Los muertos no mueren (Jim Jarmusch)

«Oh, the dead don’t die
Anymore than you or I
They’re just ghosts inside a dream
Of a life that we don’t own
They walk around sometimes
Never payin’ any mind
To the silly lives we lead
Or the reaping we’ve all sown»

Sturgill Simpson (The Dead don’t Die)

El mundo zombie siempre se ha configurado como una suerte de espejo deformante donde apreciar distintos rasgos caracterizadores que han definido a la sociedad de cada momento. Más allá del terror puro, las criaturas imaginadas por George A. Romero o Richard Matheson han representado una metáfora de ciertas tendencias políticas o sociales: el racismo soterrado pero imperante en el Estados Unidos de los sesenta en La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, George A. Romero 1968), las tendencias consumistas de esa misma sociedad en Zombi (Dawn of the Dead, George A. Romero 1978) o la imposición de una uniformidad socio-ideológica en la (magnífica) novela de Richard Matheson Soy Leyenda, de la que destacamos la adaptación al cine realizada por Sidney Salkow y Ubaldo Ragona en 1964, El último hombre sobre la tierra (The Last Man on Earth).

Tomando como ejemplo esta última, se podría apreciar también en su conclusión una especie de discurso metalinguístico sobre la propia génesis del relato entendido como tal: ¿cómo nacen las historias? ¿cómo se ajustan las mismas al tejido generacional en el que se imbrican?¿son las narraciones las que, al crearse espontáneamente, cohesionan la sociedad a la que pertenecen, o es ésta la que las crea con un talante determinista, preconcebido? En este tipo de contexto es donde cabe situar la última película del director Jim Jarmusch, Los muertos no mueren (The Dead don’t Die, Jim Jarmusch 2019).

En esta inclusión del realizador de Ohio en el ‹mondo zombie›, somos testigos de la zombificación de la localidad de Centerville (metafórico microcosmos de lo que se ha venido a denominar la América de Trump), pequeño pueblo que se ve asolado por el virulento despertar de los fallecidos como consecuencia de algún tipo de proceso artificial de transformación del paisaje (concretamente el ‹fracking›) que genera consecuencias sobre la misma rotación de la tierra (sic!).

Aquí, la propia vagancia en la tesis explicativa que (supuestamente) sostiene dichos efectos, da una idea de que más que una denuncia de carácter ideológico o ecologista, lo que subyace es la plasmación de cierta cultura de lo conspiranoico en la sociedad de nuestros días. No es preciso explicar más sobre el nacimiento de zombis porque nosotros, en conjunto, estamos preparados para aceptar cualquier teoría que se nos lance al respecto, por más ridícula que pueda sonar ésta. Jarmusch da así pruebas de su interés en cómo interpretamos los hechos, en esa génesis de las narraciones a la que hacíamos mención anteriormente cuando hablábamos de la pieza de Matheson y de qué manera esta traslación metanarrativa caricaturiza, en cierto sentido, a la sociedad que le da origen.

No es éste el único caso en que el autor de Stranger than Paradise o Night on Earth utiliza, a lo largo del filme, el proceso de transformación de los no-muertos (o las características de los mismos) para hacer patente su desconexión social con el Imperio de lo zombificado. Es necesario hacer mención, por poner un ejemplo, al momento en que un grupo de abobados revividos buscan con sus teléfonos móviles una conexión inalámbrica mientras gruñen «wi-fiiiii» en una remembranza, según la tesis de la propia película, de aquello que más les importaba durante su vida plena.

Cuál podría ser la diferencia, cabe preguntarse entonces, entre estas carcasas humanas que intentan repetir sus comportamientos conscientes y las personas que una vez fueron. Y, lo que quizás sea más importante, en que estadio de deshumanización nos encontramos en la actualidad: ¿somos seres conscientes capaces de decidir por nosotros mismos o el eco desnaturalizado de aquello que una vez fuimos?