El libro de piedra (Carlos Enrique Taboada)

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El cine de terror mexicano siempre me ha llamado profundamente la atención debido a un singular universo que adapta a las especificidades de la cultura mexicana los esquemas clásicos generadores de sustos y congoja. Personajes tan dispares como La llorona, los gladiadores de lucha libre enmascarados enfrentados a zombies y vampiros, científicos locos que recitan El Quijote o expertos en el arte de la quiromancia aduladores de la magia negra pueblan con enorme placer los campos del cine de terror mexicano para el goce y disfrute de los fans del género.

Sin duda Carlos Enrique Taboada es uno de los grandes referentes del género de horror y suspense puramente mexicanos (sin ir más lejos Guillermo del Toro ha manifestado su admiración por el cine de Taboada), siendo uno de sus autores más reconocidos a nivel internacional gracias a películas tan emblemáticas como Veneno para las hadas, Más negro que la noche, Hasta el viento tiene miedo o esta El libro de piedra que reseñaremos a continuación. Tras iniciar una intensa carrera como guionista, Taboada dio el salto a la dirección cultivando con acierto el cine de terror y suspense, con todo hasta no hace mucho tiempo su cine fue minusvalorado por una crítica que consideraba que sus obras adolecían de la calidad y empaque suficiente como para llegar a ser considerado un maestro del arte en movimiento a veinticuatro fotogramas por segundo. Desde este pequeño espacio que ofrece la web de cine maldito creemos que este gran director mexicano merece una más que merecida reivindicación extensible igualmente para el magnífico cine de género del país azteca.

El libro de piedra es quizás la gran obra maestra —con permiso de Veneno para las hadas— de Carlos Enrique Taboada. El cineasta mexicano adoptó los paradigmas del cine gótico más puro al estilo de Otra vuelta de tuerca y por tanto del mismo modo comparable con The innocents de Jack Clayton, para realizar una obra oscura y perturbadora, dotada de un profundo sentido melodramático que a veces puede hacer olvidar que nos encontramos ante una obra enmarcada en el cine de terror. Realmente uno de los aspectos más singulares del film es su estilo teatral al emplear Taboada una fotografía de encuadres profundos y tomas largas que facilita que afloren las cualidades escénicas de los escasos actores que aparecen en la trama. Las interpretaciones huyen del realismo, abrazando sutilmente un sentido irreal y fantasioso que parece chocar con la cercana realidad que en principio desprende la película.

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Porque hay que advertir a los amantes del terror más grotesco, duro y sanguinolento que El libro de piedra carece de estos rasgos distintivos, basando su apuesta por el terror en los aspectos psicológicos de modo que los sustos y apariciones fantasmales están concentrados prácticamente en su totalidad en el último tramo de la historia. Taboada se vale de su habilidad como cirujano cinematográfico para suministrar la información con cuenta gotas por medio de las pequeñas epopeyas de suspense, en un principio inconexas, que van aconteciendo en el discurrir de la historia. De hecho hasta bien avanzada la película podemos llegar a pensar que el film va a apostar por la metáfora onírica a favor del mundo de la maldad infantil motivada por las fantasías que origina el aislamiento que supone el hecho de la ausencia de contacto afectivo más allá de los miembros de la propia familia, sin embargo los elementos que se han ido desplegando a lo largo del metraje concluyen encajando a la perfección apuntando directamente al mundo de la magia negra, el vudú y las apariciones espectrales.

Amparándose en la clásica historia de terror gótico Taboada nos narra la historia de una joven institutriz llamada Julia de la cual desconocemos su pasado e incluso su presente que arriba a la aislada mansión campestre de Don Eugenio Ruvalcaba con la misión de cuidar a la pequeña y fantasiosa hija del empresario llamada Silvia. En un principio Julia trata de ganarse el afecto de la chiquilla, a la que ve como una niña inteligente pero profundamente solitaria e incapaz de aceptar el hecho de que su padre haya vuelto a contraer matrimonio con la bella Mariana. Con el paso del tiempo Julia descubrirá que Silvia tiene un amigo imaginario al que ella llama Hugo, con el cual comparte juegos y confidencias. El misterioso Hugo no es más que  una estatua de piedra de un niño leyendo un enigmático libro de magia negra sita en la orilla del lago que posee la mansión que habita la familia. Después de confirmar este suceso con la familia Ruvalcaba, la institutriz creerá que la niña ha inventado a su pequeño compañero de diversión para lograr evadirse de la soledad e introspección que dominan su subsistencia. Sin embargo una serie de incidentes tales como el hecho de que la niña conozca las artes del vudú y la magia negra como medio de martirio en contra de su madrastra, los conocimientos de Silvia acerca de cruentos incidentes acontecidos en el pasado en el pueblo austriaco originario de la estatua o ciertos trucos inexplicables tales como la facultad que parece ostentar Silvia de resucitar lagartos hacen dudar a Julia del origen de estas funestas experiencias.

Valiéndose de las oportunidades que ofrece emplear el universo de la infancia en un cuento de terror, Taboada reinventó los esquemas del gótico anglosajón inspirado en la perversidad infantil, para mezclar este cosmos con el de las devastadoras consecuencias que acarrea el aislamiento y la falta de contacto con la sociedad en las inocentes mentes infantiles. Evitando el sensacionalismo barato, la película construye únicamente con el instrumento de la interrelación entre los cinco personajes que soportan el peso de la trama (Julia, Silvia, Don Enrique, la madrastra y el joven padrino de Silvia que aterriza a mitad de la película y que para nuestra sorpresa únicamente aporta elementos de intriga, sin tocar para nada el elemento amoroso que en principio hace suponer su llegada) una atmósfera malsana y perversa entre las cuatro paredes de la mansión, apoyándose en la incómoda presencia de la estatua de Hugo, una imagen realmente escalofriante y aterradora (la cara de Hugo con una media sonrisa diabólica es ciertamente inquietante) que confiere el espanto fantasmal preciso para situar la cinta en el universo del horror penetrante y sombrío.

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Si bien, como habíamos comentado anteriormente, la puesta en escena aplicada por Taboada desprende una cierta frialdad escénica por el hecho de modelar a los personajes con una capa de insensibilidad al fuego de las pasiones y el sexo que puede chocar a un espectador acostumbrado al terror de tripas y vísceras, este desapego buscado por Taboada surte un enorme efecto cuando aparecen en pantalla las escenas de puro terror. Así las dos apariciones espectrales de Hugo para poder hacer una idea al lector, estas apariciones nada tienen que envidiar a las del J Horror japonés más intenso ponen los pelos de punta por lo que el estilo ascético empleado la mayor parte del film logra emanar un potente shock en el espectador gracias al hecho de surtirnos con imágenes que no esperábamos encontrar en una cinta rodada con un estilo aparentemente desafecto.

Pero lo que eleva el rango de la cinta, como toda buena película de este género, es su escalofriante y místico final donde la venganza y las fuerzas que campan más allá de nuestro imaginario racional obran una macabra representación del mal que sirve de represalia en contra de los egoístas y materialistas adultos que bajo el amparo del trabajo y las obligaciones que conlleva la madurez carecen de la sensibilidad para atender y comprender las inquietudes y necesidades que exige el universo infantil. Quizás uno de los mejores finales de la historia del cine gótico y fantasmal, de una sensibilidad y capacidad artística para asustar y asombrar difícil de hallar en otras películas de género.

Con una música que ayuda a sumergir el ambiente en el escalofrío y una correcta fotografía más próxima al drama que al cine de terror, El libro de piedra es una excelente muestra del maravilloso cine fantástico mexicano que podrá servir de muestra de prueba para quienes deseen iniciarse en el universo aterrador mezcla de realidad y fantasía del que está compuesto el imaginario del horror mexicano. Joya a descubrir por estas latitudes.

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2 comentarios sobre “El libro de piedra (Carlos Enrique Taboada)”

  1. En general, el cine de terror esta muy devaluado, y no es para menos, ya que por lo regular su realización carece de una buena producción, recordemos el cine negro americano de los 60s, el cine gore italiano de los 70s, y el cine slash de los 80s que hacían gala de una pésima producción, nefasta dirección y que decir de los guiones, en general, sin origen, motivo ni sentido, donde solo resaltaban el efecto por el efecto, es por ello que los críticos más puristas, han agarrado parejo y han incluido al cine de Taboada dentro de este conglomerado de películas serie, B,C, D y de peor calidad, sin embargo el cine de Taboada en particular, resalta por un marcado esfuerzo en su realización, tanto en sus guiones, los cuales por lo regular tienen un sentido, lógica y motivación específica, como en su pulcra dirección y en su rescatable producción considerando que en nuestro país básicamente no hay presupuesto para la industria cinematográfica. A diferencia de una vuelta de tuerca que era más bien un drama, en la cual nunca sabremos, si había fantasmas, si los niños tenían el chamuco dentro, o la nana estaba viendo visiones, el cine de Taboada no es pretencioso es sencillo, te dice claramente hay un fantasma y estas son sus motivaciones, salvo en veneno para las hadas en donde te regala un verdadero relato al más puro estilo vuelta de turca, en donde te cambian la jugada manejando magistralmente el terror psicológico, y te regala un final fascinante. A pesar de sus limitaciones técnicas, el cine de Taboada se ha ganado un lugar de honor dentro de la cinematografía mexicana y la cinematografía de suspense universal.

  2. Reseña confusa, no por el lenguaje, sino por el rebuscado uso de las palabras.
    No usas bien las comas y no estructuras nada bien la secuencia de ideas.
    Repites mucho la frase «por el hecho de», lo cual convierte una apreciacion en una aseveracion.
    Se nora el animo de acentuar sus atributos, pero te pierdes en la idea.
    Al final el articulo cumple su funcion, tras la segunda leída.

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