La alternativa | Ha nacido una estrella (George Cukor)

A finales de los años treinta, época en la que el cine sonoro ya había consolidado su formato y lenguaje narrativo, el maestro William A. Wellman dirigió y escribió uno de esos melodramas de sostenido temperamento lacrimógeno que tan buenos resultados habían cosechado en esa década. Con Ha nacido una estrella el autor de obras cumbre del cine negro y del western clavaría una pica en Flandes de manera demoledora, creando una cinta emblemática, inolvidable y referencial que se ha situado en una posición envidiable con el transcurso de los tiempos. Creo que el maestro no tenía en su mente que su film iba a convertirse en un emblema de un género que no fue donde más destacó precisamente, y que el mismo iba a ser remakeado años después en tres ocasiones, la última bajo el paraguas de un Bradley Cooper que parece puede convertirse en el nuevo Kevin Kostner del siglo XXI, pues todos los augurios vaticinan que se puede elevar como el gran triunfador de la próxima Gala de los Oscar con su debut en la dirección, beneficiado del resurgimiento de una Lady Gaga siempre insinuante y seductora en cualquier faceta que se plantee acometer.

Parece que el remake de Cooper casa bastante más con el efectuado en los años setenta por Frank Pierson con Kristofferson y la Streisand como pareja protagonista, si bien queremos aprovechar esta oportunidad para rescatar uno de los mejores musicales de todos los tiempos, dirigido allá por el año 1954 por el no siempre valorado en su justa medida George Cukor, cineasta poseedor de un curriculum envidiable y sin duda una de las luminarias del viejo Hollywood al que no está de más recordar de vez en cuando ante tanta reivindicación de supuestos nombres menos conocidos y, en mi opinión, más mediocres que este esteta ‹storyteller›. Y es que el Ha nacido una estrella  de Cukor fue un reto en toda medida, pues supuso la apuesta del gigante Warner Bros para enfrentarse con la MGM en su propio terreno, el del género musical, dado el poderío y liderazgo del estudio del león en este género, demostrado a lo largo de la década de los 40 y los 50 con nombres como Vincente Minelli, Gene Kelly, Stanley Donen, Charles Walters o George Sidney en su haber.

Para ello contó con el regreso de la eterna estrella del musical de la Metro, una Judy Garland que se había desvinculado de la compañía del león unos años antes. En este sentido Ha nacido una estrella supuso el retorno de la Garland al cine después de unos años desaparecida de las carteleras (quizás los años de sus mayores tormentos pues este lapso coincidió igualmente con su desvinculación del maestro Minelli). Y para acompañar esta resurrección, los magnates de la Warner no dudaron de rodear a su flamante fichaje de un elenco portentoso con James Mason, Jack Carson y Charles Bickford, que pusieron toda la carne en el asador y su buen hacer para acompañar a una Judy Garland deslumbrante y poderosísima.

Se nota que los productores de la Warner tiraron la casa por la ventana disfrazando con todos los lujos y parafernalia precisos una producción tan hipnótica como espectacular. Esto es fundamentalmente Ha nacido una estrella, cine espectáculo en estado puro pulido por la mano precisa de un estilista como Cukor que dominaba el melodrama como nadie legando esa manera de enfocar y captar los sentimientos a flor de piel que escupían sus personajes con esa elegancia supina carente de sensiblería y exageración. Uno de los puntos que Cukor salvó con sobresaliente es ese complejo engarce que suponía desarrollar un melodrama desgarrador y desesperado dentro de los paradigmas del musical, el género capaz de alegrar el día a cualquier desesperado de la vida. Y ello lo logró con solvencia y valentía, derritiendo en las mimbres del musical esa tragedia griega del original de Wellman en la que el sacrificio y la desgracia colmaban el ambiente, supurando las heridas que se dejan entrever a lo largo de las casi tres horas de metraje ciertas gotas de comedia y desenfado ideales para arrancar esos números musicales pintados en un mágico technicolor que entra por los cinco sentidos.

Cukor anticipa con diez años de adelanto el que sería uno de sus grandes éxitos, su inolvidable My Fair Lady, moldeando una especie de mito de Pigmalión con más desgarro que su precedente, aunque siempre con un tono conmovedor no exento de sonrisas. Aquí volvemos a esa típica historia de chico descubre a chica, ambos se enamoran, bailan, ríen y finalmente por sus propias circunstancias y los avatares del destino lloran. De este modo se nos presentará a Esther (Judy Garland), una joven talentosa que malgasta su aptitud para el vodevil en locales de mala muerte cantando a la espera de una última oportunidad quien se encontrará con Norman Maine (James Mason) un decadente actor maltrecho por el alcohol y sus malas decisiones quien, enamorado de la voz de la joven, se convertirá en su descubridor y apoyo incondicional. Maine moldeará a Esther a su forma de concebir el mundo del espectáculo, con avidez de aplauso y grandilocuencia, con el fin de que su hallazgo reverdezca el éxito que Maine perdió por sus adicciones y malas formas.

Así Esther alcanzará el éxito, la cumbre del espectáculo, el aplauso de un público y magnates encandilados por un grito atemperado y adiestrado por ese viejo desecho del Hollywood dorado que jamás supo dar un retiro honorable a sus otrora niños mimados, mutado en un espíritu que vaga sin pena ni gloria como acompañante de su esposa, arrastrando su decadencia por el camino de baldosas amarillas que pisará su pareja. Cukor conjuga con sabiduría y cierta sorna el drama con la comedia, mostrando la delgada línea que separa el éxito del fracaso a través de la relación profesional y conyugal de una pareja aparentemente enfrentada como la de Esther y Maine, que adquirirán la forma de la vida y la muerte confrontadas, el éxito y el fracaso, el aplauso y el olvido, el vigor y la dolencia, la risa y el llanto, la caricia y el dolor existencial… Es decir, todos los grandes temas tocados por las producciones más exitosas de Hollywood desde sus inicios hasta la actualidad, hilvanados de una forma inteligente y diferente por un Cukor en estado de gracia que vio la oportunidad que se le presentaba para lanzar una afilada crítica a lo que se movía entre las bambalinas de los estudios cinematográficos, con esas marañas, laberintos y juegos de mentiras y apariencias presentes en los camerinos y despachos de los estudios hollywoodienses. Cukor no siente ningún tipo de compasión hacia los productores y mandamases que asimismo trataron de arruinar su carrera merced a su conocida homosexualidad, hincando el diente en las miserias y vilezas emanadas de la industria estadounidense, mostrando ese carácter autodestructivo y devorador de conciencias irradiado desde las montañas californianas.

A destacar la lujosa producción que ostenta una obra que estampa todo ese influjo narcótico y surrealista propio del technicolor y la profundidad de ese cinemascope irrepetible. Los números musicales igualmente son numerosos e impecables gracias a una Judy Garland revitalizada y arrebatadora que descoserá con su voz y desgarro esos portentosos arreglos hechos a su medida, siendo especialmente memorable la interpretación de un número clásico del musical bajo los acordes de The Man That Got Away, pieza del jazz que bajo la humeante imagen captada por Cukor y la avasalladora interpretación de la Garland quedará guardada en lo más recóndito de la memoria colectiva. También para el recuerdo y la lágrima la pieza It’s a New World, secuencia de una intensidad e intimidad fuera de toda duda.

Podría seguir enumerando números musicales prodigiosos y admirables, pero eso queda como ejercicio para quien no haya visto aún esta obra cumbre del cine estadounidense y se atreva a descubrirla. Un cine ya extinguido y al que merece sin duda la pena regresar de vez en cuando. Pero, lo que más llama la atención y convierte a esta Ha nacido una estrella en un film de otra liga es su exquisito y riguroso análisis de esa cara oculta de la industria americana, de los efectos que el olvido y el desprecio pueden ocasionar a esas almas débiles que no esperaban un revés tan temprano en sus vidas y a las que no les quedará mas refugio que el alcohol, de los sacrificios que a veces encierra el amor desesperado y las relaciones matrimoniales convertidas en una prisión para el progreso y el éxito sin fronteras, de esas frustraciones superadas a través de la observación del avance de la carrera de la persona que más quieres, esto es, un compendio de esos grandes misterios ligados a la existencia y a la condición humana. Esto es cine, esto es el viejo Hollywood.