Sesión doble: El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina (2008) / Línea no regular (1980)

Esta sesión doble viene con un eco, la película Underground de Emir Kusturia, el espejo donde mirar las dos películas seleccionadas para un especial sobre la comedia afincada en Europa del este. En 1980 Slobodan Sijan dirigió Línea no regular y en 2008 Stephan Komandarev El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina. El humor se abre paso por las carreteras ya sea en tándem o en autobús.

 

El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina (Stephan Komandarev)

el mundo es grande y la felicidad esta a la vuelta de la esquina

La fanfarria centroeuropea ha sido, o es hasta la fecha, una atribución temática específica y derivada de la comedia surrealista que comenzó a popularizarse a comienzos de los setenta, cuya repercusión e insigne notoriedad la han convertido en un género por sí mismo con características propias.

Más allá de su denominación de exaltación distópica musical, el primer anacronismo artístico lo encontramos en su utilización. Se juega con el contraste en términos de ambigüedad ante la majestuosidad con la que debería ser empleada situando en el eje de acción a unas creaciones que destacan por su rechazo a la heroicidad y su desenvolvimiento melodramático que deriva en tesis sobre la fatalidad humana.

Sus signos de identidad se componen de historias irreverentes sobre personajes disfuncionales e impopulares que denotan un fuerte arraigo costumbrista en su modo de vida y en los métodos empleados para salir de los atolladeros a los que se ven sometidos, fenómeno derivado de la férrea educación balcánica y los períodos de entreguerras y represiones sociales que calaron en las raíces y entrañas de la clase obrera y desfavorecida.

Miki Manojlovic representa, a modo de exposición íntegra y simétrica, no solo las crónicas de ese humanismo trágico, espejo de la honestidad y la tristeza, sino también la porción de tierra y espíritu balcánico que Komandarev nos envía desde Bulgaria: un lugar repleto de tiempos muertos donde la magnitud física de las acciones y sus repercusiones parece resbalarse vacilante por los pliegues de la realidad más metafísica y desconcertante, por insignificante.

El acompañamiento más monocorde a esta propuesta la encontraríamos en algunas de las películas más célebres del inefable Emir Kusturica, tales como Gato Negro, Gato Blanco o Underground, donde pone en relieve los atributos que ambos realizadores comparten: la utilización de su estilo relamido, de plástica artesanal, puesta en escena rimbombante y atrabiliaria, empleo de todo tipo de abalorios y complementos que actúan como Síndrome de Diógenes y su sentido de la añoranza ante lo viejo y corroído de las cosas y los lugares.

Sin embargo, la primera gran distinción en la realización de Komandarev se encuentra precisamente en el rechazo de la grandilocuencia escénica, apostando más bien por un relato íntimo de rutinas y soledades en espacios comprimidos y nostálgicos con propensión a lo común y al hábito carente de reputación.

Es un cine cuyo visionado requiere una actitud contemplativa y distanciada, pues la sobrecarga de extrañeza melodramática y la búsqueda de un sentido épico a las cosas y situaciones más anodinas ya anticipa una propuesta pretendidamente brechtiana de aislamiento autoral y taciturna idiosincrasia. La capacidad emotiva de esta película se asienta en la concisión y en la sobriedad, empleando recursos que intentan ordenar el desorden evidente de su hipertrofiado montaje, unificando paralajes en una mirada aglutinadora y candorosa.

La realidad de Komandarev, y he aquí su mayor significación, se estiliza no a través de disposiciones dionisíacas sino a partir de enfoques pequeños, detalles minuciosos y efímeros que configuran un deseo, una costumbre, un modo de vida jerarquizado y asumido. Un espejo de conciencia de disposición milimétrica donde priman la ausencia y la restauración de valores primarios como la dignidad y el afecto.

Escrito por F. J. Guerrero

 

Línea no regular  (Slobodan Sijan)

linea no regular

Línea no regular (Slobodan Sijan, 1980) es una de las cintas serbias más populares del país balcánico, con un director al que no es difícil de encontrar como fuente de inspiración en las obras más alocadas de Emir Kusturica, como Underground (tampoco es casualidad que en ambas cintas nos encontremos al mismo guionista, Dusan Kovecevic), compartiendo el mismo realismo mágico, u otros recursos que se suelen identificar como el director balcánico más internacional. Y sin embargo Slobodan Sijan lo único que hace es coger ciertas ideas ya pre-existentes del cine patrio, teatro, literatura balcánica o incluso la música popular.

Estamos ante una divertida road movie en una Serbia que está a punto de entrar, muy a su pesar, en la Segunda Guerra Mundial. El viaje a Belgrado desde el interior del país por parte de un variopinto grupo de hombres y mujeres, sirve a su cineasta para diseccionar una serie de ideas representadas en sus personajes. Así no es difícil de encontrar una serie de características típicas en cada uno de ellos, desde el germanófilo interpretado por el mítico actor Bata Stojkovic hasta la presencia, como no, de gitanos en ese autobús que va dando vueltas por caminos de mala muerte, atravesando puentes que parecen construidos de naipes, mientras suben más alocados personajes convirtiendo el autobús en un camarote de los hermanos Marx que naufraga por las carreteras secundarias serbias.

Un autobús gobernado de manera autoritaria por el jefe del negocio, que siempre de manera poco limpia o elegante consigue, más o menos, tirar de ese cacharro un poco más. Así es vista Serbia, o incluso Yugoslavia, por su creadores, un país que va dando tumbos dirigida por estafadores con un pueblo siempre enfrentado y peleado incapaz de reconciliarse con nadie. Sus responsables nos hablaban de la Serbia, y también de aquél país que nunca pudo ser —Yugoslavia— de buena parte del siglo pasado, sin sospechar que una década después la historia volvería a repetirse de manera dramática.

Realmente divertida, con situaciones disparatadas y diálogos maravillosamente absurdos, es imposible no sentir cariño por la pandilla de desgraciados que están obligados a vivir entre ellos y unos cerdos en la parte de atrás del vehículo, con paradas técnicas imprevistas, bodas, funerales, militares salidos de un tebeo de Mortadelo y Filemón y la presencia de una guerra que está a punto de estallar en cualquier instante.

El final no pudo ser rodado como estaba escrito en el libreto de Dusan Kovacevic. La historia termina con el bombardeo por parte de la aviación germana sobre Belgrado, dando al traste con todos los sueños y esperanzas de los pasajeros de esa chatarra mal llamada autobús. Pero originalmente asistíamos al bombardeo del zoológico, con los animales muertos, heridos, huyendo por toda la ciudad sin entender que ocurre. Pero con la muerte del Mariscal Tito toda actividad cultural cesó, por lo que no se pudo llevar a la práctica dicho final, sustituyéndolo por uno más abrupto, tal vez menos poético y ante todo menos simbólico, pero aceptable. 15 años más tardes Dusan Kovacevic se resarciría, escribiendo la misma escena en otra película, en este caso, el inicio de Underground.

Escrito por Pablo García Márquez

 

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