La profesora de parvulario (Nadav Lapid)

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No he visto el debut de Nadav Lapid, Policía en Israel, pero considerando la innegable singularidad (a todos los niveles) de su segundo largometraje, el israelí pasa a engrosar directamente mi lista particular de directores nuevos más prometedores. Película rara y fascinante ya desde el primer minuto, aborda, con generosas dosis de atrevimiento e inteligencia, el tema del genio precoz para trazar un retrato esquinado de la banalidad de nuestra contemporaneidad. La crisis de valores de la sociedad israelí, el embrutecimiento intelectual o el estado agónico del arte (o de la misma sensibilidad, ya dando visibles síntomas de atrofia) son algunas de las cuestiones que Lapid aborda (de forma extremadamente sutil, sin ahorrarse ambigüedades ni pinceladas temerarias en el dibujo tan inmisericorde que hace de sus personajes) en esta película insólita y desigual, que, entre otras cosas, se atreve con un planteamiento formal de refinado retorcimiento. Si bien la sombra del exhibicionismo ególatra aparece amenazadora ante algunas decisiones estéticas de difícil justificación dramática, en su conjunto prevalece el rigor de una puesta en escena que potencia las notas más inquietantes del relato al tiempo que fragua, con calma y transparencia, una atmósfera de insólito magnetismo. Su tono levemente enrarecido resalta a la perfección esa imagen de normalidad viciada que se quiere transmitir al espectador, jugando con las sensaciones y otorgando al encuadre y el movimiento de cámara un poder comunicativo que rara vez se observa en el cine contemporáneo, acostumbrado a puestas en escena más funcionales.

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Afortunadamente, La profesora de parvulario no se queda en mero ejercicio de estilo, si bien el estilo es clave a la hora de construir el discurso. Por encima está el talento como narrador de su director, que sabe extraer lo relevante de su historia sin caer en la trampa del exceso de explicación (cuando no directamente en la palabrería discursiva y redundante). Hay misterio en la narración, sí. Hay también actitudes desconcertantes, hermetismo puntual. Pero nada se antoja gratuito, mucho menos complaciente. No es labor de Lapid hacer de su heroína un personaje simpático (no lo es, de hecho puede llegar a ser francamente despreciable), sino alguien complejo y humano a quien el espectador pueda llegar a entender, por mucho que su desenvolvimiento en la trama inspire a veces incomprensión o rechazo. Es, en definitiva, una de las creaciones más fascinantes del cine reciente (y una de las mejor encarnadas: la interpretación de Sarit Larry es tan matizada y precisa que sólo puede tildársela de magistral), una de esas figuras llenas de capas y claroscuros que empujan al espectador a derivas reflexivas de muy diversa índole. Que Lapid luego sepa, además, enturbiar el relato con detalles malsanos pero reveladores (la protagonista ilustrando los principales conceptos humanos a su desconcertado pupilo, el uso inteligente y malévolo de la música, el sexo abordado con una llamativa ausencia de glamour), así como describir el microcosmos familiar de Larry a través de lo que no se cuenta (no es casualidad que la familia aparezca casi siempre en los márgenes de la narración, como algo ajeno a la propia protagonista) son elementos que contribuyen a la grandeza de la película, cuyo interés y relevancia se imponen al resto de pequeños defectos que uno pueda extraerle (por ejemplo, el estilo, aunque inmersivo y potente,  puede resultar también algo forzado, hasta rozar lo artificioso).

La profesora de parvulario convierte, en definitiva, el empeño de la mujer del título por preservar la sensibilidad artística de su protegido (en unos tiempos especialmente agresivos para los sensibles al arte) en una experiencia extraña y absorbente, que se desarrolla ante los ojos con pulso fascinante al tiempo que articula un pesimismo con el que es fácil comulgar, dada la deriva deprimente que han tomado las cosas (la descripción que se hace del Israel de hoy resulta muy elocuente sin necesidad de cargar en absoluto las tintas). Con su poderío visual y su sinuosa descripción de un paisaje humano lleno de complejidades, el film de Lapid se confirma como una de las propuestas más logradas y atractivas de la temporada. Cine del desconcierto que atrapa por su hipnótico acabado formal y su hábil despliegue narrativo, y que podría formar (llamadme loco, pero en mi cabeza ambas películas coinciden en su desalentador diagnóstico a la hora de plasmar el espíritu de nuestro tiempo) una curiosa y estimulante sesión doble con el Film Socialisme de Jean-Luc Godard.

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