La alternativa | Las hijas de Drácula (José Ramón Larraz)

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Cuando en el año 2013 falleciera José Ramón Larraz se originó una generalizada reivindicación de algunos títulos de su filmografía. Casi todos postergados en el olvido, como mandan los cánones en toda figura anexa al fantaterror hispano, en los obituarios se hacía hincapié en destacar una primeriza etapa británica, en especial una cinta denominada Las hijas de Drácula y que data del año 1974. El recuerdo de la película inspiraba la pieza de espíritu clásico que heredaba sin tapujos las corrientes del terror dominantes en la década anterior, con la explosión de la Hammer bajo historias de monstruos y terrores tradicionales así como las maravillosas obras góticas venidas de Italia de los Bava o Margheriti en las que bellas damiselas correteaban entre la línea divisoria de la vida y la muerte. Todo ello parece evidenciarse en Las hijas de Drácula, film que de la postergación vive ahora un renacer como clásico y que en nuestro país está de candente actualidad gracias al estreno de Vampyres, última obra de Víctor Matellano, ese joven cineasta empeñado en rescatar del olvido tanto al propio fantaterror español como a sus más insignes cineastas.

El punto de partida de Las hijas de Drácula es el consabido argumento de seres de ultratumba, en este caso dos esculturales fisonomías femeninas interpretadas por Marianne Morris y Anulka Dziubinska, que bajo apariencia humana recluirán a sumisos inocentes para dar rienda suelta a su vampirismo, aquí exacerbado, explotando al límite el componente erótico que la (contra)cultura siempre ha ligado al fenómeno del chupasangre. Larraz, cineasta polifacético y entregado por la causa, propone una cinta que no esconde sus influencias clásicas del terror más underground venido del cómic o la historieta (medios en los que el propio realizador catalán trabajó en sus inicios creativos), apoyándose en la importancia de la imagen (los planos gozan de una planificación e iluminación de aparente excelencia), que lo ligará con las narrativas británicas del terror comandadas por la propia Hammer. Podría decirse que el film inspirará al espectador el mismo calado de la icónica productora, aunque más que como una influencia clara podría verse como la culminación de unos referentes similares. La atmósfera, cerrada y opresiva, con un aprovechamiento claro del componente rural (con el enorme caserón y sus aledaños, algo que Larraz repetiría, con menos éxito, en Los ritos sexuales del diablo) pero que hace aún más impresionante las recreaciones interiores, puro nervio gótico en el que las escenas de sexo culminarán con un toque siniestro, diabólica relación entre la vida y la muerte en una recreación del vampirismo simbólica y ténebre, que se ayuda en lo pasional y donde los desnudos, justificados y exentos de gratuidad, son mostrados como un alto grado representativo por y para el film.

Las hijas de Drácula

Es en ese componente erótico donde Larraz se desmarca de propuestas similares: las vampiras, alejadas de la figura del monstruo tan característica del momento que vivía el género entonces (y donde la película se desmarca, nuevamente, de las propuestas “Hammerianas” de las que en un principio parece beber), se acercan más al súcubo, enigmática representación de ser entre la vida y la muerte con fatales consecuencias en sus relaciones con los “vivos”. Esta premisa podría verse muy cercana a las películas de la vertiente procreadas por Jess Franco o Jean Rollin, aunque Larraz se desmarca de aquellas con una realización con mucha más sensibilidad y un componente sobrenatural que goza por inquietar y se aleja de la mera sobre-explotación del vampirismo. Las hijas de Drácula podría verse como la versión sofisticada y trabajada de los Vampyros Lesbos de Jess Franco, ganándola en sugerencia e hipnotismo y con mucha más carga simbólica en su empaque; la campiña inglesa, complemento paisajístico que engrandece enormemente las postales que crea Larraz, es el envoltorio para unir una serie de pequeños elementos clásicos en el terror (autoestopistas inocentes sumidos al poder de la carne, frondosos bosques verdes dibujando enigmáticas postales del horror, un enorme caserón con leyenda detrás, la sensación de perenne e inquietante amenaza…) que originan en el film, ante todo, una condición de cuento, con narración del horror bajo tradición y un enorme respeto por el género.

Mención aparte merecen las dos impresionantes féminas protagonistas, en cuya inquietante y enfermiza presencia, y con altas dosis de calculado erotismo, se apoya Larraz. Ambas son el motor de la narración y el director catalán lo sabe muy bien, para cargar sobre ellas toda la iconografía de la película. Así, el film sumirá en un inquietante ejercicio de horror sobrenatural, alejado del efectismo y enfrascado en la perversidad, donde el componente erótico con su inevitable lesbianismo pocas veces estuvo tan bien servido a los oscuros devenires de su historia.

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