Reprisal! (George Sherman)

En un ejercicio de nostalgia he decidido volver a los viejos terrenos que cultivaron mi cinefilia. Y es que fue el western de sobremesa sabatina el género que mejor recuerdo en mi niñez. Esas películas de «indios y vaqueros», como se llamaban entonces, que inundaron las pantallas de cine de los EEUU durante las décadas de los 40, 50 y 60 del siglo pasado y que por efecto mariposa aterrizaron en los teatros y aparatos de televisión españoles de esos años ochenta y principios de los noventa que acompañaron mi época preadolescente.

Por desgracia, a pesar de los últimos intentos llevados a cabo por jóvenes cineastas de resucitar el género a veces bajo el paraguas del cine de terror y ciencia ficción, el western es en mi opinión un género muerto e irrecuperable. Quizás por el hecho de que la épica que acompaña a sus historias no está de moda. Temas como el sacrificio, el compromiso, la defensa de los más débiles y la lucha contra las injusticias son términos que están presentes en nuestro día a día, pero que rara vez son cumplidos por quienes se dicen adalides de dichas virtudes. También porque algunas temáticas del western clásico como son el tema del racismo, el colonialismo europeo y la limpieza étnica que tuvo lugar en la conquista del oeste pertenecen al ámbito de lo políticamente incorrecto y en un mundo fino como en el que habitamos no son axiomas que nos guste que nos restrieguen por el rostro. Pero para mí el punto crítico que ha arrastrado al western al universo del olvido es su heroica. En una sociedad individualista, egoísta, revanchista, interesada, carente de valores y fomentadora del odio, la figura del pistolero altruista enfrentado a los poderosos terratenientes para luchar por lo justo es sin duda una silueta caída en desgracia al que muchos de los que caminan a nuestro lado no dudarían en etiquetar de ingenuo o tonto útil.

Recuerdo con especial cariño aquellas cintas de Howard Hawks, John Ford, Sam Peckinpah, John Sturges, Gordon Douglas, Delmer Daves, Anthony Mann, William Wellman, Raoul Walsh o Henry King entre otros muchos maestros que colmaron de fascinación mi aún imberbe mente. Todos los nombrados (y los que faltan) alcanzaron cotas inmortales en la historia del cine, siendo recordados como grandes maestros de la cinematografía mundial. Pero el western americano fue curtido por otras muchas aportaciones igualmente reseñables de nombres quizás no tan venerados, pero que igualmente guardan una especial importancia en la contribución del género a la magnificencia del séptimo arte en toda su inmensidad.

Entre estos nombres, ligados el ámbito de la producción en masa de serie B, se halla George Sherman. Fue un artesano con mucha clase que ejerció sus mejores competencias en las lindes del western de bajo presupuesto. Son incontables sus numerosas películas nacidas bajo el paraguas del desierto americano, siempre tejidas con el talento de un sastre que conocía a la perfección su oficio, y firmadas con su inconfundible sello en el que destacaban el ritmo frenético y ágil necesario para contar una historia coherente en la escasa hora y media de metraje que tenían como mucho sus mejores películas. Asimismo, ese regusto por adornar el envoltorio de sus filmes con una fotografía de contornos claramente paisajistas con el fin de agradar la mirada del espectador con bellas panorámicas del salvaje oeste fotografiado con toda su espectacularidad agreste. Y finalmente ese nutrido interés por reflejar la épica del western y su característica imaginería formada por vaqueros solitarios atormentados por un hecho de su pasado, mujeres aguerridas, villanos con pocos escrúpulos habitualmente agrupados en familias o agrupaciones de interés económico o indios maltratados por el racismo y reivindicados por la humanista mirada de Sherman, esto es, todos los ingredientes precisos para configurar unas cintas donde la acción frenética no chocaba con cierto mensaje de denuncia en favor de las minorías agredidas por el hambre devorador de un capitalismo feroz y sangriento.

En este sentido, discurre una de las joyas que adornan la carrera del estadounidense. Y es que Reprisal! adquiere la tonalidad de uno de esos productos de serie B que engordan las programaciones vespertinas de muchas de las televisiones de nuestro país que merecen una merecida reivindicación. En mi opinión nos encontramos ante una obra maestra de esa segunda división del cine del oeste americano, conteniendo muchas bondades que conviene recalcar.

En primer lugar, Sherman tejió su traje con un hilo altamente entretenido gracias a un montaje frenético que empapa el alma del film con ese sentido de la acción y de la épica tan característico del western de bajo presupuesto. Además, lejos de achacarse ante los escasos recursos con los que contaba, Sherman hizo de la escasez una virtud, engalanando el contorno visual de su obra con una fotografía de alta escuela en la que destacan unos movimientos de grúa absolutamente prodigiosos que al mismo tiempo que ayudan a avanzar el relato con fluidez fueron capaces de retratar los paisajes, cielos y montañas atravesados por los protagonistas con un gusto exquisito y maravillosamente elegante.

En segundo lugar se eleva como absolutamente esencial un guion que podría ser catalogado de convencional, pero que merced a la humildad y falta de pretensiones con el que fue escrito acabará conquistando al espectador, convirtiéndose en una perfecta plataforma sobre la que hacer reposar la genialidad de un George Sherman quien observó la honestidad de un texto que encajaba a la perfección con algunas de sus obsesiones que recorrieron su carrera cinematográfica (los ya mencionados arquetipos del pistolero atrapado por un tormento pasado, las injusticias, la reivindicación racial de la figura del indio como una víctima devorada por las ansias de poder el hombre blanco, los juicios sumarísimos emponzoñados por un jurado incapaz de impartir justicia, los linchamientos que colapsaron el salvaje oeste de árboles manchados con sangre inocente, unos tríos amorosos —que en la cinta que nos ocupa podríamos definir como cuadrilátero— que despistan al héroe de su cometido principal, unas mujeres que lejos de tener una participación meramente testimonial y recatada se alzarán como auténticas heroínas capaces de levantar la voz ante lo que consideran injusto, etc.) ofreciendo así un auténtico recital de narrativa y lenguaje cinematográfico que es todo un goce disfrutar sesenta años después de su filmación.

Y finalmente un elenco repleto de caras conocidas relegadas a la ingratitud de la segunda fila de Hollywood, en el que destaca un Guy Madison, aquí mucho más convincente que en la mayoría de sus apáticas interpretaciones, y fundamentalmente unos espectaculares Michael Pate y Edward Platt que dan el do de pecho como esos hermanos villanos y despreciables que encienden los ánimos con su sola presencia.

La cinta se abrirá con la llegada a un aislado pueblo ganadero de un solitario pistolero que se hace llamar Frank Madden a lomos de su caballo. Madden atravesará las desiertas calles de pueblo, atisbando que los vecinos se hallan ubicados en el bar del pueblo, lugar donde está teniendo lugar un juicio en contra de los tres hermanos Shipley, un trío de hombres blancos y propietarios de la mayor parte de las tierras sitas a las afueras del pueblo que están siendo juzgados por haber linchado y ahorcado a dos indios por haber atravesado sus tierras. A pesar de los esfuerzos del abogado y del sheriff del pueblo por condenar a este trío de malhechores, el jurado comprado por los Shipley absolverá de toda culpa a los hermanos, quienes celebrarán el veredicto formando una partida para arrasar el poblado indio del que eran originarios los asesinados.

Finalizado el juicio, Madden (un hombre de pocas palabras que busca vivir retirado de cualquier tipo de problemas) localizará al propietario de la tierra que acaba de comprar, quien en compañía de su joven y peleona hija (ex-mujer de uno de los hermanos Shipley) cerrará el acuerdo de adquisicion. Sin embargo, Madden pronto advertirá que ha comprado un regalo envenenado, puesto que las tierras que ha adquirido se encuentran en medio de las propiedades de los hermanos Shipley, quienes se mostrarán como unos incómodos vecinos. Igualmente el joven pistolero se encontrará en el pueblo con un inesperado amigo: un viejo indio que se asomará como el abuelo adoptivo de Madden que le cuidó en su juventud. Pues Madden esconderá bajo su apariencia de joven pistolero a un mestizo que trata de ocultar sus orígenes con el fin de poder convertirse en propietario.

En medio de esta borrasca de pasiones, Madden comenzará a intimar con la ex-mujer de uno de los Shipley quien a su vez está obsesionado con una joven india llamada Taini, acusada por los suyos de ser una meretriz a la orden de los Shipley. Toda esta tormenta se verá azuzada por las embestidas que los Shipley cometerán en contra de Madden cuando éste decide poner cercas a su propiedad con el propósito de evitar los abusos consumados por el trío de hermanos, hecho que despertará el odio y las ansias de revancha de estos villanos en contra de nuestro apacible héroe.

Sin embargo, la aparición de un indio huido de la justicia que busca vengarse de los Shipley acarreará que Madden sea acusado injustamente del asesinato de uno de los hermanos Shipley, quiénes aprovecharán este hecho para tomarse la justicia por su mano en contra del inocente Madden sin que nadie del pueblo salga en defensa del recién llegado. Suceso que desembocará en una espiral de violencia y venganza que inducirá a Madden a enfrentarse contra sus demonios para poder defenderse y salvar su vida.

Con una sabia mezcolanza de melodrama romántico azotado por esos enredos amorosos y desengaños tan típicos de las producciones del viejo Hollywood y ese western agitado por una violencia tan dura como seca, Sherman cinceló una obra majestuosa, potente y absolutamente disfrutable que en poco menos de hora y media sabe como seducir a esos espectadores amantes del western clásico. Y es que Reprisal! es uno de esos milagros amanecidos de la producción en serie del western de los años cincuenta que aúna con mucha sabiduría el entretenimiento, la espectacularidad, la épica, la violencia, la demanda de un trato justo en favor de esos indios vilipendiados en el western del pasado y ese sentido homenaje al nacimiento de una nación que fue forjada a fuego y sangre, pero que tras el rastro de cenizas dejado por las explosiones de la pólvora supo resarcirse mediante unas historias que bajo su aparente discurso escapista, encerraban en su ser unos mensajes esperanzadores y humanistas que sirvieron para legar al cine unas historias donde la tragedia griega se daba la mano con el cómic juvenil de fin de semana. Y en este sentido, George Sherman fue uno de sus mejores exponentes.