Les combattants (Thomas Cailley)

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El primer largometraje de Thomas Cailley, Les combattants, se trata de un filme a contracorriente, capaz de englobar en su elegante discurso temas tan dispares que, a priori, parecen imposibles de aglutinar sin crear un pastiche infumable. Sin embargo, contra todo pronóstico el realizador y su coguionista, la actriz Claude Le Pape, llevan a cabo brillantemente tan difícil pirueta y construyen una obra original, divertida, ingeniosa y también inquietante que, a la postre, se visiona con tanto placer como desconcierto, lo que, en cualquier caso, hace augurar a su máximo responsable un gran futuro tras las cámaras; futuro, por otro lado, facilitado sin duda por el éxito que ha cosechado la cinta, ganadora de varios César y también galardonada en el Festival de Cannes de 2014.

Sin estridencias formales, con una realización estilizada pero muy sobria, Les combattants es una historia de amor entre el tranquilo Arnaud (Kévin Azaïs), que ha decidido pasar sus vacaciones ayudando a su hermano mayor en el negocio familiar —una carpintería—, con la huraña Madeleine (Adèle Haenel), convencida de la relativa inminencia del fin del mundo y, por tanto, obsesionada con aprender técnicas de supervivencia de todo tipo. A partir de aquí, la trama se desliza inadvertidamente desde la comedia romántica juvenil hasta la parodia antibelicista, para terminar tan sazonada de pinceladas antirrealistas y desasosegantes que linda con el género fantástico. Y es que, sobre el punto de partida argumental más convencional que imaginar cupiera (“chico conoce chica…”), Cailley desarrolla la historia hacia derroteros insospechados como el alegato ecologista, la crónica de autosuperación e incluso la fábula apocalíptica.

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Y que nadie se engañe: no se trata de la búsqueda del huero efecto sorpresivo o de una originalidad mal entendida, pues ya en el prólogo que abre el relato se da una poderosa pista de la deriva final del mismo, al demostrar las prácticas comunes de inflación de los precios en el sistema capitalista de nuestros días mediante un leve gag de humor negro. Junto a ello, también sirve de poderoso instrumento de extrañeza e inadecuación el contraste que se establece entre las imágenes concisas y realistas de la película con su banda sonora, obra del grupo Hit’n’Run, cuya textura electrónica soñadora, colorista y épica, inspirada en artistas de los años 70 como Jean Michel Jarre o Tangerine Dream, dota de un envoltorio casi sobrenatural a los momentos en los que la música extradiegética sustituye a las palabras. No en vano, corresponden en su mayoría a instantes claves de la historia, y suelen ir asociados al paisaje y a la naturaleza.

Según lo dicho, el enamoramiento de estos dos jóvenes diferentes pero complementarios sirve de base para una reflexión sobre el destino de la raza humana trazada con tanta ironía como sensibilidad. De ahí que la cinta recuerde en este aspecto a El incidente (2008) de M. Night Shyamalan o Take Shelter (2011) de Jeff Nichols, aunque se encuentre despojada tanto del elemento explícitamente fantástico de estas como de la pretenciosidad que las lastraba, gracias a su marcado sentido del humor, bien es verdad que muy sutil pero siempre presente, y a la entrañable caracterización psicológica de su encantadora pareja protagonista.

Por todo ello, Les combattants es una muy particular mixtura entre el relato de supervivencia, la historia de amor, la comedia adolescente, la crítica antimilitarista y la pesadilla distópica, esta última sugerida en comentarios de fondo del guion y apuntalada visual y discursivamente, sobre todo en el tramo final del relato, iniciado con la huida de Arnaud y Madeleine a los bosques y cerrado con la magnífica secuencia, rodada como si de un filme de ciencia ficción se tratara, en el pueblo acosado por las llamas. Fascinante, extraña, graciosa, tierna y turbadora, Les combattants no es una creación redonda y, por ello, no resulta sencilla de recomendar; pero quien desee dejarse llevar por una pieza sin complejos y sin prejuicios, que parezca ir variando de rumbo continuamente sin hacerlo en realidad, tiene aquí la película perfecta para pasar un rato de evasión con sustancia, lo que no es poco.

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