La alternativa | Bajo California: el límite del tiempo (Carlos Bolado)

Las road movies, pese a ser un género típicamente norteamericano, siempre han estado muy presentes en latinoamerica. En los últimos años hemos podido ver desde Historias mínimas hasta Negocio Redondo, pasando por grandes obras de los últimos años como Las acacias o De jueves a domingo. Y es que el nuevo mundo, siempre en búsqueda de superar su crisis de identidad, encuentra en estas películas unas características que permiten dar salida a sus más profundas reflexiones. Ya decía John Steinbeck que “No son las personas las que hacen a los viajes, sino los viajes los que hacen a las personas”

Aunque ahora esté en boca de todos la nueva película de Emilio Aragón, lo cierto es que las road movies mexicanas ya habían aportado grandes obras al séptimo arte. Es el caso de Bajo California: el límite del tiempo, cinta dirigida por Carlos Bolado en 1998, caracterizada por una sutileza maravillosa y extraordinaria.

El film de Bolado es un auténtico ejercicio que demuestra esa idea de que el viaje es una suerte de descubrimiento de uno mismo. La película habla del viaje de Damián Ojeda, un artista que viaja hasta San Francisco de la Sierra para ver las famosas pinturas rupestres del lugar. Al mismo tiempo, en esta travesía, el artista pretende expiar su propio pecado, que tiene que ver con un atropello involuntario cometido tiempo atrás.

Además, el protagonista,  que aprovechará el marco que ofrece el paisaje de la baja California para inspirarse artísticamente, irá dejando su propio sello en aquellas tierras, en forma de magnas obras cuyo valor, al menos simbólicamente es innegable.

Y es que esta cinta es un canto al simbolismo. Cada detalle, cada escena, deja símbolos para que el espectador analice lo que está pasando. Llena de silencios y de escenas hechas para observarlas con atención, exige la total atención del que la ve para que comprenda lo que está sucediendo en pantalla. La poesía visual es lo que tiene.

Especialmente interesante es ir analizando los diferentes personajes con los que se encuentra Damián durante su travesía. Todos ellos, apareciendo apenas unos minutos en pantalla, aportan algo al viaje interior del artista y, por tanto, a la película. Desde el nativo que busca intercambiar sus sombreros hasta el policía que le pide sus credenciales para dejarle pasar, ya se suele decir que lo que hace un viaje más o menos especial es la gente que uno se encuentra en el camino, una idea con la que se juega mucho.

La segunda pata de Bajo California: el límite del tiempo es la dirección fotográfica. Los paisajes con los que uno se va encontrando son extraordinarios. Mar, desierto, montañas y pinturas rupestres, todo en la misma zona. La obra explora los escenarios que ofrece esta zona del mundo y nos deja con ganas de visitarlos, ya que consigue encontrar la belleza escondida en los yermos páramos. Además, las propias piezas artísticas que crea el protagonista contribuyen a modelar este paisaje.

La última pata del trípode que convierte esta película en una obra de las que hay que ver es la propia evolución del protagonista. Damián Alcazar es el principio, el fin y el centro de la narración, que cuenta de forma extraordinaria su tormento interior y como va superándolo gracias a su larga marcha. De este modo, si conseguimos sacar algo en claro de los símbolos, el tiempo y los cambios sufridos por el protagonista, encontraremos todo el fondo de la película. Y la verdad es que, una vez encontrado, es una historia maravillosa.

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