Living (Oliver Hermanus)

En su quinto largometraje, el director sudafricano Oliver Hermanus abandona la esfera de la realidad política y social de su país y se embarca en un proyecto completamente distinto junto al novelista británico-japonés Kazuo Ishiguro: reproducir el clásico de Akira Kurosawa Vivir (Ikiru, 1952), adaptación de la novela La muerte de Iván Ilich de León Tolstói, en un contexto británico de los años 50. Es importante aclarar que esta cinta no está basada directamente en la novela, sino que es un remake con todas las de la ley de la película de 1952, tal y como anuncia ya en sus créditos iniciales y como tendremos oportunidad de constatar con la estructuración narrativa claramente inspirada en ella.

Al realizar un remake existen varias perspectivas posibles. Se puede ver como un homenaje, una copia o una recontextualización, se puede narrar desde otro punto de vista o mantener intacto el mensaje del original. En este caso tenemos Living que, la verdad… aún no sé exactamente qué pretendía hacer con la historia en la que se inspira. Uno podría pensar que pretende copiar las ideas narrativas, estéticas y emocionales de su antecesora, pero ya en la decisión de trasladar la acción a una sociedad británica debería haber un cambio significativo de perspectiva, puesto que Vivir parte de elementos muy idiosincráticos de la cultura laboral japonesa.

Subrayo ese “debería” porque no lo hay. La película se mantiene fiel a las estructuras del filme de Kurosawa hasta tal punto que, teniéndola en mente, se puede predecir cada escena y cada frase de la misma. Y entonces me surge una duda que no debería surgir al estar viendo un remake: ¿Qué aporta esto que no esté en la original? Me gustaría decir que esa duda queda resuelta al final de la cinta, pero me da que no es el caso. No hay apenas elementos distintivos en Living que aprovechen el escenario londinense, más allá de la ambientación y del estoicismo estereotipado que vendría bien hasta cierto punto para reflejar el ambiente laboral. No hay una crítica al funcionariado británico que no sea simplemente un intento torpe de reflejarse en la crítica mucho más característica y detallada de la original. Al final lo único que aporta este cambio es que los personajes hablen en inglés y hagan exactamente lo mismo.

Lo mismo, sí, pero peor. Partiendo de la base de que se pretenda contar algo idéntico en 40 minutos menos, hay decisiones narrativas que no se sostienen. Emplea, en sus primeros minutos, una distracción narrativa: un falso protagonista que hace que los primeros 10 o 20 minutos no se correspondan en absoluto con lo que va a contar. Ésta podría ser una maniobra audaz si correspondiese de alguna forma no meramente casual al resto, pero en la práctica lo único que logra es que el personaje de Bill Nighy tenga mucho menos tiempo para ser observado y desarrollado en primer plano. Y esto se echa en falta a lo largo de toda la cinta: no se sienten sus motivaciones, no hay énfasis, no hay sensación de descubrimiento ni de liberación en sus escapadas, no compunge la asimilación de su destino. Los conflictos familiares apenas tienen un par de trazos poco convincentes y la incertidumbre laboral se queda en anécdota.

Con todo, lo más grave de Living, y la demostración patente de su superficialidad y de no ser capaz siquiera de acercarse a las cotas de complejidad emocional de su inspiración es la caracterización de su protagonista. Bill Nighy hace lo que puede, desde luego, ofrececiendo una interpretación sólida. Pero su personaje es incapaz de despertarme la simpatía y la cercanía que lograba Takashi Shimura con su emblemático Watanabe. Se siente, de hecho, como estar viendo una versión en cartón piedra del mismo, sin matices. Porque el Watanabe de Kurosawa podía ser patético, desagradable, apocado, cerril, al mismo tiempo que se sentía un personaje humano, bondadoso y capaz de generar empatía con su lucha. Se podía permitir ser, en cierto modo, feo. El Williams de Hermanus e Ishiguro no. Como mucho es un poco pesado y lúgubre, pero es algo que ni siquiera llega a crear conflicto ni se percibe como algo negativo, más allá de tratar de evocar la compasión del espectador. Por eso, cuando los rasgos positivos y cuasi-heroicos salen a flote, no llegan con tanta visceralidad, porque están haciendo eco en el vacío.

Este remake no me parece del todo desastroso y tiene aspectos a rescatar. Ya solamente por la pulcritud de su presentación se asegura que la cinta cumpla con unos estándares de funcionalidad mínimos: la ambientación y el vestuario están bien logrados y las actuaciones son sólidas. También hay varios momentos lúcidos que asoman de vez en cuando y demuestran que no hay una completa falta de ideas. Pero más allá de no alcanzar las cotas de la original, se revela como una copia torpe y descontextualizada, que no recontextualizada, porque no tiene nada interesante que decir acerca de, en este caso, la cultura laboral británica; no digamos ya atreverse a esgrimir el cinismo punzante que subyacía, confrontaba y completaba la historia de inspiración humanista de Vivir. No sé qué pretendían exactamente Oliver Hermanus y Kazuo Ishiguro con este proyecto, pero si su intención era evocar el mito de la original, lo único que han logrado es que sea mucho más productivo dejar de lado este pobre e inane remake y ponerse el clásico de Kurosawa, que yo no considero tan redondo como la fama que lo precede, pero al menos es una película con una identidad y trascendencia emocional innegables.

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