Mariana Rondón… a examen

Mariana Rondón ha triunfado últimamente en festivales como el de San Sebastián o el de Mar de Plata con su película Pelo Malo, en la que un niño cuenta su propia historia mientras, a su alrededor, persiste un entorno político y social complicado que no comprende en su totalidad.

Esta idea de usar el punto de vista infantil no es nueva. Diversas películas hispanoamericanas ya han aprovechado la candidez infantil para ilustrar un conflicto en largometrajes como el clásico Machuca o, más recientemente, De jueves  a domingo. La propia Mariana Rondón tiene un trabajo no tan desarrollado con una premisa similar en su anterior film, Postales de Leningrado.

Esta obra nos remite a la Venezuela de los años 60, y más concretamente a una patrulla guerrillera de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional. La historia se cuenta desde el punto de vista de dos niños: la narradora principal, hija de una de las guerrilleras cuenta como fue su alumbramiento y como toda su vida se ha dedicado a esconderse y pasar desapercibida junto a su madre. Por otro lado está su primo Teo, un niño que vive con sus abuelos y que todo lo que sabe de su propia madre es lo que esta le cuenta a través de unas postales que le manda desde Leningrado.

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Lo cierto es que, si bien el punto de vista infantil aporta un marco interesante, también es necesario que esto exige al espectador conocer un mínimo del contexto histórico para saber porque ocurre lo que ocurre y valorar de forma adecuada la interpretación infantil que se hace.

Dicho esto, Mariana Rondón utiliza otra técnica que puede resultar controvertida: los saltos temporales. En lugar de ser una historia lineal los acontecimientos no siguen un orden cronológico: parece más bien como si todo el hilo argumental fuese derivado de una especie de monólogo interior infantil. Y por supuesto, esto indica que tendremos que intuir elementos claves del guión como el de las relaciones entre los personajes, la realidad subyacente o incluso la localización geográfica en ocasiones.

Pero, por una de estas ironías del destino y del arte, ese óbice que nos impide acceder a la narración en todo su esplendor es, asimismo, lo que la dota de mayor grado de fortaleza. El hecho de que todas las explicaciones que se den sean las que un adulto le puede dar a un niño para hacerle entender algo permite también que podamos ver cuales son los peligros a los que se enfrentaba la Fuerza Armada de Liberación Nacional.

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De este modo, los miembros de la guerrilla tienen una dobla vertiente: por un lado, tienen que ocultarse y seguir con su actividad a ojos del mundo, y por otro lado tienen también que dar una apariencia de normalidad ante sus pequeños vástagos, que muchas veces colaboran en la misma sin tener claro que están haciendo. Así, escenas como la persecución de la madre de la protagonista (cuyo nombre no sabemos) o la huida de la cárcel de su padre se antojan un doble juego que conectará con el espectador más avispado.

La acumulación de distintos elementos del lenguaje cinematográfico (Cine dentro del cine, imágenes de archivo de los años 60, thriller, drama histórico, historia familiar) puede resultar un tanto excesivo. No deja de ser interesante aprovechar las ventajas de las distintas opciones al alcance, pero lo cierto es que al final uno agradecería una apuesta más en firme.

En conclusión, este primer trabajo con voz infantil de Mariana Rondón, pese a lo confuso que puede resultar en algunos momentos, ya mostraba muchas de las virtudes que, una vez pulidas, han hecho que la nueva película de esta directora este triunfando por el mundo. Ya lo decía Skip West: Los niños son el futuro.

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