Viaje a Surtsey (Javier Asenjo, Miguel Ángel Pérez)

Aún inmersos en una lacerante crisis económica internacional, sin contar lo que nos queda, el cine o la industria cinematográfica, para ser más exactos, es consciente de que la solución a estas limitaciones no es dejar de hacer películas, sino tratar de preservar los valores que definen al séptimo arte con menores inversiones y presupuestos más ajustados. En definitiva, una crisis económica no es excusa para justificar una crisis creativa o artística. La primera depende de coyunturas políticas y legislaciones; la segunda depende del talento que sea capaz de demostrarse por parte de los profesionales que sostienen el entretenimiento audiovisual en este país.

Viaje a Surtsey parece caer en este saco roto de indiferencia y rebeldía. Un producto que responde al refrán arquetípico de “películas baratas que acaban saliendo caras”. Durante todo el metraje se perciben lacras y limitaciones artísticas mucho más insalvables que el consabido problema financiero que arrastran la mayor parte de los cineastas. De hecho, un cinéfilo ducho es capaz de percibir y valorar que, en algunas películas, el ajustado presupuesto supone su gran aliciente y su baza a favor sobre el material que está presentando. Pero insisto: en este debut de Javier Asenjo y Miguel Ángel Pérez las cavilaciones sobre el presupuesto tratado serían una mera anécdota comparada con la alarmante e insultante carencias de ideas, seriedad y rigor profesional.

Imagen-relacionada-MDSTRA201309160007_MDSIMA20130916_0559_42

Más allá de su estilo de planificación amateur, frecuente en los primeros cortometrajes de los jóvenes universitarios al principio de la carrera, esta película aúna un rechazo de todos aquellos elementos que un cinéfilo purista espera encontrar en un producto decente: un estimulante diseño de sonido, un hábil trabajo de cámara y un montaje sensitivo ajustado.

Su dirección de fotografía, en concreto la iluminación en interiores, me hace creer que el responsable jamás ha cogido un libro sobre la teoría de su función para hacer un trabajo digno. La disposición de cámara y su elección de planos responde a la más absoluta arbitrariedad y espontaneidad, sin ningún respeto hacia el poético tratamiento de la coherencia jerárquica y el estímulo de las emociones en base a un encuadre.
Todo ello atropellado, confuso, injustificado, al igual que la zafia gratuidad de su guión y de los personajes a los que da protagonismo.

Tenemos un paisaje natural, depresiones montañosas, bellos exteriores y un viaje de evasión, ingredientes que resulta casi imposible saber cómo han podido ser tan desaprovechados. Olvídense de una aventura de expiación, de una búsqueda de redención de la vida y la ciudad, de una reflexión alegórica sobre la lucha entre el hombre y la naturaleza. Olvídense, en definitiva, de cualquier cosa que plantee un sentimiento profundo o elevado.

20362930.jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxx

Nuestros protagonistas son personas vulgares y chabacanas cuyas intervenciones verbales solo causan desagrado, estupor y hastío. Decían sus directores que esos personajes estaban creados de tal forma que, incluso en altos picos de montaña alejados de la civilización, el espectador podía identificarse con ellos. Francamente, me cuesta creer que cualquier espectador con dos dedos de frente pueda identificarse con unas creaciones tan vulgares y carentes de interés en su escasa o nula lucha dramática interna. Con la excepción de la aparición del célebre actor de doblaje Pep Antón Muñoz, una delicia de ver y escuchar.

La narrativa del film se desarrolla a través de impulsos y espasmos intentando soterrar, a través de los chistes baratos y las carcajadas incesantes, su plano devenir de acontecimientos, sin altibajos, sin puntos de giro, sin efectos de impacto que cabalguen o transiten hacia algo donde se vea un respeto por la teoría del guión cinematográfico. Esto se une a su montaje arrítmico, distópico e igualmente arbitrario, donde cuesta encontrar una sola secuencia en la que se denote un tratamiento del ritmo interno del relato, o una igualdad entre el movimiento del montaje con el movimiento interno del plano.

surtsey2

Pasada la primera hora de película y sumido desde hacia tiempo en el tedio y la indiferencia (éramos 12 personas en el preestreno y ya nadie miraba a la pantalla), a uno le queda la sensación de que Viaje a Surtsey es una película que responde al interés de unos amigos aficionados por reunirse con otros amigos, hacer algo para pasarlo bien y, si se tercia, compartir esos ratos de bufonesca e insustancial camaradería en una sala de cine donde algún iluso desprevenido vaya y espere ver algo interesante.

Para poner la guinda al pastel, es rondando los 80 minutos de metraje cuando podemos disfrutar del plano más rescatable de la película: un travelling aéreo giratorio sobre la cima de la montaña a la que los protagonistas les ha costado tanto llegar. Un recurso visual que el señor Roland Emmerich repetía cada 10 minutos, o menos, en 10.000 B. C. para tratar de ocultar su emergente inanidad narrativa.

Una película que nos presenta una escalada sin emoción, un viaje sin sorpresas y una película sin rigor está muy lejos de ser el estímulo o la solución a la crisis tan galopante que, a veces, se cuela por una sala de cine. La creativa, no la económica.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *