Queridísimos verdugos (Basilio Martín Patino)

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El cine español le debe al maestro Basilio Martín Patino buena parte de las obras más subyugantes, inquietantes, magnéticas y singulares de toda la historia del séptimo arte patrio. El salmantino, además de ser un cineasta innovador e inconformista donde los haya, ha sido y es uno de los autores más afilados e independientes de nuestro cine y quizás por ello, es decir por su independencia inquebrantable, sea también nuestro cineasta maldito por excelencia. Conocí el cine de Basilio gracias a la inestimable labor que las Bibliotecas públicas madrileñas han desarrollado en los últimos años a la hora de fomentar la cultura cinematográfica entre los más jóvenes. Fue con un DVD de ese auténtico peliculón de la Nouvelle Vague patria que es Nueve cartas a Berta. La película me resultó fascinante, totalmente alejada de lo que yo conocía del cine español de los sesenta. Me pregunté de inmediato… ¿Quién es el director de esta maravilla? Su nombre no me era desconocido, pero… no era Carlos Saura, ni Miguel Picazo, ni Mario Camus, ni Francisco Regueiro, es decir, no era uno de los nombres más conocidos de aquello que se llamó el Nuevo Cine Español de los sesenta.

No dejé pasar ni un minuto, poniéndome a investigar súbitamente quien estaba detrás de ese nombre tan pintoresco. Así pasadas dos semanas Basilio logró de nuevo impactarme con dos documentales que para mi gusto, son dos de las obras maestras más imperecederas que posee nuestro cine: Canciones para después de una guerra y Queridísimos verdugos. Este último título me provocó un shock que aún guardo en lo más recóndito de mi memoria a largo plazo. No había visto una película documental igual que esta en toda mi vida. Rodada en los años setenta, su estilo y espíritu me pareció más moderno y transgresor que cualquier documental contemporáneo. Estoy seguro que cualquier persona que se enfrente por primera vez a esta pieza monumental del arte español sentirá al igual que yo en su momento un escalofrío estremecedor al finalizar la película. Y es que Queridísimos verdugos es sin duda uno de los testimonios más inquietantes, valientes y en cierto modo surrealistas acerca de la pena de muerte jamás llevado a la pantalla grande a la vez que un retrato cristalino y transparente de aquello que se tiene a bien denominar la España profunda y analfabeta, más próxima en su concepción de la sociedad a un país primitivo que a lo que tenemos a bien en considerarnos, esto es, un país europeo y civilizado alineado con el universo occidental y moderno. Estamos hablando de un lapso temporal de hace cuarenta años…vamos que a día de hoy creo que este documental nos demuestra que el disfraz aparente que creemos haber vestido desde la transición es solo un engaño y seguimos formando parte del retrato que nos dejó para la posteridad el maestro Patino.

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La película es increíble desde su primera secuencia. Una música de cánticos gregorianos nos presenta a un hombre de avanzada edad que parece pertenecer a la clase media baja de nuestro país. Este hombre que responde al nombre de Antonio López es un pacense que nos relata una serie de acontecimientos de su vida, desde sus primeros oficios como cerrajero o albañil, su numerosa familia, su condena carcelaria por haber sido acusado por un robo en su juventud, un choque que tuvo con su mujer a los 17 años que le obligó a contraer matrimonio así como su experiencia en la legión en la Guerra Civil Española y su posterior alistamiento en la División Azul. Toda esta narración continúa de manera natural hasta que Antonio descubre su identidad al espectador: es uno de los tres verdugos (o ejecutor de sentencias) que aún existían a principios de los años setenta en España.

Esta breve carta de presentación dará lugar a la reunión de Antonio con sus otros dos compañeros en activo (Vicente Copete y Bernardo Sánchez) tanto en una bodega de vinos sita en Badajoz como en una terraza en el Barrio del Albaicín de Granada, de modo que estos extraños y estrafalarios personajes darán testimonio con todo lujo de detalles y total naturalidad de sus actividades y experiencias acontecidas a lo largo de sus carreras como ejecutores de sentencias de la dictadura franquista.

La cámara de Basilio Martín Patino se fija en las conversaciones de taberna entre los verdugos insertando pequeños flash en los que se repasan parte de los crímenes más sangrientos y violentos ocurridos en aquellos años de dictadura. Estos flash son aprovechados por el director salmantino para describir con todo lujo de detalles, como si de un cronista de un noticiario se tratara, los sucesos que dieron lugar a la ejecución de los condenados a garrote vil e igualmente para dar la palabra a toda una serie de profesionales y funcionarios (desde abogados defensores, médicos, funcionarios de prisiones o incluso la familia de un condenado a muerte) que ofrecen su opinión arriesgada y valiente acerca de la pena de muerte y la crueldad de la técnica del garrote vil (procedimiento de una ferocidad medieval solo comparable con las torturas inquisitorias —como todos los mecanismos de ejecución— instaurado como protocolo oficial del Reino por un Real Decreto dictado por Fernando VII en el cual abolía la horca como instrumento ejecutor de las condenas de pena de muerte por el garrote vil).

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Aparte de los testimonios filmados por Patino, éste no duda también en describir el funcionamiento de la mortífera técnica explicando al espectador en que consiste tal aberración adornando esta descripción con funestos y tenebrosos dibujos de corte medieval y fotos realistas en los que la muerte es la protagonista. Así sabremos que el garrote vil consiste en un collar de acero en el que se inserta un tornillo que al girarlo produce la ruptura del cuello de la víctima por desbrozamiento de los huesos que constituyen la armadura que da consistencia cervical a esa débil parte de nuestro cuerpo. Patino nos horrorizará a lo largo del film demostrando que esta técnica, la cual supuestamente provoca la muerte en el acto del reo, es en realidad un espeluznante instrumento de tortura que en la mayor parte de los casos infligía una muerte lenta y agónica a los condenados a muerte.

Hipnótica y perturbadora es la narración de casos tan famosos como los del asesino de ancianas Jarabo o del anarquista Salvador Puig Antich. Pero quizás las más fascinantes historias de ejecuciones sean las del gitano de Almendralejo, la de una envenenadora, la de un vagabundo de 19 años que violó a una niña (con aterradores testimonios de la familia de la niña asesinada) o el vector en el que seremos testigos del sufrimiento del padre y la madre de un soldado condenado a muerte por asesinar a dos mujeres en Gandía, ante la incertidumbre sobre si su hijo recibirá el indulto o finalmente será ajusticiado.

Todas estas pequeñas historias de la España negra y rural sin embargo son en cierta medida empañadas por las charlas que nos brindan los tres verdugos, los cuales con una naturalidad que hiela la sangre hablarán sin reparos de las diversas ejecuciones que han llevado a cabo a lo largo de su trayectoria profesional, hablando de la muerte del prójimo como si de una conversación entre aficionados al fútbol se tratara. Así charlan sobre un cuello roto como si fuera un gol en el último minuto que proporcionó la victoria al equipo de sus amores o del fallo en la ejecución de la sentencia y la consiguiente agonía del reo como si esto fuese un penalty fallado. Así entre chatos de vino, chascarrillos, chistes y versos recitados de memoria los verdugos conversan con una franqueza y confianza difícil de aceptar por un espectador de hoy en día.

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Uno de los aspectos que más me hechizan del film es el hecho de que a Patino le basta con dibujar los hechos tal como son, sin máscaras ni giros interesados, para aterrorizarnos con una inteligencia maestra. Se nota que los tres verdugos se encuentran a gusto delante del objetivo manejado por Patino y este es el punto clave para que el film sea la obra cinematográfica cumbre que es. Así éstos desnudan sin rubor sus personalidades para que sean observadas por los espectadores. De este modo adivinaremos que tanto Antonio como Vicente son dos hombres de clase baja casi analfabetos a los que la necesidad económica empujó inicialmente a ejercer la labor de ejecutor de sentencias, pero que tras el paso del tiempo y la compañía invisible de la muerte en su rutina laboral, esta inicial reticencia ha desaparecido y por tanto se han convertido en auténticos criminales oficiales carentes de sentimientos de culpabilidad y por tanto de una frialdad que aterra. En cambio Bernardo es un auténtico freak. Un hombre que camina por las calles empinadas del Albaicín con una siniestra capa negra y un trasnochado sombrero de copa cuya aquiescencia mental parece haberse perdido entre los montes granadinos. Bernardo reviste la capa de un iluminado cantaor de flamenco y coplillas recursos estos que utiliza para aparentar ser una persona abierta y extrovertida, pero que terminan convirtiéndole en una caricatura a la cual parece le falta un tornillo de cordura.

Me encanta este film y es por ello que reivindico el mismo como uno de los documentales más potentes y extraordinarios de la historia del cine. Más allá de su escenario puramente local, la cinta seguramente será igualmente hipnótica para cualquier espectador de nacionalidad no hispana. Y ello es posible gracias a la genial labor de Patino, el cual con la sola posesión de una cámara, un montaje innovador y su capacidad para convertirse en un trovador de historias capaz de reflejar la esencia natural del lugar y las gentes que pasan delante del foco de su cámara legó a las generaciones venideras de cinéfilos un documento único y atemporal que trazó un dibujo especular de la forma de ser de un país ajeno a la intelectualidad de Patino que el cineasta trató de transformar radicalmente para bien de las generaciones futuras. Querido Basilio, esa transformación se produjo como tú muy bien sabes, pero en esencia… creo que seguimos siendo los mismos verdugos disfrazados con piel de cordero degollado. Gracias maestro por tu arte.

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