La quinta estación (Peter Brosens, Jessica Woodworth)

La quinta estación

El belga Peter Brosens y la estadounidense Jessica Woodworth, dos directores hasta hace una semana desconocidos por mí (aunque cuentan con cierto prestigio en el circuito de los festivales de cine), han realizado una de las trilogías más apasionantes que he tenido el placer de ver (en dura pugna con la de Krzysztof Kieślowski y la de Ulrich Seidl). Un tríptico caracterizado con la frialdad habitual de cierto cine de la vieja Europa en el cual predomina una espeluznante atmósfera de tragedia en un idílico marco visual, que se preocupa de la conflictiva relación del hombre con la naturaleza y su entorno, señalando el contraste entre tradición y modernidad, y recreándose en algunos momentos ceremoniales, siempre con una elevada carga lírica y onírica. La trilogía comenzó en 2006 con Khadak, rodada en Mongolia (lugar donde Brosens realizó en la década de los noventa su denominada Trilogía de Mongolia, que incluye tres documentales codirigidos con diferentes autores), continuó en 2008 con Altiplano (filmada en Perú) y finalizó en 2012 con la película que nos ocupa, rodada en el país natal de Brosens. Para variar, la cinta está inédita en nuestras salas comerciales, aunque participó en La Seminci de Valladolid (donde consiguió el Premio especial del Jurado) y el D’A de Barcelona. Fuera de nuestras fronteras estuvo incluida en el prestigioso Festival de Venecia.

Tras un plano fijo muy simpático e inaudito donde un individuo observa detenidamente a un gallo sobre una mesa, intentando que el animal imite sus extraños sonidos, La quinta estación (La Cinquième saison) presenta una insólita aldea belga donde sus habitantes se preparan para una fiesta tradicional, acompañados por la siniestra figura de unos gigantes (esa tradición popular común en diferentes lugares del planeta que en algunas zonas suele ir acompañada de los, no menos inquietantes, cabezudos) para proclamar mediante un ritual el fin del frío invierno, en la que montan una inmensa hoguera donde depositan un hombre de paja que representa al invierno. Sin embargo, justo en ese momento, el fuego no se enciende y parece romperse el ciclo vital de la naturaleza, paralizándose de repente al ser atacada por un misterioso desastre natural. El clima de la primavera se niega a aparecer, y el ecosistema renuncia a darles las necesidades básicas a los aldeanos. Somos testigos de cómo el medio ambiente se viene a pique, como queda expresamente ejemplificado con la caída de un enorme árbol, mientras los peces se quedan estancados en la orilla, se escuchan extraños ruidos en el bosque, las aves dejan de volar, los gallos no cantan, las abejas desaparecen, las vacas se ven incapacitadas para proporcionar leche, y las semillas plantadas dejan de brotar. Al mismo tiempo, las relaciones humanas (y las de éstos con la flora y fauna) comienzan a deteriorarse de un modo inusitado.

La quinta estación

La cinta belga expone una frágil parábola apocalíptica con aspecto de pesadilla psicotrópica, dotada de un marcado mensaje ecologista, y un alto contenido simbólico, antropológico y místico; presidida por imágenes impregnadas de un bello realismo poético y situaciones desconcertantes, como todas las que implican la comunicación entre los hombres y los animales mediante sonidos guturales, la presencia de actividades grupales (como el chocante baile de los aldeanos en una pequeña tarima a rebosar), o los inquietantes rituales con extrañas máscaras de la parte final. El contexto de la preocupación por la naturaleza y los avasalladores efectos del cambio climático no es, ni mucho menos, la única baza de sus autores, pero está presente en el ambiente en las tres películas de la trilogía, y aquí es utilizado para desarrollar una reflexión alegórica sobre cómo la decadencia del ser humano y su entorno inciden en la avaricia, el egoísmo y la desconfianza de una aldea ahogada por la incomunicación; poblada por personajes gélidos y distantes, caracterizados por un comportamiento poco común. Los directores se centran en la desesperación propiciada por un cambio inesperado, y en el lado oscuro del ser humano, que se desintegra al más mínimo contratiempo, e incluso, consigue viciar la personalidad y el perfil idílico de la relación romántica entre los dos inocentes adolescentes que vemos dándose un dulce beso en la segunda secuencia de la cinta belga. Finalmente, recalcan la lamentable necesidad del ser humano de señalar a un rostro para encontrar culpables ante cualquier acontecimiento (una situación que, como no podía ser de otro modo, termina focalizada en el personaje ajeno a esa comunidad). La narración tiene como escenario a una localidad que parece aislada del mundo, pero según informa el ejército, los fenómenos acaecidos no son exclusividad de esa aldea, y no hay escapatoria posible.

A pesar de la presencia constante de un paisaje con una paleta descolorida, utilizada para recalcar la desolación del lugar, la película contiene una galería de imágenes tan poderosas y estilizadas como desasosegantes, gracias a la habilidad de sus autores y de Hans Bruch Jr. (su director de fotografía) para trasladarnos a un universo atmosférico y fantasmagórico, no apto para impacientes, ya que está  construido a partir de extensos planos secuencia (especialmente medios y largos) con proliferación de planos fijos con una inusitada geometría, pero con un  locuaz sentido de movimiento al combinarlo con el uso de una cámara flotante en movimiento, virtuosos travellings laterales y circulares, además de un exquisito uso del manido recurso de las imágenes ralentizadas (utilizado frecuentemente en el cine para otorgar mayor carga lírica). El filme destaca esencialmente por valerse de una narrativa y estructura que colisionan con las formas  del cine convencional. Su estética trasciende al medio con elementos dotados de un cariz visual propio gracias a su portentosa puesta en escena (el elemento vital para entrar en este fascinante e íntimo viaje al terreno de la imagen, los espacios y el sonido); y cuenta con una banda sonora ambient que encaja a la perfección con la pureza de la composición fotográfica de sus imágenes, y la conseguida ambientación apocalíptica y pesimista, con tintes de humor psicodélico (ubicados básicamente en los primeros compases de una narración que se torna profundamente tenebrosa en su tramo final).

La quinta estación

Su citado aroma apocalíptico remite inevitablemente a El caballo de Turín, la obra con una concepción más radical de Béla Tarr, aunque también hay puntos de conexión con algunas preocupaciones estéticas de Sátántangó y Armonías de Werckmeister, las dos grandes películas del virtuoso director húngaro, con las que también coincide en exponer las penurias morales del ser humano cuando se mueve en masa en tiempos de precariedad económica. Su pausada cadencia, que deja fluir los acontecimientos de forma natural en todo momento, remite nuevamente a Tarr (con algo más de nervio, claro está) y a otros cineastas sosegados con gran poder estético, como Andrei Tarkovski, Theo Angelopoulos, Terrence Malick, Víctor Erice o Ron Fricke.

La quinta estación desarrolla su discurso a partir de la unión de los planos que nos deleitan con retazos de imágenes individuales muy poderosas conectadas entre sí con maestría. Este concepto de narración utilizado deja poco espacio para el lucimiento de los actores, si obviamos a los personajes interpretados por Aurélia Poirier y Sam Louwyck (un peculiar tipo que además de actuar en el cine es conocido por su faceta de escritor e intérprete de ballet alternativo), aquí en el rol del personaje más fascinante de la cinta: un apicultor nómada que se vio obligado a abandonar su dedicación como filósofo para cuidar a su hijo inválido, que suelta breves frases ontológicas dignas de Nietzsche. El artista multidisciplinar belga fue el protagonista de Theme From Turnpike, un excelente videoclip de sus compatriotas dEUS, en el papel de un simpatico tipo repleto de espasmos (un trabajo que fue emitido en las salas de cine como cortometraje). Louwyck también ha participado, entre otras, en la excéntrica Ex Drummer y en la más reciente L’étrange couleur des larmes de ton corps.

La quinta estación

Brosens y Woodworth reiteran en sus tres incursiones algunos evocadores rasgos visuales que, sin embargo, no saturan en ningún momento; como el hecho de mostrar a un personaje transitando en grandes extensiones de un terreno casi desierto con algún elemento aislado con el cual interactúan en pantalla (aquí representados por un árbol). En ciertas ocasiones la peligrosa etiqueta lirismo visual suele caer en reiterativos clichés estilísticos (como el uso desmedido del citado Slow motion) que intentan ocultar algunas carencias a la hora de narrar historias o captar sensaciones y sentimientos, pero no es el caso del dúo belga-estadounidense, que presume de una habilidad innata para expresar ideas muy potentes renunciando a la palabra como principal vínculo para desarrollar los acontecimientos y para aproximar a los personajes; siempre amparados en la envolvente e intrigante forma de la composición formada entre el decadente escenario y el perfil pictórico de la narración, que parece evocar desde el surrealismo a las pinturas de Brueghel. Si a todo ello unimos el extraño comportamiento de los personajes, la iluminación y el montaje, deparan un cóctel extrasensorial y absorbente al cual estas modestas palabras, probablemente, no harán justicia; pero que perdura en la memoria como pocas experiencias cinematográficas lo consiguen.

La quinta estación es una obra misteriosa, tan alucinante como desconcertante, que por momentos resulta casi indescifrable. El espectador se ve obligado a intentar dar cuerpo a los acontecimientos expuestos casi siempre de un modo ambiguo, como suele suceder con las propuestas amparadas en las sensaciones que transitan entre la ficción, el documental y el arte conceptual. El filme de Brosens y Woodworth supone un brillante colofón a una extraordinaria trilogía que merece la pena reivindicar. Las dos primeras entregas no resultan tan herméticas como la tercera, pero también están plagadas de grandes momentos visuales y reflexiones que dejan poso. El pesimismo y el onirismo permanece intacto en todas, pero el tono apocalíptico y marciano no es tan acentuado como en su última aventura.

La quinta estación