Sesión doble: Arde, bruja, arde (1962) / Veneno para las hadas (1986)

Conmemorando los 50 años de la Maratón de TerrorMolins y su ‹leitmotiv›, os descubrimos una nueva sesión doble donde manda la brujería a partir de dos películas espectaculares, como son Arde, bruja, arde dirigida por Sidney Hayers en 1962 y Veneno para las hadas del mexicano Carlos Enrique Taboada que nos llega desde 1986. Una sesión doble que os hechizará.

 

Arde, bruja, arde (Sidney Hayers)

El punto de partida de Arde, bruja, arde (traducción literal de uno de los dos títulos originales; el otro, Night of the Eagle, cobra sentido ante su tramo final) no podría ser más interesante: en una secuencia germinal donde se nos presenta a su protagonista, encarnado por un carismático Peter Wyngarde —más conocido por haber acompañado a Deborah Kerr en la mítica Suspense—, su autor Sidney Hayers establece una sugestiva contraposición entre aquellas creencias —muchas veces vinculadas a la superchería— ancladas en lo sobrenatural y su supuesta explicación científica.

A raíz de esa tesis surge un film cuyo prólogo indica claramente sus intenciones —que no es sino una voz en ‹off› sobre negro dirigiéndose directamente al espectador y ejerciendo un conjuro que lo protegerá del material que van a ver a continuación, vinculado con la magia negra y la brujería—, pero que sin embargo funciona como un acercamiento al género atípica: Arde, bruja, arde se acerca más a un tenue horror psicológico que al componente deliberadamente fantástico desde el cual suelen transitar este tipo de aportaciones, transformándose así en una ‹rara avis›, en una insólita exploración que sabe explotar a la perfección sus posibilidades sin por ello dejar de dotar de un ambiente enrarecido e incluso insano al relato. Un ambiente que, por otro lado, el cineasta británico logra tanto a través del preciso uso del encuadre —esos planos detalle del rostro de una Judith Stott que contaría esta como su última incursión en la gran pantalla— como gracias a la certeza de un elenco que escenifica con habilidad el tono de una obra que, si bien a ratos establece jugueteos propios del género, en todo momento tiene claras sus intenciones, que se manifiestan especialmente en la consecución de un poderoso acto final.

De este modo, Sidney Hayers, realizador propenso al cine de terror que también surcó vías como la del ‹noir› o el cine de aventuras para terminar dirigiendo series, compone un film que no solamente se muestra inusual en su comportamiento como pieza afín en cuanto al cine de brujas respecta, también acercándose a unos espacios que huyen en gran parte del metraje —si bien, siempre encontramos detalles aislados, como ese águila que da nombre a la obra en inglés y se inserta en la cornisa del edificio donde ejerce como profesor Norman Taylor, el protagonista— de los lugares comunes, y si bien encuentran en su tercio final unos parajes más apropiados entre esa cabaña y el mausoleo que visita el personaje encarnado por Wyngarde, se alejan de lo que suelen marcar las convenciones del género.

En el apartado técnico, destaca en especial tanto el empleo de la iluminación, mediante claroscuros de lo más sugerentes e incluso algunos pasajes que se acercan con mucho tino al expresionismo alemán, como los juegos que realiza Hayers con la perspectiva, creando un hálito de inquietud así como llegando a dotar de una sensación de irrealidad a ciertas secuencias que refuerzan ese vaivén entre realidad e irrealidad tan bien trazado, puntualizado además por una banda sonora de corte clásico de lo más idónea aderezada en ocasiones por una especie de psicofonía.

Arde, bruja, arde va más allá de la concepción de ‹rara avis› que asumía en un principio, y logra ensamblar un ejercicio cuya consecución de cauce psicológico no se queda en la mera superficie: es capaz de ensamblar atmósferas de lo más turbadoras engarzadas en su vigorosa narrativa así como de dotar de una ambigüedad de lo más apropiada a la obra. Y es que si bien es cierto que Hayers ata los suficientes elementos como para que el espectador saque conclusiones propias, tan cierto es como que dota al conjunto de una extrañeza que, acompañada de ese cartelón final, tiñe todo el metraje dando pie a un film notable, sea cual sea una esencia que en lo difuso de la misma alcanza su mayor triunfo.

Escrito por Rubén Collazos

 

Veneno para las hadas (Carlos Enrique Taboada)

Los miedos y fantasías de los niños se han convertido más de una vez en objeto de atención de los cineastas y han servido de base para una amplia variedad de thrillers psicológicos y místicos. Al parecer, los límites un tanto difusos que existen entre la realidad y la magia durante la infancia sirvieron también al mexicano Carlos Enrique Taboada a lo largo de su carrera, prácticamente como si de un tesoro se trataran, siendo un punto de inicio clave para idear muchas de sus películas. Tal es el caso de Veneno para las hadas, donde la inmersión en la psicología infantil le llevó a dirigir un thriller cruel y despiadado sobre dos niñas —sobre todo una de ellas— obsesionadas con la brujería y que juega constantemente con el peso de la ingenuidad en las relaciones de poder, la manipulación, los celos y las amistades tóxicas. En este caso, a través de la construcción de un mundo donde los sueños infantiles parecen un purgatorio que los adultos no pueden atravesar.

Veneno para las hadas nos cuenta la historia de la Flavia, una niña de familia bien que llega a una nueva escuela y allí conoce a Verónica, una niña de su edad que vive con su abuela y una nana que no duda en contarle cada noche cuentos sobre brujería, algo que por su puesto obsesiona tanto a Verónica que no tarda ni dos días en contarle a su nueva amiga que lo es. Con una seguridad en sí misma que ya quisieran muchos, le bastan tres días para hacer y decir cosas —para la visión paterna— terribles pero, como descubriremos, sin ningún otro afán que el de asustar a su amiga, generarle un estado de ‹shock› nervioso casi permanente y aprovecharse de ella para divertirse y sacar de ella todo lo que pueda. Y aquí hay una cosa interesante, porque en la película toman siempre como referencia el uso del término “bruja” como algo negativo, que no solo deriva de la magia, sino también y, sobre todo, del uso que hacían de esta para hacer el mal a otros. Es decir, cuando Verónica dice a la ingenua Flavia que ella es una bruja, ¿es esto solo un intento de llamar la atención sobre su persona o es Verónica realmente una “servidora de las fuerzas del mal en la tierra” para su amiga y los demás? Es ahí cuando, seguramente sin ser ella consciente, Flavia tiene que responder a esta pregunta que le atrae tanto como le inquieta. Pero, una vez que sepa la verdad, ¿podrá expresarla ella sin ser a su manera también una de ellas?

Todo padre teme que su hijo caiga bajo malas influencias. Al mismo tiempo, es raro que un adulto sea capaz de reconocer las señales que confirmen que su hijo se encuentra actualmente en peligro. Además del interesante planteamiento que trata, sencillamente, sobre cómo nos relacionamos a determinadas edades, en Veneno para las hadas es interesante el constante uso de la mirada infantil a lo largo de todo el metraje. Los adultos, que existen y pululan por la mayoría de las escenas, solo tienen rostro cuando este es terrorífico. Ya sea por la vejez, por la muerte o porque es el trabajador de un terrateniente muy rico (y, como buen pobre, es muy feo y tiene voz de cazallero), nuestra visión del mundo pasa a ser la de esas niñas. Por eso uno es capaz de abrazar la figura de Verónica, una niña vieja solitaria, resabiada y que guarda bastante odio algo condescendiente por sus infantiles compañeras de la escuela. No en vano, aunque estas se ríen de ella, sabe defenderse más allá de lo ficticio.

En definitiva, detrás del sugerente título hay un historia que subyuga, con un montón de secuencias que, aunque la vi hace un día solamente, se te quedan en la retina durante bastante tiempo, siendo la última seguramente la más repetida (no sé si homenajeada) en otras películas de terror, pero con otro buen puñado de planos donde, a pesar de no existir espíritus malignos o monstruos literales, siempre subyace una especie de película encantadora, preciosista y, en última instancia, aterradora sobre el acoso y el mal que los niños (y, por extensión, todos nosotros) somos capaces de hacer.

Escrito por Alberto Mulas

 

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