Lo mejor de 2018 por… Cristina Ejarque

Si echo la mirada atrás encuentro un año donde, por una vez, diez películas me parecen pocas, me falta espacio para tantas rarezas y genialidades que he encontrado por el camino. Aunque tenga la sensación de haber creado una lista sin pies ni cabeza que mañana sería distinta (como cada año, para algo la torpeza es mi fuerte) no quiero perder la oportunidad de reclamar la presencia de mis otras favoritas, de las que mis compañeros han hablado mucho y muy bien y que han matizado hasta la excelencia, destacando la elegancia de El hilo invisible (Paul Thomas Anderson), la mirada alienígena de Burning (Lee Chang-dong), las opacidades de Dogman (Matteo Garrone) y las referencias conspiranoides de Lo que esconde Silver Lake (David Robert Mitchell). Ya tuve la oportunidad de alabar El reverendo de Schrader en la lista conjunta, así que tuvo que salir forzosamente para darme espacio. También me quiero acordar de algunas mujeres que he descubierto este año y que han generado historias totalmente opuestas pero igualmente cautivadoras, como A estación violenta de Anxos Fazáns (❤), Holiday de Isabella Eklöf y Nancy de Christina Choe. En el limbo quedó Thelma de Joachim Trier, algo que espero no le ocurra este año a Beast de Michael Pearce, que ya cito por si acaso. Mención especial también a Hereditary (Ari Aster), solo por llevar la contraria al jefe de todo esto (aunque sea fuente inagotable de recomendaciones acertadas), por ser la película que más hemos intentado desgranar para no llegar a ningún acuerdo, porque cuantos más defectos le encuentra más la valoro. Un año más me he dejado llevar por debilidades así que mis dos primeros puestos son la cara y la cruz, cielo e infierno del celuloide que van directamente a ese rincón de memoria a largo plazo.

 

10 — El malvado zorro feroz (Benjamin Renner, Patrick Imbert)

Una pequeña lanza a favor de la sencillez trasladada a la gran pantalla, pero es que es El malvado zorro feroz es divertidísima. El zorro que no da miedo, el cerdo que planta tomates y el comando pato-conejo dispuesto a darle a la trastada. Pasando de la perfección, Benjamin Renner y Patrick Imbert apuestan por la animación a la antigua usanza, la de trazos abiertos, colores suaves y fondos acuosos, para llevarnos a una campiña donde humanizar animales que, entre los peores hábitos del hombre, explotan los más alocados. Con facilidad para conectar hasta con el niño más anciano, sabe enlazar sus historias unas a otras con originalidad y encanto. Una gran apuesta para la muerte por carcajada.

 

9 — Indiana (Toni Comas)

Le ponemos nombre al terror, pero no somos capaces de darle una forma concreta. Ese modo tan humano de etiquetar lo desconocido nos lleva al epicentro de Indiana, un lugar más del medio oeste americano con dos espiritistas con nombre de grupo de rock dispuestos a sanar las vidas de los que realicen la llamada. Lo que podría resultar en otra película de fantasmas nos traslada a los miedos más mundanos, esos que se confunden en un mundo de soledad abarrotada, donde Comas construye entre el misterio y el humor un relato que nos lleva sin demoras a eso que no nos gusta enfrentar: la incertidumbre emocional. Una magnífica trama de historias cruzadas lanzadas desde la sencillez que recorren un camino que desgranar paso a paso para encontrarse en uno de esos finales sobrecogedores que te invita a paladear, reposar y revolucionar tu cabeza con preguntas.

 

8 — Sweet Country (Warwick Thornton)

Muy pocas veces tendré la oportunidad de incluir un film que coquetee así con el western, aunque tenga que ser acomodada en la aridez terrenal de Australia. Con un candor reposado y áspero, Sweet Country dilata el tiempo en una historia que mezcla justicia y venganza bajo un sol abrasador. Un relato lleno de condenados que lo tienen todo perdido antes de abrir siquiera la boca, que perfila con cuidado cada personaje y escenario en el que la templanza de unos y las ansias de otros reflejan perfectamente el ritmo de un tipo que se sienta a mirar el infinito masticando una rama aunque sepa que pronto vendrá alguien con un arma a matarle. Saber imponer esa imagen por encima de toda su trama de hombres estrellados, promete conducirte con pericia a un lugar muy preciso y aunque angosto, preciosista, sin permitirte separar los ojos de la pantalla.

 

7 — Revenge (Coralie Fargeat)

Ver un ‹rape & revenge› dirigido por una mujer, en un momento en que cada vez que se ha querido recordar algunos de los títulos primigenios del subgénero se le ha quitado el (oscurísimo pero imprescindible) humor que contenían, convirtiéndolo en absoluta y olvidable sordidez convierte lo recapitulado por Coralie Fargeat en un ‹must›. De la opción lisérgica a la salvaje, el crescendo de violencia y desaprovación forman parte de una película donde se parte de unos personajes estereotipados que se doblegan ante la suciedad en dos medios, una casa de diseño donde el hombre se vuelve bestia, y un desértico paraje donde la bestia toma forma de mujer. Una impulsiva danza de cazadores cazados atrevida y vibrante.

 

6 — Un couteau dans le coeur (Yann Gonzalez)

Yann Gonzalez lleva su insolente y colorista visión del amor a otro punto. Parece que emplea los mismos elementos, pero sin duda ha sabido pulir cada detalle en Un couteau dans le coeur. El amor se esconde en esta ocasión en una productora de cine porno gay en los 70 que ve convulsionada sus tramas por una mano, una peluca, un guante, un cuchillo sodomizador. Con influencias giallescas muy cercanas y una atrevida escenificación del pasado y el sexo, emerge a cada momento una historia puramente novelesca que vaga entre fantasía y alcohol, mezclando el vicio con los excesos a un nivel en el consigues percibir el paso más allá que se da tras Les rencontres d’après minuit, con repeticiones imprescindibles como M83 y Kate Mara, con nuevo hitos como Vanessa Paradis, convertida en diva de lo extravagante y poderoso personaje femenino para el recuerdo junto al color, recreado entre la ensoñación y la asfixia.

 

5 — Ana de día (Andrea Jaurrieta)

Tiene Andrea Jaurrieta una gran habilidad para girar el rumbo de los Doppelgänger, ese aspecto tan de ciencia-ficción que a la vez profundiza en el Yo y en la manía persecutoria, para darnos una visión muy clara de la vida: tienes una que no te gusta, obtienes la oportunidad de cambiarla, resulta otra que tampoco te gusta. Ingrid García Jonsson manipula a su antojo a esta Ana que aprovecha una pequeña rendija para revolucionar su vida. Ana está perdida, es una diva, un trozo de carne o totalmente insana; muchas pequeñas Anas que vagan entre el aspecto callejero y esos momentos de cabaret mezclados con neones, naftalina y estupefacientes. Todo ello hace que encontrarnos con Ana muy de cerca, casi rozando su piel, nos inspire un poco de esa perdición diaria en la que todos queremos ser el del otro lado del espejo, que convierte un debut en un huracán.

 

4 — El infinito (Justin Benson, Aaron Moorhead)

No hay nada mejor que manipular los conceptos de tiempo y espacio. Más alicientes se generan si añades la destrucción del destino y el libre albedrío al meter en el juego “algo” más dominante que el propio hombre. Justin Benson y Aaron Moorhead superan rápido todas las comparativas lovecraftianas para meternos de lleno en un universo donde sectas, bucles temporales y peleas de hermanos crean más misterios de los que pueden abarcar. Mejora la ciencia-ficción de salón y acongoja sin presenciar cuchillos ni monstruos, porque mantiene tu atención a partir de una historia construida desde dentro, generando una continua purgación en cada escenario que se visita. Y lo mejor es que puedes transformarla en ese infinito que propone viendo su complementaria Resolution, para demostrar que las buenas ideas nunca vienen solas.

 

3 — La casa lobo (Joaquín Cociña, Cristóbal León)

Una pared blanca, una silla blanca, una ventana blanca. Todo blanco. Ahora ya puede entrar María a la casa para crear un universo apartado de la realidad. Joaquín Cociña y Cristóbal León rompen las barreras del espacio al recrear un oscurísimo cuento infantil dando vida a los objetos. Ya no se conforman simplemente con el ‹stop motion›, cualquier superficie es un ser vivo más en el que plasmar ideas a través del folclore y la imaginación. Extraña y extremadamente laboriosa, La casa lobo es una maravilla que convierte en efímero cualquier material, creando su solidez a partir de la absoluta destrucción. Imprescindible es su falso miedo al vacío concebido como una obra de arte desechable.

 

2 — Mandy (Panos Cosmatos)

Mandy llevaba puesta la camiseta de Mötley Crüe cuando nos narraba «love & eternal». Era la de Black Sabbath cuando se cruzó con un iluminado. La historia se volvió roja e impenetrable así que Red iba a tomar a la dramática y cruel Venganza de la mano para destruir todo a su paso. Mandy nos abrasa desde los rescoldos hasta la llama indomable. La pupila de Mandy se dilata al salir del agua, el presagio de una obra maestra donde dinamitar amor, drogas y radicales creencias con motosierras que tiene una profundidad inabarcable, como ese ojo creciente, un agujero negro que nos absorbe. Un Panos Cosmatos capaz de desplegar las alas de Nicolas Cage nivel colérico sabe más que cualquier universo donde todo esto pudiera ocurrir.

 

1 — The Florida Project (Sean Baker)

La única lágrima que derramé en este imprevisto año fue con Moonee. Ella vive en un castillo de Disney morado y malva rodeada de adultos que bordean los límites sociales aceptados por la mayoría. Aún así Moonee es feliz con sus amigos, su verano y el retrato que conoce de la fantasía. El costumbrismo en el mundo de los olvidados a plena luz del día, con la cámara ajustada a la altura de una niña y dejando que sea ella la que nos guíe. Al otro lado de la valla de “felizlandia” gritan fuerte y gritan bien para que todos nos enamoremos de la realidad.