Sesión doble: No tocar la pasta (1954) / Siete ladrones (1960)

Dramatizar con el ladrón de vida oscura. Es lo que consiguen dos autores imprescindibles en esta sesión doble destinada a los atracos. La primera joya es No tocar la pasta, película de Jacques Becker que vio la luz en 1954. Le sigue de cerca Siete ladrones, dirigida por Henry Hathaway en el año 1960. Sigamos pues los pasos de estos intrincados hombres.

 

No tocar la pasta (Jacques Becker)

No tocar la pasta

Jacques Becker en el año 1954 aún no había hecho la que mucha gente considera la mejor películas sobre cárceles de la historia del cine, pero sí había realizado grandes películas como Falbalas (1945) o París bajos fondos (1952), la segunda, una obra llena de fatalidad que anticipa sus posteriores trabajos, entre ellos el que comento ahora. Touchez pas au grisbi (No tocar la pasta, 1954) es una de tantas películas sobre robos y atracos que se hicieron en Francia a lo largo de su historia y que posteriormente en los 60-70 con el auge de este tipo de películas se le denominaron «polar». Puede que el primero que comenzara en Francia a hacer este tipo de películas fue el magnífico Louis Feuillade con la magnífica serie de películas tituladas Fantômas, ese fue el germen para posteriores realizaciones y seguro que directores que llegaron a convivir con el bueno de Louis aprendieron mucho del maestro del cine silente.

Touchez pas au grisbi tiene una particularidad con respecto a las otras películas que se hacían en los 50 sobre robos y atracos, como pueden ser La jungla de asfalto (1950) o Rififí (1955) y es que comienza cuando el robo ya se ha cometido, no somos testigos de la sutil maniobra con los diferentes especialistas en abrir cajas fuertes, o el conductor experimentado que los transportará rápidamente. Becker nos presenta al mítico Jean Gabin (Max), cerebro del robo de 50 millones, —y que en este film exhibe bastante violencia a base de tortazos— en un bar que cierra su persiana para que sus amigos estén más cómodos dentro, y que nos transporta a un mundo sucio, con un ambiente dominado por el humo de tabaco y con el último golpe siempre en la cabeza de los asistentes. Esta diferencia obviamente condiciona todo el film y nos lleva a lo que realmente es más difícil a la hora de dar un golpe, y es lidiar con todos los supuestos amigos, los traidores y con la difícil tarea de colocar los lingotes de oro.

Este film de Becker también anticipa un tema que utilizó posteriormente, y es el de la amistad, esencial en un mundo tan corrompido como ese. Max se verá obligado a tener que entregar todo el dinero al codicioso Lino Ventura (Angelo) y lo hará por su amistad con Ritón, y que nos lleva al momento cumbre de este film. Esta amistad que tan importante es en la película se nos presenta en una escena anterior en uno de los pisos de Max, cuando él y Ritón preparan sus planes mientras untan paté en las tostadas, una escena magníficamente rodada con un plano único y donde vemos a los verdaderas personas. No se me olvida comentar que Becker salpica el film con comicidad como por ejemplo cuando su amigo Ritón le pregunta que por qué tiene tantas cerraduras en casa y él responde que hay muchos ladrones en la zona.

Una película que hará las delicias de los amantes del género, donde no falta ni un elemento y que además se sorprenderán al ver a una jovencísima y muy guapa Jeanne Moreau como una de las tantas chicas que salen y que van cayendo al «encanto» de hombres como Angelo o Max.

Escrito por Aitor Lucerón

 

Siete ladrones (Henry Hathaway)

Siete ladrones

Si comparamos la ejecución de una película de atracos con un atraco en sí mismo, está bastante claro que en Siete ladrones todo apunta a que el robo va a salir bien: como líder del grupo de atracadores tenemos a un director de la talla de Henry Hathaway, cuya experiencia y buen hacer han quedado plenamente contrastados en títulos como La jungla en armas, El beso de la muerte o Sueño de amor eterno. El guión viene firmado por Sydney Boehm, quien, además de escribir un incunable del noir como Los sobornados, aportó su granito de arena al subgénero con Sábado trágico, joya hoy algo olvidada de Richard Fleischer. Por otra parte, la excelente fotografía de Sam Leavitt sabe capturar el atractivo de un entorno tan lujoso como el de Montecarlo, sitio más que propicio para que luzca su carismático reparto, última y principal baza para asegurarnos el éxito de la empresa. Junto a La cuadrilla de los once (curiosamente estrenada el mismo año), ésta debe ser una de las primeras películas de atracos interesada, más que en explorar la vertiente dramática y sórdida del asunto (como hicieran obras como La jungla de asfalto, Atraco perfecto o Rififí), en jugar con su vertiente lúdica y glamourosa, haciendo que el hecho de robar bancos (o casinos, como en el caso que nos ocupa) sea más un elaborado juego que un vehículo para ahondar en las miserias del ser humano. De este modo, el fatalismo que caracterizó en gran medida a las películas antes mencionadas aquí es sustituido por un tono juguetón y cómplice, que convierte el ingenio y las argucias de los atracadores en una forma más de ganar nuestra simpatía/empatía, aun a costa de restar en realismo lo que sumamos en diversión y suspense.

El difícil tono que imprime Hathaway al relato es uno de los mayores aciertos de la función: jugando bien sus cartas y sus tópicos (hablamos de un subgénero ya fuertemente codificado incluso en aquella época relativamente temprana), Siete ladrones mantiene durante todo su metraje un agradecido toque de ligereza y elegancia que en ningún caso cae de lleno del lado de la comedia, pese a detalles aislados aquí y allá que dejan traslucir una jugosa ironía. Esto, que en principio podría resultar irrelevante, no lo es tanto sabiendo lo fácil que hubiera sido desperdiciar un elenco tan envidiable mediante la bastedad de una trama entregada al delirio o la astracanada criminal. Afortunadamente, los actores brillan no únicamente por su presencia, sino porque están integrados en un relato (clásico, sencillo: un grupo heterogéneo planea el robo del gran casino de Mónaco) que funciona con una habilidad pasmosa. Nada en la película resulta especialmente nuevo o sorprendente, pero todo está en su lugar y todo fluye con la seguridad que sólo la batuta de alguien sabio como Hathaway podría garantizar. Es esto mismo, el deleitoso discurrir de una narración que conocemos al dedillo pero que aun así nos atrapa y absorbe como si nos la estuvieran contando por primera vez, lo que hace de un título tan aparentemente menor como éste una de las más disfrutables piezas dentro del fértil subgénero. Una pieza en la que, por descontado, las figuras del reparto ostentan un atractivo muy particular.

Ahí es nada tener, como cabecilla del robo, a un pequeño gigante como Edward G. Robinson, capaz de dotar a su personaje de un halo de ternura y fragilidad verdaderamente notable. O a una femme ¿fatale? tan magnética y seductora como Joan Collins. Por no mencionar al corpulento y admirable Rod Steiger, actor verdaderamente grande que, sin tener un físico que le permitiera conseguir demasiados roles protagonistas, aquí sabe llevar el peso del relato con talento y carisma innegables. Secundarios como Scourby (pocos actores saben sufrir tan bien en pantalla), Wallach o Kroeger redondean el excelente cartel, gracias al cual la película logra desplegar sus encantos, que, como es habitual en este tipo de películas, se basan también en la ejecución y resolución del robo, aquí tan compleja, emocionante e incierta como en las mejores cintas del género. Lástima que, llegados al desenlace, director y guionista decidan ponerse moralistas por eso de reivindicar valores como la honradez y el juego limpio, disfrazando sus decisiones con el ropaje de la ironía (el fatalismo, ya ves tú, apareciendo disimuladamente pero sin el recurrente aliento trágico…). Peccata minuta para una película amena y bien hecha que, sin tomarse en serio a sí misma, garantiza al espectador algo más de hora y media de lujoso entretenimiento.

Escrito por Nacho Villalba

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