Sesión doble: El ojo maligno (1962) / La bestia ciega (1969) | Cine maldito

Sesión doble: El ojo maligno (1962) / La bestia ciega (1969)

Nos embarcamos en el terreno más psicológico del drama en una sesión doble con dos auténticos maestros tras las cámaras. En primer lugar, el galo Claude Chabrol que, con apenas unos cuantos títulos a sus espaldas, dirigía a principios de los 60 El ojo maligno; por otro lado, uno de esos cineastas a reivindicar en tierras niponas, Yasuzo Masumura, nos regalaba a finales de esa misma década una de sus obras cumbres con La bestia ciega (Blind Beast).

 

El ojo maligno (Claude Chabrol)

Claude Chabrol fue sin duda uno de los autores cinematográficos que mejor supo exprimir las bondades inherentes al drama psicológico, maquinando complejas y profundas reflexiones acerca de la falta de escrúpulos e insidia existente en esa burguesía afrancesada que bajo un sinfín de máscaras y apariencias ocultaba a los ojos de la multitud esas cloacas a donde iban a parar los insumos más podridos de la sociedad occidental. Ya desde sus inicios exploró los recónditos laberintos de esta inquietante vertiente, trenzando en 1962 la formidable y oculta El ojo maligno.

La falta de popularidad de esta obra en relación con otras de la misma década quizás se deba al carácter esotérico con el que el maestro tejió su creación, si bien la misma resulta esencial, pues anticipa las trazas y obsesiones que el autor de Las ciervas cultivaría a lo largo de su prolongada trayectoria cinematográfica. La cinta contiene, además esos guiños ‹hitchcockianos› tan presentes en la filmografía de Chabrol, una puesta en escena que descansa sobre una mar calmada en línea con la grafía de esa incipiente ‹Nouvelle Vague›, siendo el A pleno Sol de René Clément una película que deja notar su presencia a lo largo del metraje.

El argumento se centra en un joven y ambicioso escritor (Jacques Charrier) quien será acogido en una apartada casa de campo en Alemania por un matrimonio burgués (Walter Reyer y la musa de Chabrol Stépane Audran en un papel magnético y maravilloso) con el fin de obtener el reposo suficiente para escribir su próximo libro. Él es un novelista alemán de éxito que parece haber traicionado al arte a cambio del aplauso del público. Ella una mujer fría y bellísima aburrida de su superficial vida al lado de un marido que apenas la mira con deseo. El intruso comenzará a recorrer los pasillos y parajes del cortijo anhelando demoler esa aparente felicidad que sus caseros quieren mostrar al público, por lo que aprovechando un viaje de su rival, acechará a la ansiada esposa con el objetivo de seducirla y saborear los jugosos frutos que desprenden sus carnosos labios.

Chabrol rueda con ese talento hipnótico que poseía, radiografiando de un modo muy elegante con su afilada cámara en blanco y negro los entresijos y depravaciones de esa clase media insípida y sin sustancia, planteando a la vez un pérfido juego de ajedrez al más puro estilo del posterior Polanski de Lunas de hiel. El maestro no dejó títere con cabeza, diseccionando con mucha mala baba las vergüenzas de la burguesía acomodada propia de la sociedad europea de la segunda mitad del siglo XX, dejando su sello en un sobre que posteriormente volvería a ser posteado en sus mejores obras de los sesenta y setenta.

A medida que la historia se va enrevesando, la trama derivará hacia zonas donde la insinuación y el misterio camparán a sus anchas. En este sentido, El ojo maligno se beneficia de esa claustrofobia que Chabrol imprimía en sus relatos (Gracias por el chocolate, La ceremonia, Inocentes con manos sucias, La mujer infiel, La ruptura o La década prodigiosa son tan solo algunos ejemplos de ello), creando una atmósfera enrarecida a partir de elementos cotidianos y serenos gracias a una trama que pivotará con naturalidad sobre ejes tan desgarradores como son los celos, la malicia, la traición, la envidia, el disimulo y la hipocresía.

El ojo maligno se destapa pues como un drama psicológico terriblemente ambiguo y sórdido. Caliente desde la frialdad de su calculado planteamiento que reposa en una arquitectura cinematográfica sustentada en bellísimas transiciones cargadas de alegorías y mensajes subliminales. Una de esas obras de juventud que dejan claro que detrás del joven que lideraba el proyecto se encontraba uno de los más poderosos fabuladores acerca de las mezquindades que ostentan los estratos más pudientes de nuestras naciones, además de uno de los más sobresalientes cineastas franceses de la segunda mitad del siglo XX.

Escrito por Rubén Redondo

 

La bestia ciega (Yasuzo Masumura)

Rodada y estrenada en plena efervescencia contracultural del cine japonés, La bestia ciega es una de las películas más perturbadoras, indigestas y, en contraste, más absolutamente fascinantes y absorbentes que he visto. Basada en un relato corto de Ranpo Edogawa, esta historia dirigida por Yasuzo Masumura nos habla de Aki, una modelo que es secuestrada por Michio, un escultor ciego, quien pretende desarrollar con ella lo que conoce como el “arte del tacto”. Pero esta pesadilla sobre una mujer atormentada por un artista loco no es más que la superficie de este intrincado cuento sobre la sexualidad, el dominio psicológico y físico y, por tanto, las dinámicas de poder asociadas a lo carnal, que deviene en una exploración artística sobre el placer y el dolor, el éxtasis y la perversión llevados a su mayor extremo y a su punto final.

Decir que esta película es controvertida sería quedarse corto, y catalogarla de simple explotación erótica de la sumisión sería, además, injusto. El secuestro pronto deviene un juego psicológico en el que Michio priva a Aki por la fuerza de su libertad y cualquier contacto con el exterior, mientras Aki encuentra en la candidez sexual de Michio una oportunidad para ganar terreno y manipularle en sus intentos de escapar. Completando esta viciada dinámica está la madre de Michio, apoyo férreo de los planes de su hijo pero, en realidad, celosa y con miedo a que éste le sea arrebatado.

Un amor materno que en realidad más bien parece un impulso incestuoso. Una expresión artística que es la pura definición de fetichismo e invasión de los espacios más íntimos. Una apasionada historia de placer y dolor extremos surgidos de una violación. Así es La bestia ciega. Camina siempre en los extremos, al borde de un abismo sin caer nunca en él. Es amoral y abyecta, carece de toda consideración en su búsqueda última de la esencia misma del placer y el éxtasis. Pero todo ese aparato funciona en un film que alcanza una elevada trascendencia artística y emocional.

Para esta aparente contradicción una de las claves es la excelente fotografía y escenografía, que sacan amplia ventaja de los claroscuros en el almacén en el que transcurre gran parte de la cinta, y que elevan su ya desasosegante decorado lleno de partes de cuerpos humanos esculpidos en las paredes a la categoría de horror surreal y expresionista. En un escenario en el que el sentido de la vista es casi innecesario frente a la importancia del tacto, la iluminación resulta también esencial. Particularmente en la maravillosa confusión de la persecución inicial, con Aki siendo acorralada y escapando constantemente mientras las paredes sólo se revelan parcialmente mediante la linterna que lleva Michio, de forma que la ventaja física de Aki se convierte en la manera que tiene Michio de arrinconarla y subyugarla.

Este último punto, de hecho, es bastante interesante en la medida en que cada uno de los dos protagonistas aprovecha la teórica ventaja del otro para tratar de sacar ventaja en esta lucha. No es casual que, al mismo tiempo que Michio encierra a Aki en una habitación de iluminación tenue y llena de estímulos táctiles, la forma que tiene Aki de manipular y engañar a Michio sea mediante su propia piel, embriagándole al tacto y aprovechándose de su nula experiencia con el contacto físico con mujeres para tratar de obtener su victoria, que no es otra que la huida.

Y esa dinámica se mantiene hasta su memorable tramo final. Su pugna ha terminado, ahora sólo queda experimentar el éxtasis hasta sus últimas consecuencias. Y con todo lo moralmente repulsivo de esta historia de secuestro, abuso y violencia física y psicológica, sin duda lo más estomagante es este tramo, con los dos protagonistas entregados a la búsqueda del placer, abrazando progresivamente el dolor como forma de alcanzarlo hasta, finalmente, cruzar el umbral. Sin posibilidad de retratar la violencia extrema que llega a tener de una manera explícita, logra ser aún más perturbador con lo que esconde y sugiere, en gran parte gracias al excelente trabajo de cámara y a las arrebatadas interpretaciones (impresionante Mako Midori, no en este tramo particularmente, sino en toda la cinta) en ese frenesí incómodo del que, a pesar de todo, es imposible apartar la mirada.

La bestia ciega es una experiencia tan difícil y extrema, y que me crea sensaciones tan poco edificantes a lo largo de su metraje, que casi me cuesta hablar de ella como una obra maestra. Pero al mismo tiempo no puedo ignorar esa fascinación que surge de la perversión y la falta absoluta de ataduras, en una película que se siente metódica y calculada en su provocación, rodada y narrada con inteligencia y aprovechando sus recursos, comprometida en último término con la expresión y la búsqueda del arte como conclusión y esencia de su viaje.

Escrito por Javi Abarca

 



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