Los fantasmas del sombrerero (Claude Chabrol)

A principios de los ochenta la carrera del siempre soberbio y trascendental Claude Chabrol se hallaba en un profundo bache creativo. Su tesis de crear historias cotidianas a través de personajes complejos desde el punto de vista psicológico en virtud de los secretos y mentiras que ocultaban en su psique y las consiguientes consecuencias que la falsedad traía en su devenir diario, parecía haber pasado de moda. Y es que Chabrol, como fiel admirador de Hitchcock y Lang, nutría su cine de unos ingredientes no cultivados en el decenio ochentero; estos son, el ritmo narrativo de patrones clásicos, la teatralidad, el lenguaje no verbal pleno de significado, la deformación de la realidad apoyándose en tramas de suspense siempre salpicadas de un refrescante humor negro y fundamentalmente la importancia de la construcción escénica y de la estructura cinematográfica para moldear sus obras. Sus triángulos y cuadriláteros amorosos, punto esencial de buena parte de sus obras primerizas, se habían estancado en Al anochecer, su gran película de los años setenta que había sido producida ya en un lejano 1971. Por consiguiente, 11 años habían transcurrido desde ese Chabrol más macabro, enfermizo y fino disecador de las miserias, apariencias y vicios que devoraban a la burguesía acomodada y cool integrante de la Gauche Divine pero infectada de ese autoritarismo de la extrema derecha caustica y trasnochada.

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Pocos daban un duro por tanto por el regreso del Chabrol de sus orígenes, ya superada la corriente estética de la Nouvelle Vague que el galo abandonó a mediados de los sesenta, cuando en 1982 el autor de El bello Sergio decidió adaptar en pantalla una famosa novela del legendario Georges Simenon titulada Los fantasmas del sombrerero. El ambiente de la obra casaba como horma a los zapatos con la ideología y estilo de Chabrol, hecho que fue aprovechado por el maestro para cincelar una de las obras que mejor le definen como autor. Y es que a pesar de no ostentar la fama de las películas más populares del autor de Los primos, me atrevo a afirmar sin temor a equivocarme que Los fantasmas del sombrerero representa al Chabrol más puro y esencial no contaminado por intereses comerciales ni modas. Se nota que el maestro disfrutó de una total libertad para edificar su montaje, haciendo lo que le vino en gana, introduciendo pues un particular humor y criterio narrativo, descuartizando el hilo narrativo lineal en virtud de la inclusión de flashbacks y sobre todo logrando retornar a esa clase pretérita que otorgaba gran importancia a los gestos y a las panorámicas como medio de transmisión de información, o lo que es lo mismo, el lenguaje cinematográfico en su perspectiva visual que permite narrar a través de imágenes sin necesidad de recurrir al diálogo.

Puesto que Los fantasmas del sombrerero se enmarca dentro del género del cine de suspense sin conferir a la intriga un núcleo importante en su desarrollo. Chabrol tomó prestados los mandamientos de su admirado Alfred Hitchcock, descubriendo al espectador así al asesino en serie que centra la atención de la sinopsis, dejando pues que el suspense caiga en el esclarecimiento de los motivos que suscitaron al presuntamente psicópata protagonista caer en las redes del homicidio. Los guiños al maestro del suspense son evidentes. Ya desde la escena de arranque se incluye un doble homenaje a dos de las cintas más aclamadas de Sir Alfred: La ventana indiscreta y Psicosis. A lo largo del metraje Chabrol continuará la ofrenda insertando escenas que evocan a cintas como Extraños en un tren o La sombra de una duda, dado que el sombrerero protagonista de la cinta emerge como una especie de Tío Charlie preocupado por investigar en los periódicos el avance de las pesquisas llevadas a cabo por los periodistas y aparentemente atraído por el asesinato de damas solitarias. Si bien, más adelante descubriremos que bajo esa presunción de maníaco se esconderá una máscara que guarda unas inteligentes y planificadas intenciones.

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La película se sitúa en un pequeña localidad sita en las afueras de la capital, parece por la ambientación que confiere Chabrol a principios de los años sesenta. Un pequeño pueblo de provincias sacudido por una serie de homicidios que repiten el mismo patrón; la muerte por estrangulamiento de varias mujeres de mediana edad pertenecientes a la alta burguesía. El cotejo de que nos encontramos ante un asesino en serie se define por el hecho que el criminal se encarga de enviar al periódico local mensajes montados en forma de collage para evitar que su caligrafía sea descubierta anunciando la comisión de su siguiente delito. En este entorno de miedo y crimen, dos personajes parecen convivir de forma antagónica. Por un lado Léon Labbé (espectacular Michel Serrault en una de esas interpretaciones que dejan huella), un histrión, respetado y pedante sombrerero dueño de un vetusto negocio destinado a satisfacer los deseos de las mujeres de la alta sociedad cuya salud mental parece enajenada desde que su mujer sufrió un accidente que la dejó postrada en una silla de ruedas, hecho que en los últimos tiempos ha obligado a Léon a encerrarse junto a su cónyuge para atender todas sus necesidades. Por otro el sastre que regenta el negocio sito enfrente del establecimiento de Léon llamado Kachoudas (Charles Aznavour), un emigrante armenio que tras múltiples vicisitudes ha logrado asentarse en Francia gracias a los reducidos, pero suficientes ingresos que le proporciona su humilde despacho de sastrería. Chabrol radiografió a estos dos personajes como dos claros antagonistas. Un Léon megalómano, oscuro, confuso y desquiciado frente a un Kachoudas modesto, timorato, poco hablador y siempre ojo avizor para controlar las correrías de su vecino.

Y es que Kachoudas decidirá perseguir las escapadas nocturnas de Léon en principio en dirección hacia el café de la ciudad donde se reúnen los intelectuales y burgueses para distraer su tiempo entre partidas de cartas y conversaciones vacías, puesto que el sastre armenio está convencido que su vecino puede ser el culpable de los delitos que están teniendo lugar en el pueblo. De este modo, observando el burlesco caminar de Léon, un tipo que parece disfrutar de las sospechas y pesquisas en las que anda inmerso su conocido vigilante, iremos desgranando la trama de intriga y asesinatos que envuelve los vértices de una cinta cuyo mérito reside en hacer descansar su espina dorsal en la extraña relación que se establecerá entre Léon y Kachoudas, dejando por tanto en un plano secundario la subtrama de investigación y esclarecimiento de los hechos.

Como hemos comentado, Los fantasmas del sombrerero resulta una cinta de intriga donde el misterio quedará resuelto desde sus primeros minutos. Sí. El maníaco se quitará la máscara típica del giallo italiano en la primera escena relevante del film dejando su rostro en primer plano para que sea observado por el espectador. La policía ocupará igualmente un papel secundario en la trama, no interesando para nada a Chabrol centrar su ojos en las indagaciones y avances conseguidos por los investigadores. No. Puesto que el principal interés del maestro fue construir una afilada y poderosa fábula que permite diseccionar ese mundo de mentiras y medias verdades inherente a la burguesía francesa. Una clase media ambigua, moradora de espejos ausentes de realidad, pasajera de trenes de sombras y autoritaria, —muy bien reflejado esto en la relación de poder-sumisión que Léon mantiene con su criada arribada de una zona rural— que bajo la careta de hombres respetables sostenedores del orden moral de la sociedad esconden en su interior unos secretos que contaminan de vicio, corrupción y perversidad los alrededores por donde caminan.

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Puesto que Léon habita en un mundo obsceno, artificial e ideado por él mismo. Un universo de sombras como la de su incapacitada esposa que asoma por la ventana para que Kachoudas observe con atención los cuidados y discusiones que el sombrerero parece ocuparse. Un hábitat donde incluso el sonido del timbre que suena desde la habitación que recluye a la esposa del sombrerero resuena a repicar de metacrilato. Porque como descubriremos lentamente, sin prisas pero sin pausa, Léon ha montado una realidad paralela con objeto de escapar de un impulso que le condujo a asomarse a este mundo de tinieblas y oscuridad, de maniquís inertes fiel representación de la enajenación mental de su ensamblador y de representaciones teatrales llevadas hasta las últimas consecuencias para ocultar las consecuencias de los actos jugados en las partidas del mundo real. Su vida ha mutado en un reflejo especular, en un paraíso decadente sustentado por cimientos inestables salpicados someramente por esos destellos de fiel realidad que ofrece contemplar la cruda verdad inmersa en la vida familiar del pobre Kachoudas, un emigrante cuyas necesidades jamás le permitieron proyectar su existencia hacia castillos de arena y fantasía, castigado por las míseras condiciones que lo persiguieron.

Los fantasmas del sombrerero se eleva como una de las mejores películas de Claude Chabrol, fundamental para entender la grafía de uno de esos maestros que continuaron la forma de entender el cine de los clásicos del cine. Y es que uno de los puntos que engrandecen el contorno de esta soberbia película es su vestido eminentemente clásico, gracias a la perfecta recreación de ambientes pretéritos que hace gala el film y a una espectacular fotografía de encuadres perfectos y milimétricos que disecciona con un influjo magnético los minimalistas escenarios donde tiene lugar el argumento. Asimismo Chabol no dejó nada en el tintero mostrando su versatilidad y saber hacer en lo referente a la construcción de escenas y lenguaje cinematográfico, echando toda la carne en el asador en su apuesta por montar formalmente su obra con una estructura que escoge la técnica del plano-contraplano, situando la cámara bajo el punto de vista voyeur de un Kachoudas que ejercerá como narrador y ojos del espectador, atisbando desde la distancia oculto en armarios y esquinas las fechorías de su vecino. Los estilosos movimientos de cámara, panorámicas, travellings y demás trucos empleados por Chabrol dan fe de la maestría que sustenta al responsable del proyecto. Pero frente a otras propuestas de Chabrol que mantenían un hilo lineal en lo referente al desarrollo del argumento, en Los fantasmas del sombrerero el francés decidirá narrar su cinta mediante el recurso del flashback, aprovechando las posibilidades que este procedimiento aporta para atemperar el perfil de un Léon que aparentemente en los primeros derroteros se alza como un psicópata sin sentimientos ni control, para por contra ofrecer un retrato que a medida avanza la trama manifestará que nos encontramos ante un pobre desgraciado cuyos actos tienen cierto sentido desde su perspectiva.

No puedo dejar de reseñar el estupendo humor negro con el que Chabrol regó su obra. Y es que Los fantasmas del sombrerero hace descansar su recorrido en la explosión de la comedia más desenfrenada y desatada en medio de situaciones dantescas y tremebundas. Y ello se consigue en virtud de la hipnótica y sublime interpretación ejecutada por Michel Serrault que da muestras en cada secuencia del dominio de todos los aspectos necesarios que debe poseer un actor. Una interpretación entrañable, divertida e inquietante que sabe combinar las gotas suficientes de patético dramatismo con la sorna y la caricatura. Una actuación que halla su complemento en la ascética y eficaz presencia de un Charles Aznavour que renuncia a su propio lucimiento, sacrificándose para iluminar a su compañero de fatigas en una de esas películas que para un servidor brotan como una de las imprescindibles producidas durante la década de los ochenta.

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