Variola Vera (Goran Markovic)

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Variola Vera es una de las películas más inquietantes y terroríficas que jamás se han filmado. Pocas películas del cine europeo ostentan una atmósfera tan absorbente y turbadora como la que exhibe con amenazadora elegancia este clásico del cine yugoslavo.Y sin embargo no se trata de una película adscrita al cien por cien en el universo del cine de terror, sino lo que es más llamativo, la cinta versa sobre un hecho real que aconteció a principios de los años setenta en Belgrado. El caso descrito en la cinta es nada más y nada menos que un brote de viruela que tuvo lugar en la antigua Yugoslavia provocado por un residente kosovar musulmán que tras acudir a una peregrinación religiosa en el próximo oriente se infectó del virus causando el pánico entre los residentes y pacientes del hospital de Belgrado al cual acudió a tratarse de su misteriosa dolencia, así como en el resto de la sociedad y autoridades políticas yugoslavas, las cuales no supieron reaccionar ante un acontecimiento espontáneo supuestamente erradicado y que por tanto no tenían programado en sus rígidas y alienantes agendas.

Este hecho y la posterior cuarentena a la que se vio sometido el hospital que albergaba al doliente es la base que aprovecha el cineasta serbio Goran Markovic para esgrimir una claustrofóbica e incisiva metáfora crítica contra el sistema político imperante en la Yugoslavia de la época, en la cual se ridiculiza la excesiva burocracia vigente en las altas esferas del Estado, la corrupción política existente en todos los ámbitos de la sociedad, los intentos de ocultación de información y engaños manejados por los dirigentes, así como la carencia de humanidad y piedad presente en el ser humano cuando éste ve peligrar seriamente su propia existencia. Markovic refleja de forma muy inteligente como el miedo, la falta de solidaridad y la maldad se propaga con mayor velocidad que la propia epidemia de viruela entre los residentes del hospital, sirviendo este micro-cosmos hospitalario como un pequeño hábitat en el que salen a la luz las deformidades y enfermedades de la sociedad preponderantes en aquella era. El sistema es una enfermedad más peligrosa si cabe que la propia viruela.

Goran Markovic es uno de los directores más interesantes y provocadores surgidos del cine yugoslavo de los setenta. Su cine, siempre entretenido e interesante, posee una profunda carga crítica e inconformista inmersa en historias a priori vinculadas al cine escapista. Especialmente acertada es la alegoría nada disimulada lanzada a través del personaje del operario que trata de arreglar una avería abierta en el hospital y cuyos intentos por reparar la incidencia sufren la rigurosidad burocrática del sistema estatal, de modo que la aparente estabilidad del centro médico es en realidad intensamente inestable, acabando en el caos total en el momento en el que aflora la enfermedad. Del mismo modo que en otra de sus cintas más míticas, Deja Vu, Markovic refunda y reconstruye con Variola Vera los cimientos del thriller y el cine de terror acometiendo con un turbador y sucio realismo la compleja tarea de horrorizar al espectador con imágenes que parecen salidas de una sudorosa y desconcertante pesadilla. Porque lo que más me acongoja de esta pedazo de película es sin duda su ofuscante realismo fantasmal.

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Así, ya la primera secuencia, adornada con una banda sonora en la que retumba una escalofriante melodía a ritmo de flauta, nos muestra con un cosmos muy oscuro e irreal como un peregrino kosovar de viaje en Oriente al hallarse fascinado por la melodía que toca un indigente decide comprar la flauta de la cual brotan los acordes que le han hipnotizado. Sin embargo en la transacción comercial efectuada el kosovar no detecta que el músico presenta en su cara unas terroríficas bubas que deforman su rostro con el sabor de la muerte roja. De regreso en Yugoslavia y contagiado de viruela el enfermo acudirá a un hospital de Belgrado a tratarse, desencadenando el pánico entre los enfermos y los propios médicos que temen infectarse del virus. El hospital será puesto en cuarentena a la vez que científicos y médicos especialistas en enfermedades infecciosas tratarán de buscar la mejor solución para evitar que la pandemia se propague por el país y por el resto del continente europeo.

Especialmente acertado es el retrato de los médicos que lleva a cabo Markovic, retrato en el que fácilmente podemos atisbar los distintos perfiles que moraban en la sociedad. Las enfermeras cotillas más atentas a los amoríos y secretos de alcoba del vecino que a su propia labor, el médico soltero y mujeriego enamorado de una bella enfermera que a su vez mantiene una relación con un médico casado y veterano en aras de mejorar su status laboral. Igualmente encontraremos a la médico novata e idealista (sobrina, y supuestamente enchufada, del Ministro de Sanidad) que aún no ha experimentado las suficientes vivencias para abrazar el desencanto existencial provocado por los avatares del día a día y las maldades humanas. Todas las miserias y aventuras padecidas por los galenos se derrumban en el momento en el que la epidemia se expande entre los pacientes, desencadenando por tanto el plan de contingencia del ministerio para erradicar la epidemia. La presencia de los aterradores especialistas ataviados con máscaras de gas y un traje verde que parece sacado de una cinta de ciencia ficción acrecientan el pánico y el terror entre los moradores hospitalarios. A esto se una la escasez de vacunas contra la viruela, suceso que incitará el egoísmo y el individualismo frente a la actitud solidaria que en principio debe surgir en casos similares al acontecido.

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Mientras que la primera parte de la cinta emana un inspirado y frío realismo, la explosión de la epidemia dota a la epopeya de un ambiente terrorífico gracias a la atmósfera opresora y claustrófobica diseñada por Markovic. El terror no solo deriva del ambiente enrarecido que conquista el metraje, sino que igualmente Markovic no duda en emplear imágenes enérgicas y vigorosas, de clara inspiración gore, para retratar la enfermedad: vómitos de sangre, úlceras infecciosas que deforman el rostro del enfermo, taras, cicatrices corrompidas y horripilantes, rostros descompuestos por el horror, bubas emponzoñadas, etc.

Conforme avanza la trama el suspense se apodera de la sinopsis, siendo las traiciones, el miedo al contagio y las intrigas políticas (dentro y fuera del recinto hospitalario) las que otorgan una cadencia dinámica y cautivadora a la cinta, de forma que el miedo y el terror se expande como una plaga catastrófica, sin que sea ésta la verdadera intención de la película. A ello contribuye la propuesta sombría que elabora Markovic, el cual no duda en fotografiar con explícita clarividencia un escenario espectral compuesto por largos pasillos, médicos enfundados en batas blancas cual fantasmas protagonistas de una novela de Edgar Allan Poe y enfermos tuberculosos que arrastran sus apesadumbrados cuerpos comidos por la enfermedad tal como los mesiánicos zombies del cine de George A. Romero.

A través del recurso de construir una cinta de catástrofes de ambiente gótico y tenebroso, Markovic cocinó una obra de elevada carga simbólica y moral captando los peligros sociales a los que debe enfrentarse el individuo en situaciones de extrema gravedad, urdiendo un retrato en el que caben pocos resquicios para la esperanza y la felicidad individual, la cual es fagocitada por los esquemas que hacen funcionar la maquinaria social. Una obra perturbadora y demoledora que hará las delicias no solo a los amantes del cine de terror, sino igualmente a los espectadores atraídos por el cine crítico de irreal y doloroso realismo.

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