La mano invisible (David Macián)

Un albañil prepara la mezcla del cemento para edificar un muro. Después de medir la longitud gracias a una regla, coloca los ladrillos con precisión, siguiendo una línea recta marcada con cinta adhesiva sobre el suelo. Cerca de él, un carnicero despieza conejos y cerdos antes de colocarlos sobre un mostrador. Por detrás una costurera cose sujetadores con la máquina. Una joven prepara mecanismos de metal ensamblando las piezas. Un informático no despega la vista de su ordenador, mientras en otra mesa una teleoperadora encuesta a un cliente. Al fondo se asoma un mozo de almacén que empuja un carro con cajas de cartón. Más allá, un mecánico desmonta el motor de un coche averiado. Incluso la mujer de la limpieza surge de vez en cuando en escena, como si fuera una actriz invitada en la misma nave industrial, para barrer o fregar algún estropicio. Todos permanecen concentrados, ejecutando sus trabajos ante la mirada y reacciones del público en la sombra, espectadores observados también por un guarda jurado y el camarero que los atiende en el bar.

Después de rodar cortometrajes durante varios años, David Macián estrena su primer largo con un guión adaptado junto a Daniel Cortázar, basado en la novela de Isaac Rosa, titulada también La mano invisible. Acorde a dicha propuesta literaria se mantiene la unidad de espacio dentro de una nave industrial, un lugar que se presenta como un gran escenario teatral rodeado por una penumbra hostil, con los trabajadores expuestos en varias zonas iluminadas desde las que desarrollan sus jornadas laborales sin la certeza de saber para quiénes trabajan. El drama costumbrista juega con la ciencia ficción —subdivisión distópica— por la extravagancia del espectáculo propuesto, junto a la inutilidad de unas labores que ellos mismos destruyen al finalizar la función; así como por esos desquiciados espectadores que se ocultan en la oscuridad. Es cierto que, salvando la particularidad de la metáfora que propuso el novelista y ahora refrendan los cineastas, según avanzan los días de la representación en escena —jornadas enumeradas por breves carteles impresos sobre fondo negro— las preguntas que surgen durante la proyección son las mismas que se les podrían ocurrir a la mayoría de las personas, tras meses y años en el mismo cargo dentro de una oficina, empresa o fábrica. Quizás este sea uno de los puntos fuertes del film, al establecer una conexión automática con el público, mediante una empatía laboral por situaciones, anhelos y decepciones profesionales semejantes a las que puedan haber sucedido en sus propias vidas.

Cine y teatro, dos artes que coquetean en la pantalla con los diálogos, acciones, acercamientos y disputas de una docena de personajes encarnados por un reparto coral en constante equilibrio, bastante igualitario en las intervenciones, momentos clave y conversaciones o enfrentamientos entre parejas de personajes. La apariencia física, introspección psicológica y presencia en la escena les dan la oportunidad de lucimiento a todos ellos, tanto los veteranos José Luis Torrijo, Bruto Pomeroy, Esther Ortega, Josean Bengoetxea, Daniel Pérez Prada, Elisabet Gelabert o Bárbara Santa-Cruz, en buena sintonía con los más jóvenes que encarnan Anahi Beholi, Edu Ferrés, Marina Salas, Alberto Velasco y Christen Joulin. Aparte queda la voz y apariciones decisivas de Marta Larralde. Por mucho que parezca excesivo nombrarlos a todos, resulta digno de elogio este colectivo de intérpretes que logra mantener el interés con rasgos esbozados levemente, detalles sutiles que diferencian las características personales de cada uno. Las complicidades, tal vez algún romance que se sugiere, sin desviar la atención sobre el mundo laboral, las condiciones precarias del trabajo, las órdenes irracionales debidas a necesidades de la producción. Como reflejo del empleo en España, de sus mecanismos y defectos, el rigor de la cinta siempre está asegurado.

En concordancia con el aspecto colectivo de la cinta, la producción surgió como una aventura cooperativa por el empeño de todo el equipo técnico y artístico, además de diversas ayudas económicas y el micromecenazgo, unido a la capitalización de sueldos de los profesionales implicados. Conviene recordarlo porque esta textura de film independiente se aprecia en una fotografía nítida, la iluminación válida para los rostros de igual forma que para los objetos. Esta calidad más propia de la publicidad, conecta con las secuencias que recurren al plano, contraplano, primeros planos, recursos y otros de grupo, tomados desde puntos de vista que se corresponden con la situación del público que los mira en algunas ocasiones. Mientras que en otras se rompe esa localización al aparecer algunos espectadores en la imagen, motivo que resta eficacia al público cuando permanece invisible fuera de campo, sugerido por el rumor sonoro, aplausos y vítores o abucheos. El acabado final del producto saca muy buen partido a un presupuesto que se intuye justo, una producción de guerrilla, realmente independiente.

La película mantiene el ritmo, a pesar de algunas interrupciones debidas a las entrevistas de selección de cada personaje, secuencias que despistan un poco del transcurso con la trama principal, sin aportar tampoco mayor información, añadidas estas breves entrevistas, quizás, para redondear el metraje. Tampoco ayudan las escenas que suceden en una cafetería después de terminar la jornada, algo redundantes para el desarrollo de la historia. La fuerza del largo reside en todo lo que sucede dentro de la nave industrial, además de los servicios y la puerta trasera por la que salen algunos para echar un pitillo. Puede que si todos los acontecimientos sucedieran dentro del escenario austero que recluye a los intérpretes, la película ganaría. Curiosamente sí que aportan intriga tanto el prólogo como el epílogo, protagonizados por la mujer del traje que recluta a todos los trabajadores para la función.

Si la razón más poderosa que llevó a escribir La mano invisible a Isaac Rosa fue porque no es habitual que en las novelas aparezca gente trabajando, algo similar podría argumentarse sobre las series de televisión y el cine, narraciones en las cuales, por lo general, solo trabajan los agentes de la ley, delincuentes o el personal sanitario. Por fortuna los cineastas respetaron las tablas de un teatro para llevar a cabo su propuesta. Si hubieran elegido un reality show para desarrollar a estos personajes, entrarían en el terreno del cine fantástico, porque en esos programas sus participantes se emplean poco a fondo, salvo que sean concursos de cocineros.

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