Paul Schrader… a examen (III)

Se puede catalogar a Paul Schrader como un gran contador de historias en el cine, sea como guionista o como realizador. Posee un talento admirable para la construcción de un argumento fílmico e impregna coherencia e interés a la estructura narrativa.

Schrader quiso ser de joven un crítico de cine pero con el tiempo terminó criticando a la sociedad y al comportamiento humano en sus películas. Se inició en el mundo del Séptimo Arte como guionista de dos espléndidas cintas: The Yakuza, de Sydney Pollack, y Taxi Driver, de Martin Scorsese. Su debut como realizador también fue espectacular.

Blue Collar fue su carta de presentación como director en 1978. La película se adentra en el comportamiento sindical de una fábrica de automóviles de Detroit, en donde tres obreros se unen, por sus necesidades económicas, para robar una caja fuerte de la organización y, para su sorpresa, no encontrarán dinero sino evidencias de préstamos usureros ilegales que podrían hundir a los jefes laboristas. Sin embargo, su descubrimiento hará que se enfrenten a un mundo mafioso y pagarán las consecuencias.

El gran director estadounidense configura una sensacional entrada en este filme, que será el sustento para la magistral continuidad que dará al resto de la historia. El alucinante ritmo de la canción Hard Workin’ Man (de Captain Beefheart) establece un mágico momento de tensión y de fortaleza expresiva para describir las relaciones interpersonales en el interior de una fábrica. La partitura tiene la virtud de parecerse a latidos estruendosos que alertan una inminente explosión en las propias entrañas de la convivencia laboral.

Desde ese momento, tres obreros tomarán el protagonismo total del film Zeke, Jerry y Smokey, interpretados por Richard Pryor, Harvey Keitel y Yaphet Kotto respectivamente. Ellos serán el ejemplo de una especial amistad que creció por su condición de compañeros y porque conocen un secreto en común. No es precisamente una relación en donde se cultiven valores sino más bien intereses.

El duelo actoral entre este trío es lo mejor del filme, cada uno ejemplifica con realidad y firmeza sus respectivos roles, pero es Pryor quien deslumbra por su impresionante faceta interpretativa, alejada de ese encasillamiento cómico, casi burlesco, que asumiría luego en el cine. Él se encargará de representar a un ser con cierta amoralidad y para quien las condiciones de su entorno pueden convertir a su característica audacia en desesperación, en temor y también en arribismo y traición. El semblante que asume al final del filme es muy representativo e icónico.

La cinta es un espejo de cómo un sistema de organización sindical se convierte en un juego de poder entre sus miembros, en donde la protección de los derechos no responde a convicciones políticas sino a intereses de altos mandos corrompidos. Aplicarán cualquier principio que conlleve a cumplir con sus objetivos, entre ellos el dividir para reinar y desaparecer a testigos.

Tal como se delata en el título del filme, Blue Collar se adentra en el mundo de los trabajadores de cuello azul, como se conoce en Estados Unidos al personal de menor jerarquía de una empresa. Enfoca con realismo su cultura y conducta que, en muchos de los casos, no se circunscribe en la sensatez sino en decisiones o modos de vida que son fruto de la desesperación o del instinto de supervivencia en un sistema injusto.

Esta gran película de Paul Schrader muestra, con intención crítica e irónica, las dos caras de la moneda del progreso económico, pues mientras en el interior de la fábrica las irregularidades campean, con asesinato incluido y con un comportamiento cada vez más irracional del sindicalismo, aparecen escenas en donde un gigante marcador de una avenida de la ciudad se jacta del ascenso constante en el número de la producción automática de automóviles. Es la demostración de que el mundo placentero sigue su marcha, aunque sus impulsores operativos se estén despedazando.

Los reproductores de un sistema de poder tienen la osadía de utilizar todas las herramientas que estén a su alcance para protegerlo y mantenerlo en el tiempo, aunque para ello se sirvan de la ignorancia y de los prejuicios culturales de las clases bajas. Esta idea la representa eficazmente Schrader con una sensacional escena final que constituye el clímax idóneo que ya se lo presentía cada vez que aparecía la potente melodía de Captain Beefheart. La imagen paralizada se encargará asumirá dotes expresivos de gran impacto emocional.



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