The House That Jack Built (Lars Von Trier)

Parafraseando a Jane Austen en el comienzo de su Orgullo y prejuicio se podría decir que «es una verdad universalmente reconocida que la imagen cinematográfica necesita de la realidad para existir». La imagen y las películas no son creadas de la nada sin ningún tipo de referencia en el mundo en el que su director y los espectadores existimos. Cualquier tipo de desarrollo de ideas siempre se va a producir codificando, representando, simbolizando y creando metáforas sobre conceptos que existen fuera del cine. A muchos directores, incluido Lars von Trier, se les etiqueta rápidamente con términos como “abyección” o “cine de la crueldad”, metiendo en el mismo saco a los que buscan un discurso con la imagen y a los que no —a los que tienen un sentido estético, narrativo y visual de los que carecen de él—, a los que simplemente usan la provocación y recursos efectistas para llamar la atención y generar una respuesta de los que utilizan la provocación como parte de su vocabulario fílmico, como un elemento fundamental de su manera de entender la misma forma cinematográfica (su estilo autoral). ¿Es algo malo en si mismo que en una película se muestre violencia o determinado tipo de violencia? ¿No dependerá de a qué razón sirvan esas imágenes y su composición, montaje y movimiento de cámara al filmarlas sus verdaderas resonancias morales?

La última película del director danés, The House that Jack Built, muestra el proceso creativo de un psicópata asesino en serie llamado Jack (Matt Dillon) que comenta con un interlocutor (Bruno Ganz) en un diálogo interior su forma de ver el mundo, qué le lleva a matar y por qué o qué opina de sus víctimas. Porque toda la película está narrada desde el punto de vista subjetivo —desde el interior de la mente— del protagonista, un hombre carente de empatía que ha aprendido a simularla, que además tiene un desorden obsesivo compulsivo que le obliga a limpiar compulsivamente las escenas del crimen y le hace ser involuntariamente muy bueno en su “profesión”. El humor negro y macabro, visceral y frío de von Trier emerge constantemente en pequeños detalles visuales, diálogos, juegos con el montaje y guiños al espectador que conectan con la misma obra del director y las polémicas ridículas que le han rodeado en los últimos tiempos y durante toda su carrera. Hay durante su metraje incluso un inciso en el que Jack comenta qué es el arte para él y cómo el paso del tiempo es el que verdaderamente juzga las obras y permiten contextualizar y extraer su verdadero significado.

El film está dividido en capítulos que relatan, según su protagonista, cinco incidentes aleatorios. Esto añadido a su diálogo en voz en off permite presentar la cinta análogamente a como estaba diseñada la estructura narrativa de Nymphomaniac (2015) con su “digresionismo” y su capacidad para tocar múltiples temas saliéndose de la línea argumental y abordar numerosos aspectos distintos de la historia y su protagonista sin abandonar del todo su planteamiento inicial. Los descuidos de Jack construyendo su verdadero y monumental legado —una pila de cadáveres y víctimas en una cámara frigorífica— provocan su caída, mientras sigue incapaz de sacar adelante una casa real propia porque carece de la habilidad y los conocimientos necesarios. Lars von Trier presenta una reflexión sobre el arte, el cine y su propia obra, argumentando que la destrucción o el mal ‹per se› puede ser un catalizador del genio o la violencia una forma de catarsis a través de la creación artística. Precursores estos tan válidos como cualquier otro, porque en el mundo están presentes de forma cotidiana sin que nadie los cuestione como en una pantalla de cine o una obra artística. ¿Se rechazan entonces determinadas imágenes por captar simplemente de manera fidedigna nuestra esencia humana, por reconocernos en ellas y no querer aceptarlas? The House that Jack Built aparenta ser el testamento fílmico de un cineasta al que parece juzgarse más por la percepción de su persona pública que por su obra y él mismo introduce en ella el viaje de su propia caída de la idolatría a un cuestionamiento sistemático ajeno a sus obras y su discurso, centradas en las anécdotas y lo superficial que en un verdadero análisis de sus creaciones. Un descenso en que él mismo asume es imposible redimirse.



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