El pagador de promesas (Anselmo Duarte)

El pagador de promesas es por el momento la única película brasileña que ha logrado alzarse con la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Con un cine tan rico en belleza y poesía como el realizado en el país sudamericano —sobre todo en los años sesenta con representantes tan extraordinarios como Glauber Rocha o Nelson Pereira Dos Santos— este hecho me llamó poderosamente la atención, y fue por tanto el interesado y reconozco que materialista motivo que me llevó a querer ver la película. Nunca he sido muy amigo de los Festivales ya que mi percepción personal es que gran parte de las cintas galardonadas con los grandes premios en estos eventos suelen ser películas pedantes y pretenciosas (en el sentido peyorativo del término), por lo que mis expectativas acerca de la emoción que me iba a provocar esta película brasileña eran más bien bajas. Nada más lejos de la realidad, porque El pagador de promesas es una película impactante, metafórica, cruda, salvaje y exótica. Una obra maestra del Cinema Novo brasileño digna ganadora del premio otorgado en el denominado Festival de Festivales. Un film singular como pocos dotado de una atmósfera puramente brasileña en la que la festividad y alegría mundana venida de tierras africanas se da la mano con total naturalidad con la religiosidad más profunda llevada a aquellas tierras por los conquistadores europeos españoles y portugueses lo cual es retratado de manera espléndida a través del dibujo de una sociedad esquizofrénica carente de raíces autóctonas en la que los arrabaleros y conspiradores (tanto paganos como representantes religiosos) tergiversan la libertad, la verdad y la bondad que brota del alma humana limpia de vicios y corrupciones.

La cinta desde su primer plano señala la dualidad existente en la sociedad brasileña, de modo que la primera secuencia muestra a unos gozosos afro-brasileños festejando un alegre baile. Esta primera escena da paso a la siguiente, radicalmente distinta, en la que se distingue a un sufrido campesino (llamado Zé) que camina a través de las vías rurales del Brasil profundo acompañado por su mujer (Rosa) cargando sobre sus hombros una pesada cruz de madera. La potencia de las imágenes del Vía Crucis llevado a cabo por Zé (de importante carga simbólica), el cual es adornado por los inquietantes parajes que recorre nuestro singular héroe, consigue que los fotogramas vertidos en pantalla queden impregnados en la retina del espectador. En estos diez primeros minutos en los que únicamente observamos al pobre campesino cargar con la cruz en silencio ante la mirada atónita e incrédula de los viandantes, desconoceremos cual es el motivo que ha llevado a Zé a efectuar un acto tan inverosímil como el perpetrado.

El recorrido llevado a cabo con la cruz a cuestas parece culminar cuando la pareja arriba de madrugada a la Iglesia de Santa Bárbara sita en el centro de la ciudad de Salvador de Bahía. La intención de Zé es ofrendar la cruz a Santa Bárbara para así poder cumplir la promesa que juró satisfacer a la Santa en contra-prestación por la encomienda otorgada. La promesa consiste en cargar una cruz desde el pueblo de origen de Zé hasta la iglesia en la que se resguarda la imagen de la Santa, así como la división de las tierras propiedad del cultivador para repartirlas en partes iguales entre los campesinos de su aldea natal. Por las palabras del humilde y confiado campesino todo hace suponer que la petición efectuada a la Santa está ligada con la salvación de un familiar o de una cosecha que parecía perdida. Sin embargo, la prenda solicitada por Zé no es otra que la salvación de su más fiel amigo:  su burro.

La súbita aparición de Zé en la ciudad da lugar al advenimiento entorno al pagador de promesas de una serie de personajes de diversa calaña que tratan de aprovechar en su propio beneficio la presencia de este misterioso personaje que ha trastocado la aquiescencia cotidiana del devenir de la urbe. Así conoceremos a Bonito, un ex-policía reconvertido en codicioso proxeneta que seduce a Rosa con la intención de atraer a la ambiciosa dama hacia sus redes y negocios. Igualmente conoceremos al cura regente de la Iglesia de Santa Bárbara, un prelado que se rige por la doctrina más tradicional de la jerarquía católica el cual considera un sacrilegio el acto ejecutado por Zé al que acusa de agitador. Estos personajes con mayor presencia en la sinopsis, son apoyados por una serie de maravillosos secundarios que aportan en todo momento su grano de arena para incendiar la historia con pequeñas metáforas filosóficas. Estos son el usurero y avaro dueño del bar sito en la Plaza de la Iglesia (de origen español), un escritor fracasado que busca una historia con la que poder colmar de prosa las páginas vacías de su próxima obra, un periodista mezquino y sensacionalista que trata de falsear la realidad para escandalizar a la sociedad y vender periódicos con ello, un grupo de capoeira que se suma a la fiesta que contempla a Zé como una especie de líder revolucionario en favor de la Reforma Agraria y por último los adoradores de la religión pagana de origen africano llamada Candomblé que advierten que la promesa llevada a cabo por Zé ha podido ser consumada gracias a la mediación de una sacerdotisa de esta religión en su localidad de origen y por tanto del mismo modo tratarán de emplear este hecho en su favor.

La cinta posee una elevada carga humanista y moral. Podríamos comparar el guión de El pagador de historias con las vivencias experimentadas por Jesucristo previas a su captura en el huerto de Getsemaní. De este modo Zé representaría el papel del humilde y bondadoso campesino, que ha sido capaz de renunciar a sus tierras y riqueza repartiéndolas entre los pobres y desheredados tras ver cumplir su petición y cuyas motivaciones son incomprendidas por el resto de la población, de modo que sus profundas creencias religiosas son arrolladas por las fuerzas vivas de la sociedad representadas en la película por la propia jerarquía eclesiástica, la cual está más preocupada en mantener sus privilegios y salvaguardar sus compromisos políticos que en promover la moral y la justicia social. Otro estamento inmoral viene representado por la prensa amarillista a la cual la verdad le importa menos que un saco de piedras. Los ciudadanos de Salvador de Bahía con los que Zé se relaciona son dibujados como entes despreciables, interesados y viciosos, movidos por el dinero y la oportunidad efímera de alcanzar cierta fama.  Anselmo Duarte deshecha cualquier tipo de exhibición virtuosa o solidaria, mostrando a un ciudad que parece una especie de Sodoma y Gomorra moderna que devora los sencillos propósitos del sacrificado y generoso Zé.

La cinta refleja la intransigencia que brota no solo de las esferas institucionales, sino de la propia condición humana. Ningún habitante de Salvador de Bahía se ofrece a ayudar, ni siquiera a escuchar  ni comprender las razones que motivaron a Zé a cumplir su promesa.  El hecho de que Zé adolezca de deseos de fama o dinero choca con la doctrina que mayoritariamente alimenta el  alma humana: el fanatismo, la intolerancia, la avaricia y el odio. Por tanto El pagador de promesas versa en tono de poesía social sobre las inconfundibles peculiaridades que esculpen a los seres humanos. Un punto a favor de la cinta viene dado por la ausencia de un lenguaje aleccionador y partidista para mostrar las cualidades anteriormente mencionadas.  Duarte opta por emplear un estilo narrativo próximo al neorrealismo iberoamericano, gracias a la abundancia de planos rodados en exteriores y a la presencia de actores no profesionales que interactúan con los protagonistas (magníficas e hipnóticas son las escenas de danzas capoeiras que plagan el metraje). La fotografía en blanco y negro, la ausencia de maquillaje y el salvajismo de ciertas escenas (impactante es la secuencia que pone fin a la película) logran trasladar a la mente del espectador un halo de realismo dentro de la irrealidad de la historia ciertamente sugerente.

Película adelantada a su época que lanza una visión progresista y pesimista sobre la esencia humana adoptando los fundamentos de la Teoría de la Liberación que salió a la luz precisamente a principios de los años sesenta tras el Concilio Vaticano II. Destaca extremadamente la belleza racial de las imágenes que brotan en cada fotograma, las cuales sirven para exponer la riqueza cultural, religiosa y étnica de un gran país dual en todos los sentidos, que en los años sesenta fue capaz de esculpir alguna de las más bellas películas de la historia del cine. Obrigado por seu cinema.

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