Working Woman (Michal Aviad)

Michal Aviad describe la rutina diaria de su protagonista Orna (interpretada por Liron Ben-Shlush) en una concatenación de escenas entre su vida personal y su nueva incursión profesional en una promotora inmobiliaria. Working Woman (2018) se construye de esta manera sobre la experiencia cotidiana de una mujer israelí casada y con tres hijos, cuyo marido tiene problemas para sacar adelante su propio negocio y proveer para la familia. En un primer momento, a través de las dificultades para conciliar ambos contextos: los que corresponden a mantener los cuidados de facetas importantes de su hogar mientras aguanta largas jornadas de trabajo y horarios imposibles. Todo sea por el importante nivel de ingresos que puede procurarse ayudando a vender apartamentos de lujo a una clientela de clase alta. Poco a poco la incómoda presencia de su jefe y empleador Benny (Menashe Noy) comienza a tomar un peso significativo en las secuencias mientras se suceden sus avances sexuales y comportamientos inapropiados, cada vez de mayor intensidad. La mirada de la directora parece mantenerse a cierta distancia de su protagonista, a pesar de que busque un realismo psicológico en la narración y sean sus respuestas emocionales la única guía para el espectador sobre la progresión dramática que propone —que se desvela claramente deficiente según avanza el metraje—.

Planos largos y una cámara en mano proveen de la intencionalidad de una estética naturalista, que sin embargo se transgrede constantemente con la edición de la continuidad de los diálogos. La propuesta escénica de Aviad acaba ahogada ante la imposibilidad de combinar adecuadamente su propio interés melodramático con la distante aproximación a los personajes. La cámara acaba apartada, observando la acción desde laterales impuestos por el interior arquitectónico de las localizaciones. Nunca se sigue lo que ocurre lo suficientemente cerca como para implicarse emocionalmente, jugar con el subtexto de las secuencias o exponer la tensión que da por sentada en la dinámica de la protagonista con su acosador. Contrasta notablemente esta subyugación formal del film ante los espacios —de los que nunca consigue apropiarse, ni siquiera en exteriores— con su insistente búsqueda del primer plano o el seguimiento subjetivo en tercera persona que pretende en su tramo final. Este terreno funcional de su aspecto visual que desactiva el interés por la víctima de una violencia recurrente y de bajo perfil, que pasa inadvertida, se camufla, se justifica o se asume como el precio a pagar por formar parte de una sociedad injusta por naturaleza, tiene en su inesperada y aséptica crudeza un poderoso instrumento en su desarrollo discursivo.

El relato parte de una especificidad tan universal y cercana, que a pesar de la literalidad de su desarrollo y falta de ambigüedad —de lo obvio y lineal que resulta—, se encuentra constantemente descubriendo instantes perturbadores escondidos a plena vista. Más perturbadores todavía por la normalización de los comportamientos que retrata, por la ausencia de códigos que permitan anticiparlos o identificarlos, por la violación de la confianza y la devaluación sistemática de las mujeres que supone no sólo como trabajadoras sino como personas. Y sobre todo esto la falta de comprensión de los seres queridos o el estigma asociado a la víctima de estos delitos, cuestionada y responsabilizada de los abusos experimentados y cometidos por otros aprovechando su posición de poder y credibilidad. La directora enuncia la posibilidad de reapropiarse de esa dignidad arrebatada obligando al culpable a restituirla públicamente, forzando los límites de la propia presión social y el escrutinio público como arma. Esto puede parecer un minúsculo consuelo ante la ausencia de justicia. Sin embargo, en una sociedad israelí de profundas raíces religiosas conservadoras y patriarcales, un pequeño logro contra esta estructura de opresión permite pensar en la promesa de un futuro mejor a través de la optimista y discreta sonrisa de su protagonista.