La ciudad oculta (Víctor Moreno)

Pocas veces tenemos la oportunidad de quedar absortos ante una escena en la que el sonido se materializa a través de nuestros oídos como una sordera impactante, que invita a que los párpados apenas parpadeen para captar los movimientos que se suceden frente a nosotros, hasta que ambas sensaciones colisionan en nuestro cerebro. Una experiencia gratificante pero tremendamente agotadora que impera a través de la anulación del resto de sentidos. Hasta que el foco se desvanece.

Ese letargo aparece desde los primeros compases de La ciudad oculta, sin un aviso previo, siempre que seamos capaces de permitir ceder nuestro espacio para escondernos en el que nos ofrece Víctor Moreno. No solo nos encontramos en el agujero, también escuchamos lo que el silencio no quiere romper con su inapropiada presencia. El apodo de documental es un mero trámite para clasificar el laborioso trabajo del director, donde propone una experiencia que quiere sobrepasar las líneas de realidad para otorgarle nuevos significados a lo que él mismo ha encontrado en el subsuelo de Madrid.

Conscientes de encontrarnos dentro de áreas creadas por el hombre, donde todo material se encuentra manipulado para su uso industrial, y con la severa intención de mostrar la huella que es capaz de imprimir una sociedad completa a un espacio tan impersonal, La ciudad oculta consigue crear una atmósfera irreal a este entorno, proponiendo un juego de géneros, moviéndose entre la ciencia-ficción y el terror, para contar una historia paralela y arbitraria, donde la percepción es mucho más pesada que el debate utilitario de los emplazamientos que visitamos.

Ejerciendo una hábil manipulación del espacio y los sonidos que es capaz de emitir, como si una filarmónica cumplimentada únicamente de percusionistas se tratara, Moreno compone con planos fijos y repeticiones un estudio implacable sobre la luz y su incidencia sobre cuerpos en movimiento. Ya sean hombres, animales o moléculas de polvo, todo tiene una semblanza cambiante según el espectro lumínico que interfiera en su superficie. Una investigación formal que traslada trabajos cotidianos y lugares comunes que nos pasan desapercibidos habitualmente hacia una imaginería que no deja escapar su semblante macizo e impenetrable, pasando de grandes planos a minúsculos agujeros, donde todo fluye en alguna dirección que desconocemos. Una civilización paralela que va de las grandes naves colonizadoras a las más minúsculas bacterias, donde el metal no evita la proliferación de la vida en sus instalaciones, esas que seguimos pisoteando sin conciencia alguna. Y el ruido de la nada se vuelve ensordecedor.

Pero ese choque tan dedicado de ojo-oído es realmente agotador por persistente, y sumergirse con demasiada dedicación a una película de este estilo puede llevar a la asfixia: más allá de su estimulante proceso creativo, es esa sensación de no encontrar una salida entre todo el hormigón que nos rodea a cada momento para coger algo de aire el que acaba alojado en la cabeza, dejando de ver un universo brillante en la oscuridad donde solo hay humedad y ceguera.

No impide, en realidad, la incursión de elementos externos en esos orificios, conectando de algún modo las dos ciudades, la externa y la interna, para hacer que la realidad interfiera en los apagados espacios donde nos encontramos. Algunas escenas nos devuelven a lo útil sin perder de vista lo ilusorio, cerrando así el ciclo expresivo y a la vez mecánico en el que se convierte su metraje.

Entonces llega el otro silencio, cuando se apaga la pantalla y encienden las luces, para descubrir que Víctor Moreno promete con La ciudad oculta que los topos pueden soñar con las estrellas.