Werewolf (Ashley McKenzie)

En Solo se vive una vez, Joan y Eddie ya sufrieron su propia fatalidad al final de los años treinta, después de crímenes, accidentes, y persecuciones. Bowie y Keechie huían también, acosados por un asesinato que no habían cometido, enamorados hasta ser solo Los amantes de la noche. En los años cincuenta, Bart y Annie recorrían el estado en coche, atracando bancos, poseídos por El demonio de las armas. Kit y Holly deambulan como víctimas existenciales por Malas tierras, después de un terrible suceso. Bob, un Drugstore Cowboy, junto a su mujer Dianne y otros amigos, revientan los setenta con hurtos en farmacias, para colocarse en su viaje definitivo. Ellos son los antepasados, las pistas o actitudes que se disuelven, mientras Blaise y Nessa esperan su próxima dosis de metadona.

Todo en Werewolf permanece latente bajo una superficie visual que se mantiene fría, descompensada, nerviosa y enigmática en su fragmentación de la mirada. Los jóvenes protagonistas padecen un síndrome de abstinencia que los desubica constantemente de su entorno. Un mono que saciarán, a duras penas, por las visitas que hacen al centro que les proporciona las dosis de metadona. Ashley McKenzie debuta como director de largometrajes con un drama que triunfa en su cometido. Huye de facilidades argumentales. Tampoco retrata a unos protagonistas simpáticos ni capaces de lograr la empatía del espectador, aunque sean veinteañeros y atractivos —por suerte— de una belleza directa, natural. El poder y la perdición de Blaise lo motivan sus palabras fútiles, falsas. La fuerza de Vanessa se cimenta en su esfuerzo, su voluntad y su mirada. La rabia salvaje del chico decrece, mientras que la joven se transforma como una loba que resurge, afilando las garras para usar su experiencia y energía cuando vayan a ser necesarias.

La película es la crónica que ya hemos visto en muchas ocasiones desde el cine clásico de Hollywood, pasando por la Nouvelle vague, posteriormente otras cinematografías emergentes y que muta en el año 2016, sin exagerar el romanticismo en ese amor que parece unir la dependencia de los protagonistas. Ni tampoco condenarlos por su actitud de supervivencia, hurtos y ganas de continuar en el hoyo.

El director no necesita más de ochenta minutos con un tempo acorde a las vivencias de los personajes, pero sostenido en pantalla para mantener el interés del público. Con el obstáculo que supone la repulsión ante una forma de vida febril, inconstante y decadente de Blaise, lo más opuesto a un ejemplo a seguir. Por contraste se produce un pequeño milagro con la evolución de Nessa, su novia, consciente, tal vez ilusionada, nunca débil a pesar de su apariencia frágil.

La cámara sigue a los personajes desgajando sus cuerpos, gestos, miradas y diálogos. Descompone un puzle visual de los rostros y anatomías, que nos conduce por sus mentes sin necesidad de una voz en off, explicaciones o flashbacks. Un metraje que se sustenta por la narración lineal, casi con cierto costumbrismo cómico al inicio. Para desarrollar el melodrama clásico y fatalista que conecta con los clásicos comentados anteriormente.

El lobo aúlla como esa metáfora de la bestia que surge por la abstinencia que les crea la droga. Además del animal que se refleja desde la calle en las ventanas. O que, por el contrario, espera agazapado detrás de los cristales. Como la oportunidad de Nessa de ser libre de nuevo, sin tener que volver la vista atrás, sin preocuparse por alguien que no quiere la redención ni la vida. Los sonidos, la música que flota en el aire, los planos detalle de su nuca femenina, con el pelo recogido. Una visión que se adapta con el presupuesto y el ritmo que requiere la historia. Una cámara que regatea la tentación emocional de salvar a los personajes, porque por sí mismos, son seres vivos. Dos caras de una moneda con entidad suficiente para elegir su camino.