Nadie nos mira (Julia Solomonoff)

Comenzando por el propio título, no existen objeciones ante una obra que acierta desde su frase inicial. Pero el prejuicio que puede surgir antes del visionado de Nadie nos mira, si no se ha leído la sinopsis, visto el trailer o buscado alguna información promocional, podría ser la confusión porque, tal vez, su título engañe sobre la procedencia genérica del tercer largometraje dirigido por Julia Solomonoff. No se trata de un film de terror, aunque la frase —extraída de algunos diálogos de la propia cinta— evoca muestras como Nos miran No dejes de mirar. O esa implicación de un testigo en primera persona que también alude a productos de suspense. Por otra parte podría parecer un título pícaro, de comedia con guiño al espectador, característico en Mira quién habla, continuaciones o similares imperativos vodevilescos como Sé infiel y no mires con quién. La certeza es que su título funciona como un reclamo efectivo para despertar el interés de un público que pudiera buscar producciones de aquellos géneros. Pero lo esencial es que no despiste el grupo de espectadores al que le gusta ver películas con guiones bien escritos, pegadas en su desarrollo al pulso de personajes humanos.

La cineasta procedente de Argentina coescribe también —junto a la guionista griega Christina Lazarido— un largometraje que se puede considerar un melodrama de corte clásico, tan raro en un cine contemporáneo que permeabiliza cada vez más los rasgos genéricos contrapuestos. Es decir, combina suspense más romance; acción y aventuras; musical con drama; comedia con casi todos. Por estas razones destaca la pureza genérica voluntaria o fortuita, extraña en el cine contemporáneo, esta etapa de actualidad que solo permite obras estrictas en producciones recientes de terror, alguna comedia y cualquier saga que adapte personajes novelescos de éxito mundial, del comic e interminables series de superventas literarios.

El melodrama lo usan como línea maestra para que resulte más soportable el descenso personal del protagonista, hasta llegar al pozo en su involución profesional y afectiva. Un libreto trazado con el aliento de los representantes más conocidos en el sistema de estudios clásicos como King Vidor, Douglas Sirk o George Cukor, tal vez sin su alcance estético o legendario. La película se halla más próxima al ritmo de la generación posterior de cineastas norteamericanos, la surgida en la televisión de los años cincuenta y sesenta, con Frankenheimer, Kramer y Mulligan entre otros, autores en los que se reflejan mejor los rasgos formales de la directora. Solomonoff abandona cualquier tentación de glorificar el escenario que aporta la ciudad de Nueva York, sin mostrar una visión horrible tampoco, de la fotogenia metropolitana característica de ese centro urbano. Eso sí, la cualidad humana de los habitantes siempre aparece reflejada en conductas educadas, pero sin empatía, por parte de los dependientes de un supermercado al que acude a comprar Nico, al mismo tiempo que realiza pequeños hurtos aprovechando su trabajo como canguro del bebé de su amiga Andrea, robos que las cajeras y personal de la tienda ignoran en varias secuencias. También se completa esta indiferencia endémica de las capitales mundiales, con personajes como el del marido de su amiga y otros más episódicos. La frialdad del entorno es compensada por el actor Guillermo Pfening, un intérprete con dos décadas de actuación a sus espaldas, que ahora despunta entre esas primeras figuras tan conocidas de la cartelera cinematográfica de Argentina. En un papel que logra una capacidad de simpatía constante, con las dudas, elecciones buenas o erróneas, el cariño paternal por el niño que cuida. O sobre todo ese primer plano cercano al final, en el que nos mira desde su propio reflejo. Nico es un compendio de amor no correspondido, tanto el que pide al compañero que lo utiliza a su antojo. Como el que ya no profesa por su anterior novio, totalmente entregado a él. Gracias a esta mezcla de virtudes y defectos, conectamos con la presencia, vicisitudes y su decadencia emocional, de la misma forma que los sufridores protagonistas del melodrama clásico.

Por fortuna, el viaje de regreso desde la banalización conseguida en este género por series de televisión, telefilmes y —por encima de ellos— la telenovela folletinesca, es un trayecto que recupera la esencia de los elementos argumentales. Uniéndose a su enemigo en la condición irónica del protagonistas, un actor de telenovelas, al igual que varios de los personajes principales. Dignificada por una producción independiente que aprovecha todos sus recursos. Con buen ritmo, sin más riesgo que buscar esa esencia. O con todo el riesgo que esto supone, en una era tan prolija a las referencias cruzadas, vengan o no al caso de la historia que se narra.