La alternativa | Le convoyeur (Nicolas Boukhrief)

Alexandre Demarre. Poco más sabemos de él que su nombre. Boukhrief, en el que sería su tercer largometraje tras las cámaras, presenta a su particular (anti)héroe entrando en un recinto vigilado, respondiendo apenas un puñado de cuestiones de carácter laboral para afrontar así su primera jornada de trabajo. Una decisión que, si bien es cierto, suavizará a través de diálogos y, en especial, cuando el espectador se encuentre frente a la intimidad (e interrogantes) que parece encerrar Alexandre, va acompañada de una serie de decisiones formales encargadas de resaltar una tensa calma que parece circundar (y, por ende, describir) al protagonista del film. Los sinuosos movimientos de cámara que nos acompañan a través del periplo laboral del personaje interpretado por un perfecto Albert Dupontel, dotan de una especial uniformidad al tono de un film definido por esos tonos fríos y apagados —sólo rotos ante una acertada decisión a nivel de libreto, que terminará descubriendo el sino del protagonista— que no son sino una síntesis idónea del afligido estado que parece marcar los pasos de Alexandre. Así, y mediante las señas más representativas de ese thriller que nos sumerge con la toma de contacto de un personaje ante su nuevo destino, el cineasta galo compone un relato mucho más sugerente, que toma esas constantes para trasladarlas a un contexto desde el que construir un ejercicio que se sume con tino en el terreno psicológico, haciendo así de Le convoyeur un retrato con muchas más aristas de a lo que aparentemente se podría prestar una propuesta de estas características, más allá de algún que otro giro de guión y ciertos cruentos apuntes que no hacen sino refrendar el tono del film.

Es, de hecho, la escritura, uno de los mayores aciertos de Boukhrief, quien junto al también cineasta Eric Besnard, desvela paulatinamente las intenciones del protagonista del film, restando de ese modo importancia a las claves de un ejercicio que no se define por las vicisitudes que pueda esconder o los posibles virajes que doten de cierto suspense a Le convoyeur, y que tiene en todo momento clara su intención de indagar en los resquicios de la mente de un personaje herido por la pérdida pero, ante todo, descompuesto por una coyuntura ante la que ya sólo queda una única meta que no es que extirpe la humanidad de Alexandre ni mucho menos —basta con ver su reacción ante situaciones que no se presentan como él había esperado—, sino más bien somete su camino, sin apenas desvíos que puedan arrojar nuevas metas a ese periplo.

Le convoyeur es, en ese sentido, un thriller que tiene claro su rumbo. La austeridad desde la que Boukhrief afronta su propuesta habla por sí sola: desde la ausencia casi total de música extradiegética —apenas un par de momentos, donde ni siquiera pasa de tener una incidencia circunstancial— a su firme apuesta estética —que fija en todo momento la dirección del relato— o la frontalidad en la toma de decisiones —y no solamente formales, también en cuanto a un libreto que no oculta su propósito, especialmente cuando termine de dar forma al relato justo en el ecuador del film—, funcionan como una decidida apuesta en el que su explosivo y descarnado final —que bien podría rememorar otras joyas del género como Asalto al furgón blindado en cuanto a consecución de su tono— termina culminando no solo en la exposición de un tono inapelable, del mismo modo resalta un contexto dramático sin el cual Le convoyeur no funcionaría como el notable ejercicio de género que termina siendo.

Todo ello acompañado por el papel del citado Albert Dupontel, que exprime al máximo la faceta de un personaje cuyo carácter, cuya exposición en clave psicológica, resulta de lo más estimulante en manos de Boukhrief; puesto que el cineasta francés lleva esa correspondencia con su entorno y su propia condición más lejos de lo estimable, logrando construir un retrato que, al fin y al cabo, es el que termina definiendo por sí solo el carácter de la cinta. Un carácter crudo, severo y descarnado cuyo temperamento, sin embargo, no se mide desde la fuerza o potencia de sus imágenes, sino a partir de la descripción pormenorizada de un personaje cuya tragedia se palpa en cada acción, pero muy especialmente en uno de esos planos finales que recogen, por derecho propio, la amargura de un trabajo cuya reivindicación se antoja tan necesaria como vital para las ya transitadas vías de un género como el que nos ocupa.

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