Sesión doble: Crimen en la residencia (1968) / Boarding School (2018)

Internados sangrientos. Internados donde jamás querrías aprender ni una palabra. Internados para entrar a vivir… y morir. ¿Os gustan las películas de terror ambientadas en internados? Porque a nosotros sí, motivo por el cual le dedicamos esta sesión doble con Crimen en la residencia, la italiana de 1968 que nos trajo Antonio Margheriti y Boarding School, película de 2018 dirigida por Boaz Yakin.

 

Crimen en la residencia (Antonio Margheriti)

Siete, son siete las jóvenes internas, residentes en Saint Hilda, lujosa residencia situada cerca de Niza. Allí aprenden equitación, natación, esgrima y otras disciplinas de buenas familias. Hasta que llega un peligroso asesino del exterior, que las matará una tras otra.

1968 es uno de los años más prolíficos en la filmografía de Antonio Margheriti, junto a 1974. Ambos solo por detrás del 1962 y 1966, en los que dirige seis y cinco films, respectivamente. Lejos de significar un desgaste por la sucesión de rodajes, Crimen en la residencia se presenta como una producción entretenida. Encuadrada en el género de terror o suspense, según la sensibilidad de cada espectador. Fotografiada en colores saturados por el sistema ‹Cromoscope›, iluminada con intensidad en los exteriores nocturnos del internado, utilizando penumbra o claridad enfermiza en los interiores, con decorados bien diseñados, que sirven como escenarios de muerte para sus personajes.

En su idioma original, este Nude… si muore de título es tan preclaro en su italiano —“Desnuda, te mueres” en su traducción— que incluso supera el que usaron durante la producción: Siete vírgenes para el diablo.

La secuencia previa a los títulos de crédito, ya presenta el primer asesinato de una mujer que se baña en su casa —desnuda, por supuesto—. Un zoom súbito desde un cuadro en la pared, combinado con una panorámica repentina hasta el aseo, sirven como arranque de la escena. Ambos son elementos visuales forzados que no presagian un estilo distinguido. Pero el uso de ‹travellings›, movimientos sobre grúa y el empleo de un punto de vista subjetivo, que oculta la presencia del psicópata, desmienten este inicio. La puesta en escena es colorista, con ecos lejanos del ‹giallo›, con menos sangre y tonos encendidos en la paleta cromática, similar a la de algunos bodegones post-impresionistas.

La película no cumple a rajatabla el precepto del título italiano, puesto que no mueren desnudas todas las víctimas del ejecutor. Tal vez sea una de las cartas marcadas que presenta el tahúr responsable del film, Antonio Margheriti, más conocido por su nombre artístico americanizado: Anthony M. Dawson. Un cineasta capaz de afrontar géneros de evasión como el ‹spaguetti western›, terror, ciencia ficción, aventuras, bélico e incluso romántico. Reparte la baraja entre ocho sospechosos que son las maestras, profesores, el jardinero y el vigilante del centro. Guarda de manera tramposa sus faroles con muertos desfigurados. Miradas de espanto en las futuras víctimas. O genialidades como ese traje de submarinista que oculta al psicópata, un detalle precursor de tantas máscaras y atuendos en posteriores asesinos cinematográficos.

Entre los cómplices no acreditados para su partida, figura Mario Bava como coguionista, razón de más para el interés de un policial que coquetea con el terror. Sazonado con escenas de voyerismo, que dan ritmo y suspense añadido. Sugerencias levemente lesbianas por parte de la madura directora, hacia una profesora joven recién llegada. Y sobre todo, el uso del color y el ‹atrezzo› como señales y amenazas de los crímenes, con una fatalidad localizada en el personaje más gafe del largo, la huérfana Lucille. O la incompetencia por parte del sargento y detective que se ocupan del caso, capaces de demostrarla con diálogos como estos:

— La Floret, el jardinero ha muerto.
— ¿Homicidio?
— Sí, tiene una hoz en el pecho.

Escrito por Pablo Vázquez Pérez

 

Boarding School (Boaz Yakin)

Muerte en el internado. ¿Qué se le puede pedir a una película de terror que se expanda como la hiedra venenosa en el interior de un colegio lleno de barreras? Adolescentes atemorizados por el pasado de unas paredes que gritan a su paso, profesores intrigantes que disfrutan de su autoridad ilimitada y algún que otro cadáver (en su forma física o espiritual) que interrumpe la armonía de los habitantes. Si es a un recién llegado, mucho mejor.

Siendo que todos estamos de acuerdo en las bases que conforman este subgénero del horror, me sitúo frente a la propuesta de Boaz Yakin para discernir sobre sus conocimientos de niños de características superdotadas que se mueven por la vida con las dificultades heredadas de los adultos. Solo hay que pensar en algunas de sus dispares propuestas anteriores, como Niñera a la fuerza (como una falsa comedia) o Safe (con Jason Statham repartiendo), donde las pequeñas protagonistas eran una herramienta imprescindible para el crecimiento de los adultos que las rodeaban.

Con Boarding School, el director ha dado el paso a una versión malsana de las ‹coming of age›, ese tema siempre incandescente dentro de las historias de internados. Así conocemos ampliamente a Jacob antes de pensar siquiera en su participación de las asfixiantes paredes de un colegio interno. Su nombre bíblico no es una elección baladí cuando somete al joven al terror nocturno y la falta de unos lazos que le unan a su pasado familiar, en este caso una abuela judía que va descubriendo entre sueños y pertenencias olvidadas. Son constantes las referencias a su condición de judío, tanto como claro es su desconocimiento de cualquier cosa que tenga que ver con ello. Pero tal vez eso no sea lo importante, más allá de una muestra identitaria del propio realizador neoyorkino.

Lo realmente jugoso es cómo vamos conociendo las dobleces que intensifican la figura de Jacob. Un niño asustado al principio, un joven confundido en el transcurso, un hombre capaz de tomar sus propias decisiones al final. Y entre todo esto, unos huesos, los suyos, que por motivos inconcretos van a dar con una elitista escuela para niños ajenos a la normalidad social (solo siete son los elegidos) que tiene al frente a un director-profesor-doctor que Biblia en mano les va a reubicar. Él es un Will Paxton serio, seguro y odioso que ilustrará a los jóvenes en la obediencia absoluta. Aunque se lo pongan difícil. Siendo la historia un clásico, son los detalles visuales (y dialécticos) los que ensalzan Boarding School. Lo es por su juego con la iluminación azul y roja, un detalle elegante en los títulos de crédito que son un simple avance de lo que supondrá para identificar la bondad o maldad de los actos que ejecutan los presentes en cada escena. También por esos primeros planos a la ciertamente bonita cara del protagonista —ese juego entre ‹pretty› y ‹handsome› en el que nos invitan a divagar sobre aspectos femeninos o masculinos que irradia Jacob—, que nos permiten descubrir más sobre esa historia paralela con su abuela, mientras sus ojos van capturando con firmeza la oscura realidad que a él también le ha tocado vivir. Sin olvidarnos del contrapunto que la única niña elegida para esa insidiosa vida le ofrece al convertirse en su sombra.

Boarding School es terrorífica por las verdades que se van descubriendo —no está exento el guión de continuos giros desmadrados que te mantienen pegado a su historia—, y no por apostar como muchos hacen ahora por subidas continuas de volumen o sustos improvisados, tejiendo ese paso al mundo de los adultos, de nuevo prematuro, sin olvidarse de los toques clásicos que tan bien sientan a los internados, y de pequeños personajes impertérritos ante el mal ajeno.

Escrito por Cristina Ejarque