal. Pero la felicidad del niño desaparecerá en el momento que su buscada soledad debe hacer frente al tumulto y bullicio presente en el pueblo, obstáculo que el pequeño debe superar cada vez que acude al encuentro de su madre en el mercadillo de la localidad. De este modo, con motivo del deseo de su madre de fotografiar a Juanito a imagen y semejanza de una vieja foto de su marido fallecido vestido de revolucionario, el niño conocerá a un viejo sordomudo que trata de ganarse la vida con las limosnas que la gente le deja para premiar su virtuosismo tocando el violín.

Así, Juanito sentirá una fascinación instantánea hacia el viejo violinista, al que observará como a ese amigo inexistente entre los infantes de su edad. Ello empujará a Juanito a seguir al viejo músico hasta su apartada casa sita en la mitad del bosque y a entablar con él una bonita y sincera amistad fundada en el amor a la música.

El viejo instruirá al pequeño en el oficio de tocar el violín, un bello y misterioso instrumento que tiene marcado en su cuerpo el nombre de Yanco. Los días pasan y el cariño entre estos dos seres marginados empezará a crecer a medida que Juanito se instruye en el arte del violín de la mano de su animoso y silencioso mentor. Sin embargo, la madre de Juanito contraerá una repentina enfermedad que obligará a éste a dejar las clases vespertinas para concentrarse en el cuidado de su progenitora.

Pero la desgracia se cebará con el chiquillo, puesto que durante la convalecencia de su madre, el viejo maestro sordomudo morirá dejando huérfano de cariño y enseñanza al avispado Juanito. Este hecho sumirá al pequeño en un estado de tristeza que únicamente será apaciguada en el instante que nuestro héroe descubre que el violín propiedad de su amigo y maestro ha sido adquirido por un posadero español. De este modo, Juanito arribará todas las noches a la tienda regentada por el tendero hispano para usurpar el violín y tocarlo en un pequeño promontorio a las afueras del pueblo. Las melancólicas melodías generadas por Juanito durante las noches, generará un estado de miedo y turbación entre los supersticiosos lugareños, temerosos que esa misteriosa música que suena todas las noches sea obra de un ente espectral y desconocido que usurpa el violín de la tienda del pueblo durante las jornadas nocturnas. Pero durante el día de los muertos, una desgraciada encrucijada acarreará que Juanito culmine su feliz composición musical de una forma tan poética como perturbadora. La superstición de los hombres aniquilará la belleza e inspiración emanada por el arte más puro: el creado desde la inocencia e ilusión de un niño.

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Yanco se eleva como un prodigio de técnica cinematográfica que nada tiene que envidiar a las obras más conocidas del cine de arte y ensayo. A pesar de contar con cierto tono nacionalista típico del cine mexicano enraizado en la contemplación de los usos y costumbres rurales —no puedo dejar de mencionar el cierto paralelismo existente entre esta obra y la maravillosa película de episodios Raíces de Benito Alazraki—, punto que podría suponer un obstáculo para un cinéfilo no acostumbrado a visualizar los hábitos propios de la nación azteca, ello no es óbice para que Yanco se encumbre como uno de los más hermosos y nostálgicos poemas cinematográficos jamás realizados.

En primer lugar cabe destacar el ya mencionado magnético disfraz visual del film, merced a la localización de los escenarios de la obra en los agrestes e indómitos parajes de Xochimilco. Servando González adquiere el rostro de un pintor de cámara, dibujando pues una prosa que avanza mediante gestos y conceptos puramente cinematográficos, despojando de diálogos el molde de la escultura para cincelar emoción desde una óptica estrictamente visual. Igualmente, la película adopta la forma de un cuento moral que trata de demostrar la soledad del artista, ese ingenuo idealista condenado a malvivir de su genialidad frente al éxito colectivo de la rutina y el trabajo jornalero, es decir, el arte solo puede ser aspirado desde la mirada desprovista de maldad y madurez de un niño que persigue sus sueños por irrealizables que estos sean. Finalmente, el punto que más me fascina de esta obra maestra es su total ausencia de pretensiones y petulancia. Al contrario, González optó por la sencillez y la ausencia de artificios para acuñar una cinta divergente y muy conmovedora, donde la sensibilidad brota a través de las miradas y las situaciones desprendiéndose de la falsedad que otorga la palabra. Porque esos cinco minutos finales se han quedado marcados en mi memoria cinéfila seguramente que por muchos años, un hecho que denota mi amor por una de esas piezas que incomprensiblemente han quedado relegadas a un injusto olvido.

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5 Comments

  1. Alex wrote:

    Hola. Me gustaría saber si tienes los datos de dónde y cuándo se grabó «El escapulario». de Servando Rodríguez. Principalmente necesito saber de las locaciones de grabación. Saludos, muy buena página =)

  2. Antonio Rosas wrote:

    Ojalá pudiera ver esta película proyectarse y celebrarse en la cineteca nacional. Si algún día la tenemos allí, me gustaría saberlo.¡ Es una obra de arte!

  3. Susana Moctezuma wrote:

    Excelente análisis de la película. Sólo quería mencionarte que el anciano maestro no es sordomudo.