Una pastelería en Tokio (Naomi Kawase)

Como cada arduo amanecer, Sentaro está terminando de pulir sus dorayakis en la pastelería donde trabaja como dependiente. Allí atiende principalmente a un grupo de colegialas que toman el desayuno antes de ir a clase. Todas salvo Wakana, que suficientes problemas tiene con ¿su madre? como para encima preocuparse por los estudios. Pero ese mismo día, Sentaro recibe una inesperada visita: la anciana Tokue quiere optar al puesto de ayudante. Pese a los inevitables años que dejan ver su rostro y lo machacado de sus manos, Tokue siempre ha soñado con trabajar en una pastelería y, para lograrlo, entrega como currículum una pasta de judías que su futuro jefe pronto encontrará exquisita.

Una pastelería en Tokio (An, en su título original) es la última película de la reputada cineasta japonesa Naomi Kawase. Desde su comienzo, la cinta desvela las señas de identidad que presentará a lo largo de sus 113 minutos de metraje: ritmo pausado, profunda caracterización de los personajes, estilo narrativo casi sacado de un cuento y, sobre todo, una atmósfera muy íntima de la que es muy difícil no quedar prendado.

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Esta facilidad que tiene Una pastelería de Tokio para hacernos entrar en su dinámica argumental tiene su razón en el respeto con el que Kawase se dirige al relato, basado en la novela original de Durian Sukegawa. No demasiado lacrimógena pero carente de levedad, la historia de Tokue está estructurada de una manera clara, sin alardes formales, algo clásica en su desarrollo pero muy lejos de resultar previsible, ya que cada escena siempre aporta algo diferente al conjunto.

Cada personaje está muy bien definido, nada sobra y poco se echa en falta. Kawase huye de los tópicos para realzar su oscuro pasado y la triste realidad que les acecha, no quiere dar nada por sabido pero tampoco pretende abrumarnos con flash-backs o explicaciones innecesarias. La cineasta pretende sensibilizar a través de lo que no se ve en lugar de explicitar demasiado las reacciones de sus protagonistas, lo cual redunda en un completo éxito a la hora de que su película sepa transformarse en un magnífico torrente de emociones.

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En este sentido, el aspecto menos satisfactorio gira en torno a Wakana, cuyo papel promete ser muy relevante conforme avanza la primera mitad de la película pero que finalmente no termina de despegar. Aunque su personalidad está trazada de un modo más que correcto, ciertos detalles que Kawase nos enseña acerca de la relación con su ¿madre? y compañeras de clase terminan por alejarse del terreno del suave misterio para caer en un pozo, ya que da la sensación de que el carácter de la chica en las escenas finales es demasiado similar al que contemplamos en un principio. En cualquier caso, no deja de ser una cuestión menor dentro de tantos aciertos.

Más deliciosa incluso que los dorayakis que pueblan sus fotogramas, Una pastelería en Tokio permite ser paladeada al estilo de un dulce que debe comerse muy despacio, algo necesario para saber degustar cada detalle que Kawase nos brinda con esta obra. Quizá aquellos que tenemos un particular interés por la cultura japonesa y, en general la vida del territorio nipón, lleguemos a poner las virtudes de la cinta por encima de lo que realmente se merecería. Pero como el cine muchas veces no entiende de cuestiones racionales sino de puros sentimientos, no hay motivos de peso para rechazar estos, sobre todo cuando estamos hablando de una cineasta que sabe transmitir tantas cosas a través de su obra. Es, por tanto, una de esas películas que te hacen acabar la proyección con una sonrisa de oreja a oreja.

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